“Ya no soy un niño”: un proyecto sobre la importancia de no infantilizar a las personas con discapacidad intelectual
“Es importante no infantilizar a la persona con discapacidad intelectual. Aunque van creciendo, muchas personas les siguen tratando como si fueran niños eternos”, dice Lucía Villanueva, directora del Centro de Educación Especial Carmen Fernández Miranda, de Down Madrid, seleccionado por EduCaixa para impulsar su proyecto de educación emocional en adolescentes con discapacidad intelectual.
Una iniciativa que EduCaixa lleva a cabo cada año para mejorar la práctica docente mediante formación, recursos y acompañamiento y, gracias a la cual, el Centro ha recibido una dotación de 5.000 euros para llevar a cabo el proyecto “Ya no soy un niño”, enfocado en mejorar el aprendizaje social y emocional de los alumnos adolescentes del Centro.
Para conocer en profundidad el impacto del proyecto, que comenzó en octubre de 2024 y culminó en diciembre de 2025 en la jornada de cierre de CaixaForum de Barcelona, hablamos con Lucía Villanueva.
¿A quién va dirigido principalmente el programa “Ya no soy un niño”?
–A 15 alumnos de entre 12 y 14 años con discapacidad intelectual. La transición a la adolescencia es un momento especialmente sensible para nuestros alumnos, que viven muchos cambios sin disponer siempre de las herramientas necesarias para comprenderlos y expresarlos. Aunque “Ya no soy un niño” está enfocado en niños de 12 a 14 años, en los años posteriores nos seguimos enfocando en su educación emocional en áreas como la educación afectivo sexual o la mediación ante situaciones reales que se dan en su día a día.
¿Qué tipo de necesidades tienen los alumnos?
–La mayoría no conocen los cambios que se producen en su cuerpo a medida que van creciendo, nadie les explica qué pasa y por qué, y es importante que lo entiendan y sepan atender esos cambios fisiológicos. Observábamos también dificultades para identificar emociones, expresar cómo se sienten y a nivel social, mucha dificultad para resolver conflictos de forma adecuada. También cierta inseguridad personal y problemas en las relaciones entre iguales.
Problemas que aparecen en la mayoría de los adolescentes tengan o no discapacidad…
–Totalmente. De hecho, “Ya nos soy un niño” también tiene como objetivo eso: hacer ver a la sociedad que no es necesario “infantilizar” a la persona con discapacidad intelectual; aunque van creciendo, muchas personas les siguen tratando como si fuesen niños eternos. Es importante que ellos mismos reivindiquen que son adolescentes, y que en un futuro serán personas adultas, como el resto. Por eso, es importante tratarlos atendiendo a la etapa del desarrollo en la que se encuentran, adaptando por supuesto los apoyos en lo que sea necesario.
¿Cómo les ayuda el programa “Ya no soy un niño”?
–Ayudamos a nuestros alumnos a entender su cuerpo y detectar las señales que emite (qué sentimos cuando estamos felices, cuando estamos nerviosos, cuando estamos tristes…). De esta forma, es más fácil autorregularse y poner en práctica estrategias para calmarse, o para solucionar lo que nos está pasando
¿Cómo se organiza el programa?
–El programa tiene tres fases. En la primera fase, los alumnos entienden mejor su propio cuerpo y los cambios que están viviendo, lo que les ayuda a sentirse más tranquilos y seguros. En la etapa relacionada con las emociones aprenden a poner nombre a lo que sienten, tanto ellos como los demás, y eso les permite expresarse mejor y ser más empáticos. Y en la fase de gestión de conflictos usan, cada vez con más autonomía, estrategias como hablar, escuchar y buscar acuerdos, lo que ha mejorado mucho la convivencia y la forma de resolver los pequeños problemas del día a día.
Desde el punto de vista docente, ¿cómo ha influido el papel de EduCaixa en este proyecto?
–La convocatoria nos ha proporcionado encuentros formativos con grandes profesionales de la investigación educativa, como Luis Lizasoain o Marta Ferrero, que nos han acercado a los métodos de evaluación de proyectos basados en la evidencia. También, a lo largo de todo el proyecto hemos tenido mentorías que nos han orientado en el desarrollo del proyecto, nos han ayudado a resolver dudas sobre cómo hacer una buena evaluación y una medición del impacto. Todo ello, nos ha ayudado a sistematizar nuestra práctica y fundamentar mejor nuestras decisiones pedagógicas.
¿Habéis observado cambios concretos en la convivencia escolar o en la forma en que los alumnos se relacionan entre ellos tras el desarrollo del proyecto?
–Sí, especialmente en la forma de comunicarse y en la resolución de pequeños conflictos cotidianos. El clima del aula es más empático y observamos una mayor capacidad para pedir ayuda o mediar entre compañeros. No obstante, se trata de un trabajo muy diario, en el que se ven pequeños avances, pero que tiene que ser muy constante para que a largo plazo se vean también sus frutos.
Y, ¿cuáles diríais que han sido los mayores retos del proyecto?
–Trabajar las emociones en alumnado con discapacidad intelectual es un proceso largo y complejo, y en algunos casos se ve aún más condicionado por características individuales, especialmente cuando la discapacidad va asociada a dificultades de salud mental, como ansiedad, impulsividad o problemas de regulación emocional. Esto se traduce, por ejemplo, en alumnos que reaccionan de forma muy intensa ante la frustración, que tienen dificultades para identificar lo que sienten o que les cuesta ponerse en el lugar del otro. Para afrontar estos retos hemos apostado por la constancia, la repetición y la adaptación de materiales, utilizando situaciones reales y cercanas a su día a día, apoyos visuales y dinámicas de role playing que les permiten experimentar y aprender desde la práctica.
El proyecto ha pasado a formar parte de la línea permanente del centro…
–Así es. La educación emocional no puede ser algo puntual, sino que se debe trabajar siempre, puesto que es un aspecto fundamental en la persona. Con la evaluación del proyecto hemos podido comprobar su impacto positivo en cuanto a expresión de emociones y mejora de la convivencia, y consideramos necesario trabajar estos aspectos con cada nueva promoción de alumnado.
La dotación económica y los recursos recibidos han sido un apoyo importante. ¿En qué aspectos han resultado clave para garantizar la calidad y sostenibilidad del proyecto?
–La dotación ha sido clave sobre todo para contar con formación y orientación de profesionales especializados en educación emocional, quienes nos han guiado en la mejor forma de trabajar estos aspectos. También para acceder a recursos didácticos y materiales adecuados que nos han permitido llevarlo a cabo el proyecto y adaptarlos a las características individuales de los alumnos.
Para terminar, dirías que la educación emocional es…
–Un aspecto diferenciador en la persona, más si cabe en las personas con discapacidad intelectual, y que además va a determinar posibles éxitos o fracasos en el futuro (social, laboral, familiar…) es la capacidad en la gestión de nuestras emociones. Dedicar tiempo y formación a la educación emocional es invertir en convivencia, bienestar y futuro.

