La experiencia perdida
En las últimas décadas, muchos colegios sujetos a las cuestionables leyes educativas que nos rigen, han transformado sus espacios con la intención de mostrarse modernos, innovadores e incluso, atractivos. Sí, atractivos. Y sí, centros públicos. Esto se resume en aulas temáticas con mobiliario de diseño, zonas “instagrameables” como prioridad sobre todas las cosas, pantallas interactivas en cada pared forman parte de una nueva estética escolar que proyecta “dinamismo y actualización”. Sin embargo, en medio de este lavado de cara, hay una ausencia que pasa más desapercibida: la de los laboratorios científicos. Sí, aquellos que durante anteriores leyes educativas tenían un recinto propio dentro de cada centro, e incluso protagonismo en una asignatura tan relevante como las Ciencias, cuando esta era un referente para un concepto de aprendizaje significativo que todavía no era moda retórica.
Mientras se invierte en espacios que aportan imagen y marketing institucional, los lugares destinados a la experimentación —esenciales para comprender la ciencia desde la práctica, sobre todo ahora, que se nos llena la boca con todo lo relacionado con lo STEM— han ido desapareciendo progresivamente o quedando obsoletos en muchos centros educativos, desechando sus materiales como si se tratase de algo ofensivo o punible. Esta suerte de paradoja invita a preguntarnos qué entendemos hoy por calidad educativa y qué prioridades están guiando las decisiones presupuestarias, las cuales se contradicen continuamente mientras nos marean con términos, teorías y didácticas que poco tienen que ver con la realidad y futuro laboral de los discentes.
¿Se está privilegiando lo que luce innovador por encima de lo que realmente transforma el aprendizaje? No se trata únicamente de una cuestión de infraestructura, sino de modelo educativo y de la importancia que otorgamos al pensamiento crítico, la curiosidad y la experiencia directa en la formación de los estudiantes. No es de recibo obtener dotaciones con materiales de construcción (que están muy bien) o sets de costura y menospreciar la experimentación directa en las ciencias. Este aprendizaje experimental permite que los niños construyan el conocimiento a partir de la experiencia directa, no solo de la teoría y de la explicación procedente del libro de texto. Al observar, formular hipótesis y comprobar resultados, desarrollan pensamiento crítico y aprenden a razonar.
Señores, Manolito y Felisa aprenderán mejor si construyen con sus manos lo que sus ojos han recogido con la lectura, es impepinable. Es más, mejora la comprensión y la memoria, ya que lo vivido se recuerda con mayor facilidad tal y como apuntaba John Dewey en su principio “learning by doing”. Además, dicha experimentación estimula la curiosidad natural y fortalece la motivación por aprender, yendo más allá de las propias ciencias y estimulando el aprendizaje global y transversal. En esta línea, el hecho de trabajar en equipo durante las prácticas también potencia habilidades sociales, fundamentales en una sociedad cada día más carente de ellas, y comunicativas. Manipular materiales, registrar datos y analizar las conclusiones de las experiencias favorece destrezas prácticas y la autonomía. En conjunto, este enfoque no solamente enseña contenidos científicos, sino que forma niños más reflexivos, creativos y perseverantes cuyo progreso se cimente en un aprendizaje científico veraz ( Jerome Bruner, “The Process of Education”).
¿Se está privilegiando lo que luce innovador por encima de lo que realmente transforma el aprendizaje? No se trata únicamente de una cuestión de infraestructura, sino de modelo educativo y de la importancia que otorgamos al pensamiento crítico, la curiosidad y la experiencia directa en la formación de los estudiantes
De acuerdo, no todo es tan sencillo. Partamos de la pregunta madre, ¿Por qué ha se han erradicado estos espacios? En muchos colegios, la disminución o desaparición de los laboratorios no responde a una sola causa, sino a varios factores combinados. Uno de los principales es el coste: mantener un laboratorio implica invertir en equipos, materiales, reactivos y cumplir con normas de seguridad que exigen mantenimiento constante y supervisión adecuada; vamos, un gasto para las administraciones…y estos gastos compiten con otras prioridades como infraestructura básica, tecnología, o lo que es peor, con múltiples dispendios superfluos. Mal enemigo en un contexto en el cual se mira con lupa cada euro, aunque mala decisión de futuro, dado que la educación nunca es un gasto, sino una inversión de país.
Al mismo tiempo, la digitalización ha cambiado la manera de enseñar ciencias. Sí, las pantallas; las dichosas pantallas.Hoy en día existen simuladores virtuales, plataformas interactivas y recursos audiovisuales que permiten realizar prácticas de forma digital. Con todo, jamás podrán reemplazar completamente la experiencia directa. Por ejemplo, el convencional análisis de egagrópilas, jamás se podrá vivenciar en una pantalla o con una simulación. Jamás.
También influyen las normativas de seguridad, que se han vuelto más estrictas con el manejo de sustancias químicas y equipos especializados, lo que aumenta la responsabilidad legal de los colegios e instituciones. Además, en ciertos sistemas educativos se ha reducido el énfasis en la experimentación práctica, priorizando contenidos teóricos orientados a exámenes estandarizados o al desarrollo de competencias digitales. Por último, no todos los centros cuentan con profesores capacitados, o que quieran estarlo, porque claro, entiéndanme, quizá podría ser visto de “carcas”. .
Como conclusión, sí, se puede entender su progresiva erradicación debido a los puntos aquí expuestos. Empero, también resulta incomprensible que un elemento con tan alto valor educativo haya sido abandonado en detrimento de otras dotaciones mucho menos útiles y de simple valor estético o de moda. Quizá se trata de una demanda social, no lo sabemos, pero es un error caer en las modas si hablamos de algo tan serio como un sistema educativo, el cual debe permanecer sólido y bien construido sobre conocimientos atemporales que se lleven a cabo de la forma lo más manipulativa posible. Esta última alusión resulta muy relevante, porque en una sociedad dominada por pantallas y rutinas demasiado aceleradas, el aprendizaje manipulativo que nos podrían brindar las ciencias se vuelve esencial: permite que los niños exploren, experimenten y comprendan el mundo con sus propios sentidos y relaciones. De esta forma se fomenta la curiosidad, el pensamiento crítico y el diálogo, compensando la falta de interacción directa con los padres y el entorno. Más que nunca, tocar, observar y, en definitiva, construir conocimiento, se convierte en la base para un aprendizaje significativo y duradero que huya de las tendencias y haga posibles futuras sociedades dotadas de pensamiento crítico capaces de analizar su entorno y tomar decisiones correctas.
Basilio Freán Bernedo, maestro de Primaria e Inglés.
