Eduardo Garrigues: "Sin España, EEUU no habría logrado ser independiente"
Eduardo Garrigues López-Chicheri (1944), embajador de España que lo fue en Noruega y Namibia, ha ocupado puestos clave como consejero ante las Naciones Unidas y Director General de Casa de América. En su faceta de escritor, ha dedicado gran parte de su obra a reivindicar el legado español en Norteamérica. Al hilo del 250 aniversario de la independencia estadounidense dialogamos con él sobre su novela El Mississippi en llamas (Espuela de Plata, 396 páginas, 20,80 euros), donde reinvindica de nuevo la figura del que fue gobernador español de la Luisiana, Bernardo Gálvez (al que ya dedicó la novela El que tenga valor que me siga; Esfera de los Libros, 2016) y ahora en particular de su esposa, la criolla Felicitas St. Maxent. En ambas, el punto clave es la ayuda española a la independencia de Estados Unidos, que según él sufre un «olvido deliberado».
Indiscutiblemente, este 250 aniversario podría servir en España para recordar lo que fue un acontecimiento en el que nuestra ayuda fue esencial. Sin la ayuda de España, la independencia no se hubiera producido. Bernardo de Gálvez inició una campaña en el Misisipi y conquistó plazas fuertes como Mobile y Pensacola, lo que impidió que los ingleses pillaran en una tenaza al ejército de George Washington desde el sur. Es triste que en Estados Unidos a veces no se reconozca, pero que en España no sepamos que hubo un militar malagueño al cual se debe el nacimiento de una nación importante es casi más preocupante todavía.
Que en España no sepamos que hubo un militar malagueño al cual se debe el nacimiento de Estados Unidos es preocupante
"Para entender la postura de Francia y de España hay que retrotraerse a la Guerra de los Siete Años. Francia perdió todas sus posesiones en la América septentrional, por lo que no tenía nada que perder metiéndose de hocicos en la guerra de independencia de EE. UU., pero España sí tenía mucho que perder. Por eso, aunque la ayuda española en especie, financiera y naval volcó verdaderamente la balanza, la actitud de nuestro gobierno fue un poco más ambivalente al principio. Por ejemplo, al representante estadounidense John Jay el rey Carlos III no lo recibió ni una sola vez en Madrid, fruto de una decisión salomónica para no sentar un precedente peligroso frente a los territorios españoles en América.

Fue muy sencillo: después de la Paz de París de 1783, España se convirtió para Estados Unidos en un vecino incómodo e incluso rival. La tendencia natural de los estados atlánticos era la expansión hacia el oeste, y ahí tenían el río Misisipi, que el Conde de Aranda llamaba «el muro». El derecho de navegación exclusivo en el Misisipi era absolutamente vital para sacar los productos de los territorios del sur, pero la diplomacia española no supo capitalizar los éxitos militares y nunca se nos llegó a reconocer en Estados Unidos ese dominio absoluto sobre el río.

Es cierto que la historiografía oficial habla de causas naturales, pero en la novela me he permitido cierta licencia poética para apuntar a la teoría de que Bernardo de Gálvez fuera asesinado. De hecho, en el Palacio de Chapultepec, en México, hay un retrato del virrey con una cartela que levanta un punto de sospecha de que no murió por causas naturales. Gálvez era un líder muy carismático, impulsivo y a veces temerario, lo que podía generar recelos y hacer pensar a la corte que acumularía demasiado poder. En la obra, el azogue sirve además como una potente metáfora visual, describiendo las aguas del río como si por ellas fluyera mercurio en llamas.
Sí, en la novela la trayectoria vital de Felicitas no se podría explicar sin incidir en la turbulenta época política que le tocó vivir. Ella demuestra cómo las mujeres de la élite criolla fueron piezas fundamentales en el tablero diplomático. Tras enviudar, viaja a Madrid y se relaciona con el círculo del Conde de Aranda, pero, como en sus tertulias se hablaba en francés, ante el pánico al contagio de la Revolución Francesa, la acusan injustamente y la destierran a Valladolid, lo cual es históricamente cierto. A partir de ahí yo me permito la licencia de hacerla viajar a París en plena época del Terror. Allí, paradójicamente, la acusan de ser agente del gobierno español, obligándola a regresar a Nueva Orleans como agente revolucionaria para agitar la rebelión.
Me parece imprescindible. El no valorar la importante obra de España en las dos Américas desmerece nuestro prestigio como nación, e incluso, en términos prácticos, perjudica nuestro papel en el contexto internacional. A veces la incomprensión viene de fuera: hubo universidades del este de EE. UU. que no querían publicar estudios sobre la contribución española a su independencia porque ellos prefieren contar su propia visión exclusiva. Sin embargo, la realidad objetiva es que España llevó un desarrollo enorme; construimos catedrales, universidades y hospitales, y en un momento dado la Ciudad de México era más rica e importante que la propia Madrid. Esos hechos deben formar parte no solo de nuestro orgullo, sino del reconocimiento objetivo de la realidad histórica.

La falta de reconocimiento de nuestra historia en América desmerece nuestro prestigio como nación y nos perjudica en el contexto internacional
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