La convivencia como aprendizaje en la experiencia cotidiana del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo
Las características del alumnado hacen inviable delegar los aprendizajes convivenciales en la imitación espontánea de modelos sociales.
Tradicionalmente, la convivencia escolar se ha abordado desde una perspectiva normativa, centrada en la regulación de comportamientos y la prevención del conflicto. Sin embargo, esta mirada resulta insuficiente si no se consideran los contextos reales en los que las relaciones se producen. La convivencia puede entenderse como un aprendizaje situado que se construye a través de la participación en prácticas sociales concretas y compartidas. No se trata únicamente de adquirir habilidades sociales abstractas, sino de aprender a relacionarse en situaciones funcionales que exigen cooperación, regulación emocional, corresponsabilidad y ajuste al otro.
En Educación Especial esta dimensión adquiere especial relevancia. Las características del alumnado hacen inviable delegar los aprendizajes convivenciales en la imitación espontánea de modelos sociales. Los espacios y las rutinas deben diseñarse intencionalmente para favorecer la interacción, la anticipación y la comprensión de normas y responsabilidades. El espacio escolar deja así de ser un elemento neutro para convertirse en un mediador pedagógico que influye directamente en la calidad de las relaciones y en las oportunidades de participación.
El análisis de la vida diaria en un centro de Educación Especial permite identificar tres tipos de espacios donde la convivencia se aprende de manera explícita: los espacios de corresponsabilidad funcional, los de regulación corporal y emocional y los de proyecto compartido.
En primer lugar, los espacios de corresponsabilidad –como el aula hogar, el comedor o el huerto– sitúan al alumnado ante tareas funcionales con impacto real en la vida del grupo. Preparar una comida sencilla, repartir tareas o cuidar un espacio común exige negociar turnos, respetar ritmos y asumir responsabilidades ajustadas a las posibilidades de cada alumno. Estas actividades generan tensiones habituales –rechazo a colaborar, dificultad para esperar, errores en la tarea– que se convierten en oportunidades de aprendizaje social cuando se acompañan pedagógicamente. La convivencia deja de ser un principio abstracto para convertirse en una experiencia concreta de cooperación y cuidado mutuo.
En segundo lugar, los espacios de regulación corporal y emocional –como el gimnasio, la sala multisensorial o los pasillos estructurados con apoyos visuales– permiten trabajar la convivencia desde el cuerpo en interacción. Antes de poder verbalizar un conflicto, el alumnado manifiesta estados de activación, ansiedad o desregulación que influyen en la relación con los demás. Actividades motoras cooperativas, circuitos compartidos o dinámicas rítmicas obligan a ajustar la acción al grupo y a respetar el espacio del otro. Del mismo modo, el uso pedagógico de la sala multisensorial favorece la autorregulación necesaria para participar posteriormente en la actividad colectiva. Estos espacios muestran que convivir implica aprender a habitar el espacio común con un cuerpo regulado y consciente del otro.
En tercer lugar, los espacios de proyecto compartido –como talleres, biblioteca o propuestas tecnológicas– sitúan al alumnado ante objetivos que solo pueden alcanzarse de forma conjunta. Resolver una tarea, construir un producto o desarrollar una actividad cooperativa exige coordinar acciones, escuchar al otro y aceptar distintos ritmos de aprendizaje. La frustración ante el error o la rigidez en la toma de decisiones son dificultades frecuentes que se transforman en aprendizaje cuando se hacen visibles y se acompañan pedagógicamente. En estos contextos, la convivencia emerge del compromiso con una tarea común y del ajuste al grupo, no solo del cumplimiento de normas.
La existencia de espacios cotidianos no garantiza por sí misma el aprendizaje convivencial. Son las decisiones pedagógicas del profesorado las que convierten la vida diaria del centro en un escenario educativo intencional. En Educación Especial, el docente actúa como mediador de las relaciones que se generan en torno a la actividad, anticipando conflictos, estructurando el entorno y permitiendo al mismo tiempo que el alumnado experimente dificultades reales.
Una de las decisiones más complejas se sitúa en el equilibrio entre apoyo y autonomía. Una intervención excesivamente directiva puede limitar las oportunidades de aprendizaje social, mientras que una retirada prematura puede generar desregulación. El docente debe ajustar su presencia de manera flexible, atendiendo al momento y a las necesidades del grupo. La convivencia se aprende cuando el error y la tensión se sostienen pedagógicamente, no cuando se eliminan de forma preventiva.
Asimismo, la coherencia entre espacios resulta esencial. Las normas y expectativas deben mantenerse estables para que el alumnado encuentre continuidad en la forma de relacionarse y participar. Esta coherencia exige criterios compartidos entre profesionales y una reflexión constante sobre el impacto de las decisiones adultas en la autonomía y la inclusión del alumnado. De este modo, el profesorado asume que la convivencia es una responsabilidad colectiva y no un atributo individual de los estudiantes.
La experiencia de los centros de Educación Especial permite extraer aprendizajes relevantes para el conjunto del sistema educativo. No se trata de reproducir modelos, sino de adoptar una mirada que reconozca el valor educativo de la vida cotidiana. En estos centros, los aprendizajes sociales no se dejan implícitos, sino que se diseñan y acompañan de forma consciente. Los espacios se conciben como contextos de aprendizaje, el conflicto se anticipa como parte de la interacción y la mediación adulta se ejerce de manera intencional.
En muchos centros ordinarios, por el contrario, los espacios cotidianos mantienen una función principalmente logística y los momentos no curriculares –desplazamientos, tiempos de espera o actividades funcionales– se consideran secundarios. Sin embargo, estos contextos poseen un alto potencial para el aprendizaje convivencial. Pensarlos pedagógicamente no requiere grandes recursos, sino reconocer que convivir también se aprende y que este aprendizaje necesita tiempo, acompañamiento y coherencia.
Desde esta perspectiva, la educación especial se configura como un referente que hace visibles procesos de convivencia que en otros contextos permanecen implícitos. Integrar la intencionalidad en el uso de los espacios, acompañar el conflicto como oportunidad educativa y mantener coherencia en la intervención adulta son claves transferibles que pueden contribuir a fortalecer la convivencia en cualquier centro educativo.
Repensar los espacios cotidianos como lugares de convivencia implica reconocer que la educación no se limita al aula ni al currículo formal. La vida diaria del centro –las tareas compartidas, los desplazamientos, los proyectos y los tiempos comunes– constituye un escenario esencial para aprender a vivir con otros. La experiencia de la Educación Especial muestra que, cuando estos espacios se diseñan y acompañan pedagógicamente, se convierten en contextos privilegiados para el desarrollo de la corresponsabilidad, la autorregulación y la participación.
En un contexto educativo que busca mejorar la convivencia escolar, considerar la organización pedagógica de la vida cotidiana como contenido educativo supone avanzar hacia centros más inclusivos y conscientes. Enseñar a convivir implica diseñar experiencias reales de interacción, sostener el conflicto como oportunidad de aprendizaje y asumir que la convivencia es un proceso que se construye día a día en los espacios compartidos.
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