«El niño erizo»: una metáfora de resiliencia escolar

La construcción de la identidad en la literatura infantil y juvenil contemporánea atraviesa, a menudo, el desfiladero de la alteridad física. En 'El niño erizo', Diana I. Luque transmuta una figura del folclore narrativo en una sugerente metáfora sobre la resiliencia y la conquista del espacio propio frente al rechazo sistémico. En esta obra, la autora recupera el legado  folclórico de los hermanos Grimm; en concreto, el cuento 'Juan, mi erizo'.
José Luis Abraham LópezLunes, 23 de febrero de 2026
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La relación directa y esencial que 'El niño erizo' mantiene con la tradición oral del cuento popular se manifiesta en la propia estructura.

El protagonista, Juan, habita una frontera ambigua: es mitad humano y mitad erizo. Esta condición lo condena a un aislamiento donde el propio niño llega a creer que infunde terror en su entorno. Su comportamiento, animalizado por la falta de afecto, lo lleva a ovillarse para rodar o a dormir en el pajar para evitar el dolor de sus propias púas o a comer orugas. Esta realidad nos llega a través de una singular polifonía que completa su retrato: mientras para el padre es una bestia carente de humanidad, la madre reivindica su inteligencia y sensibilidad… Más adelante, el mismo rey verbalizará esa frontera donde la individualidad es cuestionada por la apariencia y la animalidad se ve redimida por la sensibilidad: «Juan me parece demasiado huano para ser un erio, y demasiado puntiagudo para ser un humano» (página 70).

En el colegio, los compañeros le acechan con insultos por su apariencia. María es la única que a él se acerca con interés y curiosidad. Y Juan lee cuentos de hechizos creyendo que algún día se liberará de aquel que le convirtió en erizo.

En este escenario de exclusión, surge la figura de Kokó, un gallo que se convierte en su única compañía incondicional. Juntos emprenden una marcha hacia el bosque donde Juan debe lidiar con su propia imagen. A diferencia del mito de Narciso, el reflejo en el agua no le devuelve belleza, sino la figura de un «monstruo» construida por la mirada ajena. Sin embargo, esa huida –cabalgando a Kokó– supone el inicio de una transformación esencial: el paso del estigma a la autonomía.

En ausencia de su hijo, su madre escribe desconsolada cartas que no obtienen respuesta. Un encuentro fortuito hará que la suerte de Juan pueda cambiar: la del rey desorientado –«valiente explorador» según él– que es incapaz de encontrar el camino de vuelta a su reino. Ambos hacen un pacto: Juan le ayuda a regresar si el monarca le entrega a la primera persona que le reciba en su palacio. Pero aunque Juan se gane la simpatía de la princesa, y una vez tenga la posibilidad de ser completamente humano, tal vez prefiera volver a sus orígenes.

Además de por sus reacciones, la caracterización de los personajes proviene también del lenguaje que cada uno de ellos utiliza. El registro del padre se caracteriza por una rudeza lacónica y despreciativa. A través de expresiones breves, manifiesta una incapacidad discursiva para procesar la vergüenza que le produce la apariencia de su hijo. Este uso sistemático de imperativos y exclamaciones denota una falta de argumentos como igualmente levanta una barrera emocional infranqueable que el propio personaje es incapaz de gestionar. En cambio, en la madre percibimos un lenguaje protector matizado desde la compasión con diminutos y términos afectuosos, aunque con una estela de tristeza y protección.

Sin duda, el lenguaje de Juan es el que representa el simbolismo de la herida del rechazo y de la incomprensión. En su soledad, el niño erizo manifiesta su interioridad precisamente desde su apariencia, entablando una continua lucha para entender su propia identidad.

Si en Juan tenemos la representación de lo simbólico, por su parte, el rey abraza lo mágico. Su natural desconcierto le permite percibir la realidad con un aura del todo fantástica. Las escenas compartidas entre Juan  y el rey –a través de expresiones que se acercan a las sentencias y a los acertijos– nos recuerdan más a los cuentos populares.

La relación directa y esencial que El niño erizo mantiene con la tradición oral del cuento popular se manifiesta en la propia estructura, si tenemos en cuenta rasgos tan peculiares como el nacimiento de un niño con rasgos de animal, el rechazo y el viaje iniciático que emprende en busca de su identidad personal. Al igual que en otras propuestas de intervención, la apariencia de Juan funciona como un “escudo emocional” que, lejos de ser eliminado, debe ser integrado en su identidad.

Diana I. Luque mantiene elementos icónicos del folclore que, sin duda alguna, ayudan a crear el ambiente de realismo mágico. Entre otros, la hibridez animal-humana del protagonista como motor del conflicto. Por otro lado, la presencia del gallo Kokó que debido a su gran corpulencia le sirve al protagonisa como montura mágica. Como ocurre en los cuentos tradicionales, el bosque es el espacio donde repentinamente se transforman las reglas del mundo civilizado de la granja de los padres de Juan.

Es habitual que en el cuento popular el protagonista busque una recompensa externa (una princesa o un reino); en cambio, en Juan el verdadero sentido de su viaje es la comprensión del “otro”. De esta manera, la obra nos enseña que la diferencia individual no es algo que deba eliminarse (como ocurre al final de muchos cuentos clásicos donde el animal se convierte en príncipe) sino algo que debe ser aceptado y valorado.

Esta versión de Diana I. Luque (candidata a los XX Premios Max de Teatro 2019) aprovecha la universalidad del cuento como género para tratar temas que podrían ser áridos o dolorosos (como la exclusión) de una manera poética. Al situar la historia en el marco de la leyenda, ayuda al lector lector/espectador a tomar distancia de la realidad y así reflexionar sobre la discriminación desde una perspectiva simbólica. Pero al mismo tiempo, al decidirse por una versión teatral contribuye a que el receptor se vea reflejado a sí mismo y a plantearse si de verdad debemos cambiar porque los demás no nos acepten como somos.

En definitiva, la moraleja clásica se transmuta en ética contemporánea: el viaje del niño erizo nos hace ver que el verdadero reino a conquistar no es un trono físico ni un espacio fabuloso, sino el refugio inexpugnable de la identidad y la autoaceptación.

Autora: Diana I. Luque

Editorial: Ediciones Antígona (Colección Teatro Infantil)

Precio: 14 €

82 páginas

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