La educación sexual debe comenzar antes de los 12 años, según un estudio internacional

Un estudio de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), en colaboración con Save the Children, insta a iniciar la educación sexual antes de los 12 años para prevenir riesgos digitales y mejorar el bienestar emocional de los adolescentes.
MagisterioJueves, 26 de febrero de 2026
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El estudio revela que todos los menores participantes identificaron al menos un riesgo vinculado a la sexualidad en entornos online. © PEXELS

El informe, publicado en la revista científica Sexuality Research and Social Policy, determina que la educación sexual debe integrarse desde Primaria para abordar de forma temprana los riesgos asociados al contenido sexual en internet y fomentar un uso responsable de las redes sociales. Los investigadores insisten en que esta formación debe incluir no solo aspectos biológicos, sino también emocionales y relacionales.

Gemma Mestre-Bach, investigadora de UNIR y responsable del estudio, explica que “el objetivo principal es detectar las necesidades formativas para ofrecer un abordaje real que se adapte a un entorno cada vez más abierto y conectado”. Subraya, además, que la educación sexual es hoy “un ámbito prioritario y urgente para el bienestar emocional, relacional y social de la infancia y adolescencia”.

El análisis se basó en 18 grupos de discusión con adolescentes, docentes y familias de nueve comunidades autónomas, además de investigadores de universidades de España, Estados Unidos, Australia y Canadá. Las conclusiones reflejan un consenso generalizado sobre la necesidad de una educación sexual preventiva, continua y adaptada a las etapas de desarrollo infantil y adolescente.

Prevención de riesgos en el entorno digital

El estudio revela que todos los menores participantes identificaron al menos un riesgo vinculado a la sexualidad en entornos online. “Casi todos los riesgos mencionados están relacionados con la difusión no consentida de fotos, vídeos o conversaciones privadas”, apunta Mestre-Bach. Este peligro es compartido por familias y profesorado, respaldado por experiencias cercanas y casos reales entre adolescentes.

Los jóvenes mencionaron que muchos de ellos conocen situaciones de suplantación de identidad o filtraciones de imágenes íntimas. Estos episodios, según los investigadores, generan un fuerte impacto psicológico y social, reforzando la necesidad de una educación sobre respeto y privacidad digital. Entre las soluciones propuestas por los propios adolescentes destacan el refuerzo de valores éticos, la empatía y la conciencia sobre el uso de redes sociales.

Aunque buena parte de los estudiantes ha recibido charlas sobre ciberseguridad o ciberacoso, consideran que el contenido sigue siendo superficial y alejado de su realidad cotidiana. Reclaman espacios de diálogo más abiertos donde se aborde la sexualidad desde una perspectiva integral, que incluya riesgos, emociones y valores.

El impacto de la pornografía y la distorsión de la realidad

El estudio también aborda los efectos del consumo de pornografía en edades tempranas. Se destaca un consenso sobre sus consecuencias negativas, como la distorsión de las relaciones, la normalización de la violencia o la creación de expectativas irreales. Alejandro Villena, investigador de UNIR, afirma que “los menores apuestan por un enfoque educativo no moralizante que fomente el pensamiento crítico, ya que reconocen que ese contenido no refleja vínculos reales”.

Las preocupaciones varían según el colectivo: los progenitores temen la hipersexualización, mientras que los docentes se centran en la brecha de género y la normalización del machismo en estos contenidos. No obstante, todos coinciden en que la educación preventiva debe iniciarse en Primaria para adelantarse a la exposición digital a la que están sometidos los niños.

Gestión emocional de la sexualidad: el gran vacío formativo

Uno de los hallazgos más relevantes es la falta de formación en gestión emocional vinculada a la sexualidad. Aunque los adolescentes reconocen la relación entre emociones y sexualidad, pocos comprenden su dimensión real. “El enfoque dominante sigue siendo biomédico, centrado en infecciones y anticoncepción, dejando fuera aspectos emocionales y comunicativos”, señala Mestre-Bach.

Las familias, por su parte, declaran no tener recursos pedagógicos suficientes para abordar estas conversaciones. Esto se traduce en un vacío formativo que deja a los adolescentes sin referentes sólidos para construir relaciones afectivas sanas y equilibradas. Tanto docentes como padres expresaron el deseo de recibir más orientación y materiales educativos específicos.

Formación en centros educativos y colaboración familiar

Los centros escolares se mantienen como el principal espacio para trabajar la educación sexual, aunque su presencia es irregular y, en muchos casos, insuficiente. Los jóvenes de entre 12 y 15 años valoran positivamente esta enseñanza; sin embargo, los mayores de 16 la califican de repetitiva. Para Villena, “esto evidencia la necesidad de que la educación sexual evolucione en contenido y profundidad al ritmo del alumnado”.

El profesorado, además, demanda formación especializada. El estudio recoge que la mitad de los docentes considera que su preparación en esta materia es escasa o desactualizada. En este sentido, la creación de programas formativos específicos y materiales adaptados podría representar un avance sustancial.

Por último, el informe hace un llamamiento a la cooperación entre la familia y la escuela. Aunque la mitad de los progenitores cree que sus hijos aprenden sobre sexualidad en internet, los menores afirman recurrir primero a sus amigos. Sin embargo, siguen considerando a la familia la fuente más fiable, pese a la incomodidad que el tema genera. Los expertos recomiendan fortalecer las “escuelas de padres” y promover una comunicación abierta y coherente entre todos los agentes educativos.

El estudio de UNIR concluye que la educación sexual debe entenderse como una responsabilidad compartida y obligatoria. Su temprana incorporación en el currículo escolar es, según los investigadores, una garantía para un desarrollo emocional y social saludable en la era digital.

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