Educar también es cuidar: el papel del aula en la salud emocional del alumnado

El Vademécum de Salud mental y bienestar emocional en la escuela subraya, en este tercer apartado, que el entorno escolar puede convertirse en un factor de protección —o de riesgo— para la salud mental del alumnado, influyendo de forma directa en su bienestar, su convivencia y su aprendizaje.
José Mª de MoyaLunes, 9 de febrero de 2026
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La escuela no es solo un lugar donde se transmiten conocimientos. Es, ante todo, un espacio de vida. En las aulas se construyen identidades, se ensayan relaciones y se ponen a prueba emociones que acompañarán al alumnado durante toda su trayectoria vital. El Vademécum señala de manera explícita: La escuela es un entorno de socialización fundamental en el desarrollo emocional de niños y adolescentes y advierte que el clima emocional del centro educativo tiene un impacto profundo en la salud mental de los estudiantes, actuando como un factor de protección o, si es negativo, como un elemento que incrementa la vulnerabilidad.

El entorno escolar influye desde los primeros años en la forma en que niños y adolescentes se perciben a sí mismos y a los demás. Según el Vademécum, un clima respetuoso, seguro y acogedor favorece la autoestima, el sentido de pertenencia y la regulación emocional. Por el contrario, contextos hostiles, competitivos o poco empáticos generan ansiedad, frustración y desmotivación. Nada es neutro en la escuela: cada gesto, cada palabra y cada silencio educan.

Clima emocional y salud mental

Las relaciones interpersonales dentro del centro —tanto entre iguales como con el profesorado— son determinantes. Cuando el alumnado se siente escuchado y valorado, se fortalece su bienestar emocional y se reduce el riesgo de aislamiento o conflicto. El profesorado, por su cercanía diaria, desempeña un papel esencial en la creación de este clima, no solo por lo que enseña, sino por cómo se comunica, cómo gestiona el aula y cómo responde al malestar. Como destaca la guía: El profesor o profesora es modelo fundamental de gestión emocional para el alumnado.

Además, el propio espacio físico también importa. Aulas cuidadas, entornos limpios y organizados, y centros que promueven la inclusión transmiten seguridad y reconocimiento. Un entorno que cuida favorece que el alumnado se sienta libre para expresarse y aprender.

El aula como espacio de bienestar

Crear un ambiente de aula que promueva la salud mental positiva no es una tarea puntual, sino un proceso cotidiano. Fomentar relaciones basadas en el respeto mutuo, establecer normas claras y coherentes y promover la empatía son pilares fundamentales. Del mismo modo, resulta clave abrir espacios donde las emociones puedan nombrarse sin miedo al juicio, normalizando que sentir forma parte de la experiencia humana. Como dice el Vademécum: Validar y normalizar las emociones del alumnado es clave para construir ambientes seguros.

Estrategias sencillas —como asambleas de grupo, diarios emocionales o dinámicas de expresión— permiten que el alumnado ponga palabras a su malestar. A ello se suma la importancia de reducir el estrés innecesario: evitar cargas excesivas, ofrecer pausas activas y mostrar disponibilidad emocional sin invadir la intimidad del estudiante.

Promover un espacio seguro para expresar emociones

Un aula emocionalmente segura se construye con coherencia y ejemplo. El profesorado puede favorecerla mostrando escucha activa, validando las emociones del alumnado y evitando el ridículo o la exposición forzada. La seguridad emocional en el aula es condición necesaria para el aprendizaje, recuerda el documento. Cualquier burla o actitud de rechazo debe ser abordada de inmediato para proteger al grupo y, especialmente, a quienes se sienten más vulnerables.

Hablar con naturalidad de las emociones propias —sin sobreexponerse— ayuda a ofrecer modelos sanos de expresión emocional. Permitir momentos específicos para compartir cómo se sienten los alumnos refuerza la confianza y la cohesión del grupo.

Competencias sociales y emocionales: una tarea compartida

El desarrollo de competencias sociales y emocionales debe trabajarse desde edades tempranas y de forma continuada. Identificar y expresar emociones, practicar la empatía, aprender a comunicarse de manera asertiva y resolver conflictos pacíficamente son aprendizajes tan relevantes como los contenidos curriculares. El Vademécum señala: Las competencias emocionales son una base imprescindible para la prevención de problemas de salud mental.

Estas competencias no solo previenen problemas como el acoso, el racismo o el bajo rendimiento académico, sino que favorecen una convivencia inclusiva y un aprendizaje más profundo. El trabajo cooperativo, los debates guiados y la toma de decisiones compartidas ayudan a que el alumnado se sienta parte activa del grupo.

Integrar a quienes son excluidos

La exclusión suele tener múltiples causas: diferencias visibles, prejuicios, dificultades sociales o académicas. Frente a ello, el docente es una figura clave para observar, intervenir y generar oportunidades de integración. Organizar trabajos en grupos heterogéneos, reconocer públicamente las fortalezas de quienes tienden a quedar al margen y fomentar dinámicas de empatía son estrategias eficaces.

El acompañamiento a quienes son excluidos mejora el bienestar de toda la comunidad educativa, subraya el texto.

Integrar no es un gesto puntual, sino un proceso educativo que beneficia a toda la comunidad escolar. Cuando un alumno se siente aceptado, mejora su autoestima, su participación y su rendimiento académico, y el grupo aprende a convivir en la diversidad.

Salud mental y aprendizaje: una relación inseparable

La salud mental influye de manera directa en el proceso de aprendizaje. El malestar emocional consume recursos cognitivos, dificulta la concentración, reduce la motivación y ralentiza el procesamiento de la información.

Trastornos de ansiedad o estados depresivos pueden traducirse en un descenso del rendimiento escolar, incluso en alumnos con capacidad suficiente. La guía añade que es importante mirar más allá de las calificaciones y atender lo que subyace tras la conducta y el rendimiento académico.

No obstante, cada situación es única. En algunos casos, el estudio puede convertirse en un refugio frente al sufrimiento emocional.

Rendimiento académico y malestar emocional

Un bajo rendimiento escolar puede ser un indicador de problemas emocionales. La frustración, la ansiedad o la tristeza generan una espiral en la que el malestar y el fracaso académico se retroalimentan. Detectar estos cambios a tiempo permite intervenir de forma preventiva y coordinada con orientación y familia.

En definitiva, cuidar el clima, la convivencia y las emociones en la escuela no es un añadido, sino una condición esencial para educar. Porque aprender solo es posible cuando el alumno se siente seguro, reconocido y acompañado, y porque enseñar, hoy más que nunca, es también cuidar.

La próxima entrega de esta serie sobre el Vademécum de la salud mental y el bienestar emocional en la escuela abordará los trastornos y dificultades más frecuentes en el ámbito escolar, ofreciendo claves para su identificación y acompañamiento. No te la pierdas.

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