Un inmigrante ingrato
Llegó desde tierras lejanas hace algunas semanas, visitó con descaro nuestros colegios y nuestras casas y ya se ha marchado sin despedirse siquiera. Encandiló a niños y a mayores para que dejaran atrás tradiciones cristianas arraigadas, como el aguinaldo o las estrenas del día de Navidad, y se sumieran en un afán desmesurado de consumismo egocéntrico y agnóstico.
Pese a todo, aún quedan familias que sin pesar ninguno le cierran la puerta de su casa para dejar a salvo su tarjeta de crédito y el verdadero espíritu de la Navidad. Y todo esto porque a Papá Noel, a diferencia de los Reyes Magos, jamás se le ha pasado por la cabeza ofrecerle un presente al Niño Jesús que nace en Belén. Papá Noel, durante su intrusión navideña en nuestras escuelas y hogares, deja patente que rehúsa la existencia de Jesús, de María y de José. Por eso esas familias le pagan con la misma moneda y desean de todo corazón que el próximo año deje de ser un emigrante y se quede en su país junto a sus verdaderos amigos: los duendes, los renos, los refrescos de cola y el consumismo desaforado.
