El susurro del mar
Para Lucía el mar siempre tenía algo que decirle, aunque lo hiciera en voz baja. Lo sabía bien. Por eso, cada tarde salía a caminar por la orilla y mostraba una sonrisa que algunos confundían con alegría, pero que era, más bien, una forma de equilibrio; había aprendido que mostrar el dolor no siempre lo alivia.
Lucía había cabalgado por mareas difíciles. Algunas la habían golpeado con fuerza, otras la habían arrastrado sin ruido, despacio, hasta hacerla dudar de sí misma. Pero de cada una había aprendido que la vida no siempre avisa antes de cambiar el rumbo de la corriente, que hay tormentas que enseñan más que los días tranquilos. Por eso había perdido cosas que no estaba dispuesta a desvelar, y había guardado silencios que nadie sospechaba. No porque desconfiara del mundo sino porque entendía que no todos los seres humanos saben escuchar. Aun así, tenía unas pocas personas a su alrededor, suficientes, en quienes confiaba sin necesidad de que mediaran las palabras. Eran presencias pequeñas pero firmes, como las rocas que no se mueven ni con la fuerza de las olas más tercas.
Mientras caminaba, el océano continuaba su danza sin detenerse: las olas rompían con brío, para regresar al mismo punto, lo que le hacía pensar que todo lo que duele también se transforma, pues el sufrimiento no siempre es un enemigo: a veces es solo una marea más del viaje.
Estaba segura de que aquella inmensa masa de agua salada entendía bien cómo se sentía. No porque el mar fuera amable, sino porque nunca se queja ni se agota. El mar sigue, sigue, pues su fortaleza no reside en la lucha sino en la persistencia. «La persistencia no consiste en evitar el sufrimiento», pensó la muchacha, «sino en aprender a vivir con él, como el mar convive con las rocas que va desgastando con el paso de la historia».
Lucía sabía que no hay victoria en la resistencia sino en la aceptación. En el empeño de seguir adelante a pesar de las sombras que llevamos dentro, todos esos obstáculos sutiles que nos acompañan aunque sean invisibles para los demás. Entendía que ser fuerte no consiste en apretar los dientes sino en seguir sonriendo, sin fingir. Dejar que la vida siga su curso, sin intentar dominarla.
Cuando el sol comenzó a caer, se sentó sobre una roca. El agua le rozaba los tobillos con suavidad. Por un momento sintió que todo estaba en calma. El mar no prometía consuelo, pero tampoco le exigía nada. Entonces cerró los ojos y respiró hondo. Como el mar, su sonrisa –serena y cansada–, seguía como el mar, persistente, sincera e inquebrantable.
Cristina Elías, ganadora de la XXI edición www.excelencialiteraria.com (modalidad artículo de opinión)

