Termina el Jubileo de la Esperanza: la analogía entre fútbol y predestinación
Como indica el pie de foto proporcionado por la Casa de S.M. el Rey, esta foto muestra a la princesa Leonor y dos compañeras «aferrando velas» a bordo del buque Juan Sebastián de Elcano. Viene a cuento -es decir, sirve como recurso- para explicar las distintas actitudes ante la virtud de la Esperanza, y encaja así para despedir el Jubileo de la Esperanza, clausurado el 28 de diciembre en todo el mundo, salvo en Roma, donde concluye el 6 de enero de 2026.
La Esperanza es la virtud por la que confiamos en Dios como justo medio entre dos extremos: la desesperación y la temeridad. En esta foto, la joven de la izquierda ilustra bastante bien la desesperación, que obviamente podemos identificar con la pérdida de confianza en la propia salvación, mientras que la princesa Leonor encarnaría la Esperanza, que en este caso le permite arriesgarse para ayudar a su compañera sin por eso temer más de la cuenta que pueda acabar como ella; y con matices la joven de la derecha representaría la temeridad de quien está más seguro de lo que debiera de que no se va a caer (es decir, la confianza excesiva de quien piensa que le bastan sus propias fuerzas para salvarse).
Es conocido que los calvinistas suelen ser considerados paradigma de la temeridad por haber dado demasiada importancia a la cuestión de la predestinación, a la que los católicos también dedicaron más que palabras en la llamada Polémica de los auxilios (de auxiliis) hasta el punto de que en 1607 el papa Pablo V la dio por terminada (no porque prohibiera hablar del tema, como se suele interpretar, sino porque dio libertad para seguir haciéndolo, pero sin disputar, es decir, sin acusar como hereje al adversario).
Y es que la predestinación es in misterio hasta cierto punto incomprensible, pues no podemos negar que Dios sabe quién se va a salvar y quién no, lo cual o bien podría llevarnos a pensar que Dios es malo al no evitarlo (aunque fuera dejando de crear a quienes se van a condenar) o incluso a pensar de tejas para abajo que quienes se van a condenar son menos dignos de vivir que los que se salvan, o directamente que no son libres porque nacen ya marcados con la imposibilidad de salvarse.
La falta de esperanza (o su exceso) que supone la temeridad puede mostrar dos variantes: el buenismo y el garantismo, y a ambos podemos referirnos con esta foto, variando algo el punto de vista, para fijarnos en que las tres jóvenes guardiamarinas van aseguradas con un mosquetón a un cable que, a fin de cuentas, impedirá que caigan hasta la cubierta del barco (o hasta el mar) en caso de que terminen por desasirse del palo al que tratan de aferrar las velas (y que es una botavara).
La defensa de la libertad frente al fatalismo protestante (que en la polémica sobre la ayuda que supone la gracia, correspondió a los jesuitas) puede terminar en un extremo buenista, que casi (o sin casi) niega que Dios sea justo, pues a fin de cuentas pase lo que pase terminará salvándonos: en la foto podría estar representada por la guardiamarina de la izquierda, si en lugar de la cara de sorpresa y miedo que seguramente tendrá (y que afortunadamente para ella no se ve) imagináramos que le trae a la fresca perder el equilibrio, porque a fin de cuentas está asegurada y sabe que no se precipitará al fondo.
Si en vez de a la Polémica de auxiliis nos referimos de forma más genérica a la polémica entre católicos y protestantes sobre el libre albedrío (cuyo punto álgido es la disputa entre Erasmo y Lutero), esta postura buenista correspondería a Lutero, quien consciente de la facilidad con que el hombre cae en el pecado, pasó de su originaria postura de desesperación, a su postura final en la que veía la salvación en la Sola Fides, confundiendo la Fe con la Esperanza, pues aunque dijera que el hombre se salva solo por la fe, estaba refiriéndose a una confianza ciega en Dios: es decir, confiando en que Dios no hará justicia, porque el hombre nunca hará nada realmente meritorio para salvarse, de ahí que sus obras no valgan ni para bien ni para mal. Confianza temeraria, a la que Lutero redujo la acción humana que pedía San Agustín (Sermón 169, 11, 13) al afirmar que Dios «que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti».
La personalidad de Lutero es tan compleja que, si bien podemos escenificar su paso de la desesperación a la temeridad por la vía del buenismo, en realidad a la vez que negaba la justicia al hablar de Justificación por la Fe (un tema en que por fin el 31 de octubre de 1999 católicos y luteranos se pusieron de acuerdo mediante una Declaración conjunta), no abandonó el pesimismo que le llevaba a asegurar que todo lo que hacen los hombres es pecado y que la libertad es esclava.
La interpretación más radical de la negación de la libertad, como anotamos al principio, correspondió a Calvino: podría asemejarse a la postura de la joven guardiamarina de la derecha, quien, a pesar de saber que está asegurada con el mosquetón al cable (y que por tanto no caerá hasta abajo), tampoco quiere caerse ni un poquito y quedar colgando del cable: por eso necesita garantías y prefiere quedarse bien amarrada. Una actitud comparable en cierto modo a la de los calvinistas, que no se contentan con dejar a Dios saber quién se salvará, sino que suponen que dará alguna muestra o garantía para que quienes se vayan a salvar estén seguros de ello antes de tiempo: y puesto que se trata de garantizar la prosperidad eterna, qué mejor que suponer que si te va bien en la tierra y eres próspero, será señal de que te vas a salvar.
Sin llegar a ese extremo de tomarlo al pie de la letra como una señal, es decir, sin caer en la temeridad garantista, es cierto que también algún santo católico ha afirmado que «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra» (San Josemaría Escrivá, Forja, 1005). La actitud correcta no sería ni la del temerario garantista (el calvinista del cliché) que no arriesga más de la cuenta no vaya a ser que se condene; ni la del vividor buenista (no menos temerario) al que no le importa caerse porque se fía sin límites del mosquetón al que va amarrado; ni mucho menos la del desesperado (según la primera lectura de la foto, correspondería de nuevo a la joven de la izquierda). Como siempre, la virtud es el justo medio, representado en este caso por la princesa Leonor, que no se aferra a las velas, sino que arriesga para ayudar a su compañera, sin caer en el extremo de la despreocupación.
La conciliación entre la soberanía absoluta de un Dios omnisciente —que conoce el fin desde el principio— y la libertad humana para determinar su destino constituye el dilema conocido como la cuestión De Auxiliis o la relación entre la gracia, la presciencia y el libre albedrío, que ha generado siglos de debate, desde las disputas entre agustinos y pelagianos, pasando por las controversias entre bañezianos y molinistas, hasta las discusiones modernas sobre el determinismo y la física cuántica.

Entre las metáforas que ayudan a entenderla, destaca con singular fuerza pedagógica la analogía con un partido de fútbol grabado (o visto en diferido). Esta imagen propone un escenario donde un espectador —frecuentemente identificado como un padre o una madre— observa la retransmisión de un encuentro deportivo en el que participa su hijo. Aunque el espectador conoce el resultado final (la victoria, la derrota, el marcador exacto), su observación está cargada de una tensión emocional y un interés genuino, y, lo más importante, su conocimiento anticipado no anula la libertad con la que el hijo jugó cada minuto del partido en el pasado real.
Alfonso Aguiló ha utilizado esta analogía del «partido grabado» para explicar la no-causalidad del conocimiento divino sobre la libertad humana (¿Es razonable ser creyente?, Palabra, 2004 y 2013, p. 64). Dicha analogía se enriquece con las aportaciones sobre la atemporalidad de C.S. Lewis, la dimensión afectiva y maternal de Fulton Sheen, y la narrativa popular de movimientos eclesiales como Schoenstatt.
Ante la angustiosa pregunta sobre si la omnisciencia de Dios convierte al ser humano en un autómata programado, Aguiló recurre a la tecnología del vídeo y al deporte rey para ilustrar la distinción entre certeza de conocimiento y necesidad de acción:
«Si veo en diferido un partido de fútbol previamente grabado en vídeo, por el hecho de saber cuál es el resultado final del encuentro no quito a los jugadores la libertad de jugar al fútbol tranquilamente. Algo semejante sucede cuando decimos que Dios sabe lo que va a pasar. No por eso coarta nuestra libertad».
Esta formulación ataca el núcleo del fatalismo. El fatalismo asume que si el futuro es conocido, entonces está «cerrado» y la libertad es una ilusión. La analogía de Aguiló invierte la perspectiva temporal. Al introducir el concepto de «grabación» (o visión desde la eternidad), sugiere que para Dios, los eventos de nuestra vida tienen la cualidad de un «hecho cumplido» que Él observa, no que Él fuerza mecánicamente en cada paso.
Los jugadores en el campo (los seres humanos en la historia) experimentan el sudor, la duda, la fatiga y la decisión de pasar el balón o tirar a puerta con total autonomía. La presión que sienten es real; sus decisiones son suyas. El espectador (Dios), situado ontológicamente «después» o «fuera» del evento (en la eternidad), posee la grabación. Su conocimiento es perfecto e infalible, pero es un conocimiento espectatorial en cuanto a la ejecución de la libertad, no un conocimiento coercitivo.
El espectador no es un analista neutral, sino un padre o madre que mira con interés por su hijo. Este detalle transforma la analogía de un argumento lógico sobre el tiempo a una teología de la compasión divina.
Si un padre ve un partido grabado donde sabe que su hijo marca el gol de la victoria, su experiencia durante el visionado es compleja. Cuando el hijo cae, cuando el equipo contrario (el mal/el demonio) presiona, cuando parece que todo está perdido, el padre no se angustia con desesperación porque conoce el final. Sin embargo, tampoco es indiferente. Sufre con el esfuerzo del hijo, celebra su técnica, y se emociona con la ejecución de la jugada.
Esta variante responde a la objeción: «Si Dios sabe que me voy a salvar, ¿por qué permite que sufra ahora?». La respuesta implícita en la analogía es que el sufrimiento (el esfuerzo en la cancha) es parte intrínseca del juego que conduce a la victoria. Dios, como el padre espectador, valora el proceso de lucha (la ascesis) tanto como el resultado.
La analogía del partido grabado no se sostiene en el vacío; descansa sobre una robusta tradición filosófica y teológica acerca de la naturaleza del tiempo y la eternidad divina. El concepto de que Dios habita un «eterno presente» es la piedra angular que valida la comparación con el espectador de un evento ya concluido.
C.S. Lewis, en su obra fundamental Mero Cristianismo, proporciona la arquitectura intelectual necesaria para entender esta analogía. Lewis aborda la objeción clásica: «Si Dios sabe lo que haré mañana, no soy libre». Su respuesta es desmantelar la idea de que Dios está sujeto al flujo temporal.
Lewis propone visualizar el tiempo no como una línea en la que Dios viaja, sino como una línea dibujada en una hoja de papel. Dios es la hoja, o el observador que contempla la hoja completa desde fuera.
- Para nosotros, el «mañana» no existe aún; es una potencialidad oscura.
- Para Dios, el «mañana» es tan visible y real como el «hoy» y el «ayer». Todos los tiempos son un «Ahora» simultáneo ante Su mirada.
«Dios, desde arriba o fuera o alrededor, contiene toda la línea y la ve toda».
Esta concepción es vital para la analogía del fútbol. El espectador que tiene la cinta de vídeo posee, en cierto sentido, una visión «divina» del tiempo del partido: tiene acceso aleatorio y simultáneo al principio, al medio y al final. Puede rebobinar y ver la falta, o adelantar y ver el gol. Lewis utiliza esta idea para explicar cómo Dios puede escuchar millones de oraciones «simultáneamente»: Él tiene tiempo infinito para cada fracción de segundo de nuestra vida, porque no está comprimido en nuestra secuencia temporal.
La analogía ayuda a corregir un error lingüístico común. A menudo decimos que Dios «prevé» el futuro. La teología más precisa, apoyada por esta metáfora, diría que Dios simplemente ve lo que para nosotros es futuro.
- Previsión (Foreknowledge): Sugiere adivinar o calcular lo que sucederá antes de que ocurra, basándose en datos presentes. Esto podría implicar determinismo (si calculo la trayectoria de una bola, sé dónde caerá).
- Visión Eterna (Timeless Vision): Dios ve el acto libre realizándose. En la analogía del partido grabado, el espectador no calcula que el delantero marcará gol basándose en sus estadísticas; el espectador ve al delantero marcar gol en la grabación. La causa del gol es la patada del delantero, no la visión del espectador.
La predestinación es quizás el dogma más difícil de digerir para la mentalidad moderna, que valora la autonomía por encima de todo. La analogía del partido de fútbol ofrece una vía para entender la predestinación no como un destino fatal (como en la tragedia griega), sino como una providencia colaborativa.
La teología católica, siguiendo a Santo Tomás y posteriormente refinada en las discusiones sobre la gracia, sostiene que Dios da a todos la gracia suficiente para salvarse (para jugar bien el partido), pero que la gracia eficaz (la que efectivamente lleva al gol/salvación) requiere el consentimiento libre del hombre.
La predestinación se entiende como el plan de Dios que incluye nuestras respuestas libres. Dios, en su eternidad, ha preparado «la jugada» (la gracia), pero ha querido que la efectividad de esa jugada dependa de que el jugador la ejecute libremente. El «Libro de la Vida» o el plan predestinado es, en cierto modo, la «grabación» eterna de esas interacciones entre la gracia divina y la libertad humana.
Lejos de ser una doctrina de terror, la predestinación vista a través de esta analogía es una fuente de consuelo, ya que nos permite conocer el «interés del padre». Saber que Dios conoce el resultado final y que, para los que aman a Dios, ese resultado es la victoria (Romanos 8:28), permite al creyente jugar el partido de la vida con confianza, incluso cuando va perdiendo en el marcador temporal.
Alfonso Aguiló enfatiza este aspecto pedagógico: la libertad es el don que hace posible el amor. Un partido donde el resultado estuviera fijado por manipulación de los jugadores no tendría mérito ni emoción. Dios permite el riesgo de la derrota (el pecado) porque solo así la victoria (el amor libremente dado) tiene valor.
La analogía adquiere su fuerza existencial cuando se introduce la figura del padre o la madre que observa. Esto rompe con la imagen de Dios como un simple «ojo que todo lo ve» (Panóptico) y lo convierte en un «corazón que todo lo siente». Una de las fuentes más ricas para esta variante afectiva es una entrevista ficticia publicada por el movimiento de Schoenstatt, titulada El Reino de Dios es semejante a un partido de futbol. En este texto, se presenta a Dios Padre diciendo: «Me gusta el futbol, realmente, me gusta». Se describe a Jesús como el entrenador y a los apóstoles como el equipo.
Lo más relevante para la consulta es la intervención de la Santísima Virgen María:
«Tengo que desilusionarte… y confesar que mi mayor interés no es el futbol. De vez en cuando veo un partido, acompañando a mi Hijo Divino».
Aquí se cristaliza la imagen de la madre que observa el juego no por el juego mismo, sino por la persona amada que participa en él. Aplicado a Dios (o a la dimensión mariana de la fe), esto sugiere que el interés del Cielo en la historia humana no es meramente legalista (quién gana o pierde, quién peca o no), sino relacional. Dios observa la historia con la pasión de un padre viendo a su hijo, donde cada pase, cada caída y cada gol importa porque es su hijo quien lo realiza.
El Venerable Fulton Sheen utiliza una variante ligeramente distinta pero complementaria. Él habla de las madres que no disfrutan del fútbol porque no entienden las reglas, usándolo como analogía para quienes no entienden la Misa. Sin embargo, la implicación subyacente es que el conocimiento (entender las reglas/dogmas) es necesario para compartir el «interés» y la pasión.
Dios, quien inventó las «reglas del juego» de la vida, es el Espectador perfecto porque entiende el juego infinitamente mejor que nosotros. Su interés es máximo porque Él conoce el valor de cada jugada (cada acto moral) en la economía de la salvación. Sheen también conecta el deporte con el sufrimiento redentor, sugiriendo que las dificultades son el «entrenamiento» necesario para la victoria, supervisado por un Entrenador divino que busca nuestra perfección.
Otra dimensión de la analogía trata de responder por qué l padre que ve a su hijo cometer un error en el campo no interviene para detener el juego, porque sabe que el hijo debe aprender y crecer a través de esa experiencia.
«Es como un padre con un hijo… los padres a menudo saben exactamente lo que sus hijos harán… pero les permiten hacerlo, incluso si no es lo mejor para ellos, para que puedan aprender».
Esto explica la permisividad divina ante el mal y el pecado. Dios, desde su atemporalidad, ve el error del hijo (el pecado), pero también ve la redención y el aprendizaje que puede surgir de él (la conversión), y por amor a la libertad y madurez del hijo, permite que la jugada continúe.
Para el creyente que se siente angustiado por la idea de un destino fijado, esta analogía ofrece una liberación: su vida no es un guion para recitar, sino un partido real, vibrante y abierto desde su perspectiva, jugado ante la mirada de un Padre que, aunque conoce la victoria final, celebra cada pase y sufre cada caída con una intensidad de amor que trasciende el tiempo. La predestinación no es el conocimiento frío de un resultado, sino la garantía amorosa de que, para aquellos que juegan en el equipo de Dios, el trofeo final está asegurado, no por la anulación de su esfuerzo, sino por la eficacia de la Gracia, que los acompaña hasta el pitido final.



