El superpoder de Digna
La ventana no deja pasar las gotas que, en esta tarde lluviosa, golpean con insistencia el cristal. Los rayos de sol que suelen acariciar sus mejillas los ha sustituido el calor constante de un radiador y de una manta, cuyos colores la transportaban, en silencio, de vuelta a su infancia. Así, casi sin movimientos, transcurren las tardes de Digna, una mujer gallega que conozco desde hace unos años.
A partir del día que llegué a esta nueva ciudad, me he esforzado por almacenar mis vivencias en la memoria o en alguna fotografía que, sin embargo, se ha perdido en la galería del teléfono móvil. He comprendido que los recuerdos son esa chispa que nos mantiene encendidos, el mapa que nos conduce a saber nuestra identidad.
Digna, pobrecita, ha dejado que su historia, sus recuerdos vuelen lejos. Sus vivencias se le han desprendido de la memoria como hojas secas a las que arranca el viento, pero no por ello es menos importante que yo. Al contrario, cada día me regala una lección nueva, a pesar de que su mundo se haya reducido a un trayecto breve: de la cama al sillón y del sillón a la cama.
Cada cinco minutos debo recordarle cuál es el paso que debe dar a continuación. Y en ese silencio de la razón –aunque el diagnóstico clínico hable de un eclipse en su memoria– sé que Digna vive en un estado de presente absoluto, lo que es un regalo que pocos sabemos reconocer. En un mundo frenético, donde todos corremos hacia el mañana, tener la capacidad de habitar únicamente el «aquí y ahora» puede parecer una enfermedad, pero en Digna lo ha convertido en un superpoder.
Ester Torres Chiscano, ganadora de la V edición de www.excelencialiteraria.com

