John Hattie: "La reducción de ratios es una obsesión de los gobiernos, no una solución"
Hattie: "Cuando algo no funciona, tendemos a culpar al sistema, a los papeles o a la falta de recursos. Pero muchas veces deberíamos mirar antes nuestra propia práctica"
Investigador educativo con casi treinta años de experiencia analizando qué es lo que mejor funciona en el aprendizaje y rendimiento de los estudiantes. Su investigación, más conocida como Visible Learning (Aprendizaje Visible), es la culminación de casi tres décadas sintetizando más de 2.100 metaanálisis que comprenden más de cien mil estudios e involucran a más de 300 millones de estudiantes en todo el mundo.
Atiende amablemente a MAGISTERIO, tras su ponencia «Aprendizaje visible: claves de liderazgo de alto impacto para la transformación escolar» el I Congreso Impuls Educació, celebrado recientemente en Barcelona.
P. Si fuera ministro de Educación hoy, ¿qué sería lo primero que prohibiría en los colegios?
R. Sin duda, prohibiría los teléfonos móviles. Son una fuente constante de distracción y de acoso. Sabemos que cuando el teléfono vibra en el bolsillo es una reacción automática atenderlo. No hay nada que se haga con el móvil que no pueda hacerse con un ordenador o una tableta. En Australia, por ejemplo, se ha prohibido el acceso a redes sociales para menores de 16 años, y los estudiantes lo han recibido con sorpresa, pero también con alivio. Las escuelas están más tranquilas. Ojalá hubiéramos tenido ese debate hace diez años, porque ahora debemos hacerlo urgentemente con la inteligencia artificial. Un error en su regulación puede tener un impacto muchísimo mayor.
P. Usted habla de “aprendizaje visible”. ¿Cómo se traduce eso en un aula real?
R. Lo primero que debería hacer cualquier observador es preguntar al alumnado: “¿Qué significa ser un buen aprendiz aquí?”. La mayoría responderá que es quien escucha y obedece al profesor. Pero eso no es aprender. Aprender es cometer errores, dudar, debatir y trabajar con otros para entender mejor. En un aula de aprendizaje visible se escuchan errores, reflexiones en voz alta, preguntas sobre el porqué de las cosas. El silencio perfecto no es señal de aprendizaje, sino de miedo a fallar.
P. ¿Por qué seguimos hablando de reducir el tamaño de las clases si su impacto en el aprendizaje es casi nulo?
R. Es una cuestión política y emocional más que pedagógica. Los padres creen que clases más pequeñas garantizan atención individual, cuando no es así. Algunos directivos prefieren grupos reducidos porque les otorga más fondos o autonomía. El problema es que los profesores no cambian su forma de enseñar cuando tienen menos alumnos. Reducir el tamaño de las clases solo funciona si se transforma la metodología. Prefiero invertir ese dinero en crear tiempo para que los profesores trabajen juntos y aprendan unos de otros.
P. ¿Es la burocracia la excusa perfecta para quienes no quieren cambiar su manera de enseñar?
R. En parte, sí, aunque no solo para los llamados “malos” docentes. Todos, cuando algo no funciona, tendemos a culpar al sistema, a los papeles o a la falta de recursos. Pero muchas veces deberíamos mirar antes nuestra propia práctica.
Cuando hemos contratado personal administrativo en las escuelas para reducir la carga burocrática, esta curiosamente ha aumentado. Lo esencial es que los líderes educativos ayuden a distinguir qué tareas suman y cuáles no. En Educación, cuesta más dejar de hacer lo que no sirve que empezar algo nuevo.
P. En este contexto, ¿cómo valora el papel de las redes sociales y los dispositivos digitales?
R. Las redes sociales son uno de los mayores problemas actuales. Los móviles se han convertido en un reflejo automático del aburrimiento. No hay una sola razón para mantenerlos en clase. El argumento de que los padres necesitan comunicarse con sus hijos es débil: antes lo hacían llamando a la secretaría del centro. Y el bullying online ha amplificado su impacto más allá del horario escolar.
Por eso celebro medidas como la de Australia, que multa a las empresas tecnológicas si permiten el acceso de menores a redes sociales. No podemos dejar en manos de las compañías tecnológicas la educación digital de los jóvenes.
P. ¿Estamos sobreprotegiendo al alumnado y rebajando su tolerancia al esfuerzo y al error?
R. A veces sí. Hemos convertido el error en algo que hay que evitar, cuando es esencial para aprender. Los alumnos más brillantes suelen ser los más temerosos de equivocarse. Un buen profesor debe enseñar que si no te equivocas, no estás realmente aprendiendo. Que obtener siempre el 100% significa que el reto es demasiado fácil. Eso requiere un clima de aula basado en la confianza y el respeto mutuo.
P. Los problemas de salud mental están creciendo entre los jóvenes. ¿Tiene esto relación con el sistema educativo?
R. En parte sí, pero también con factores externos como la pandemia. Durante el confinamiento, muchos jóvenes descubrieron que podían aprender más rápido y con menos presión fuera del aula tradicional. Sin embargo, en lugar de aprovechar esa lección, hemos vuelto al modelo antiguo.
Algunos países, como Singapur, han mantenido un día a la semana de aprendizaje híbrido, y los resultados son excelentes. Debemos escuchar más a los estudiantes y darles opciones reales.
P. ¿Por qué un profesor con 25 años de experiencia puede ser menos eficaz que uno que acaba de empezar?
R. La experiencia, por sí sola, no garantiza la calidad. Después de cinco años, deja de haber correlación entre antigüedad y efectividad. Lo que diferencia a un docente experto de uno experimentado es cómo piensa sobre su enseñanza. Los expertos analizan el impacto de su práctica, buscan feedback y ajustan su método. Necesitamos sistemas que reconozcan y remuneren esa pericia sin obligar al profesor a abandonar el aula.
P. ¿Qué pesa más en el éxito de un alumno: su entorno familiar o lo que ocurre dentro de la escuela?
R. Ambos influyen, pero el papel de las expectativas familiares es crucial. Cuando los padres creen en la capacidad de sus hijos, eso repercute directamente en su rendimiento. Por eso debemos fortalecer la alianza escuela-familia.
Y algo importante: debemos comunicar mejor lo que hacemos. Hay programas de televisión sobre cocineros y niñeras, pero ninguno sobre grandes maestros. Necesitamos que la sociedad entienda la complejidad real de enseñar.
P. ¿Qué puede hacer un docente agotado y sin recursos para mejorar mañana mismo?
R. Primero, cuidar de sí mismo. Igual que en los aviones se recomienda ponerse la mascarilla de oxígeno antes de ayudar a los demás. El bienestar docente no es un lujo, es una condición para enseñar bien. Los directivos deben garantizar que los maestros tengan tiempo, apoyo y reconocimiento. Solo así podrán recuperar la motivación y centrarse en lo esencial: el aprendizaje.
