Viajar sin permiso

Francisco Javier MerinoMiércoles, 28 de enero de 2026
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© Anton

Propongo un ejercicio a mis lectores: abrid Boeing o cualquiera de las aplicaciones que utilicéis para reservar alojamiento en otras ciudades, y buscad una habitación para una sola persona. ¿Acaso no os llama la atención el precio? En la mayoría de los casos, se trata del mismo que pagaría una pareja (salvo en el caso de las habitaciones compartidas).

No es casual. Los hoteles diseñan su oferta en respuesta a la demanda existente, y el interés por viajar en solitario es bajo. No creo que se deba al pánico a encontrarnos solos y fuera de casa ante una adversidad, si bien esto también influye, sino –por lo que extraigo de conversaciones con amigos y familiares– del miedo al aburrimiento. Es decir, al rechazo psicológico ante la posibilidad de comer en un restaurante sin un comensal en frente; de leer o mirar por la ventanilla del tren como único recurso para pasar las horas de trayecto; de quedarnos a solas con nuestros pensamientos.

Pese a todo, me he aficionado a viajar en solitario por Europa. Ámsterdam, Cracovia, Múnich, Heidelberg, Milán, Cinque Terre, Estrasburgo, Colmar han sido los destinos de mis últimos periplos, y de ninguno de ellos he regresado con la sensación de no haber disfrutado.

Ante los ahora conocidos como “solo trips”, debo desmitificar alguna creencia: en primer lugar, la de que se trata de una actividad propia de almas libres que rehúsan la compañía. En lo que a mí respecta, aunque siempre he preferido un viaje acompañado, me cuesta entender que haya personas que dejen correr el reloj de la vida sin visitar un destino soñado porque nadie las acompaña.

No nos engañemos, viajar en solitario a veces es aburrido. Pero, ¿cuál es el problema? A veces la mente nos pide un rato de aburrimiento, de no pensar en nada o, al contrario, de pensar en todo aquello sobre lo que no nos detenemos a reflexionar en la vorágine de nuestras interacciones sociales. Además de haber visitado  ciudades que nunca habría visto sin una dosis de iniciativa propia, viajar por mi cuenta me ha permitido descansar el intelecto.

Por supuesto, hay muchos momentos de diversión en esta elección: eventos de inmersión local, monumentos, exposiciones, restaurantes, “free tours”, puestas de sol… Además, viajar en solitario me proporciona una satisfacción extra: aceptar que todo el plan depende de mi planificación, de saber adaptarme a otro entorno y a un distinto idioma, de tomar mis propias decisiones, de volver a casa con la mochila cargada de aquello que he decidido traerme.

Recomiendo a mis lectores que creen una “check list” de destinos para visitar, al menos, una vez en la vida. Si conocen a alguien que esté dispuesto a acompañarlos, que se lo propongan, pero si no fuera posible, que no duden en comprar los vuelos, porque viajar es una de las experiencias más maravillosas que existen, y no precisa de recibir el permiso de nadie.

Francisco Javier Merino, ganador de la X edición www.excelencialiteraria.com

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