La salud mental entra en clase: claves para entender los trastornos más comunes

La cuarta entrega del Vademécum de salud mental y bienestar emocional en la escuela aborda, de la página 77 a la 90, los problemas psicológicos más recurrentes entre el alumnado y ofrece pautas claras para la detección y la intervención educativa.
MagisterioLunes, 16 de febrero de 2026
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Casi la mitad de los adolescentes manifiestan haber tenido o creen haber tenido un problema de salud mental en el último año. Sin embargo, más de la mitad no pide ayuda, ya sea por desconocimiento, vergüenza o por no considerar que su malestar sea lo suficientemente grave.

El Vademécum identifica como problemas más recurrentes la ansiedad, la depresión, los trastornos del comportamiento, el malestar psicosomático y los trastornos de la conducta alimentaria. A ellos se suman fenómenos emergentes como las autolesiones y la ideación suicida.

Muchos alumnos no saben poner nombre a lo que sienten, advierte la obra. El resultado es un sufrimiento silenciado que a menudo se expresa en forma de irritabilidad, aislamiento o bajo rendimiento académico.

Cuando la ansiedad agarrota al alumno

La ansiedad, recuerdan los autores, no es en sí misma un trastorno, sino una emoción necesaria para la adaptación. El problema surge cuando se vuelve desproporcionada, persistente e incapacitante.

En el aula puede manifestarse en cinco dimensiones:

  • Cognitiva: preocupación excesiva, rumiación, dificultad para concentrarse.
  • Emocional: nerviosismo, miedo a perder el control, irritabilidad.
  • Fisiológica: palpitaciones, hiperventilación, dolores somáticos.
  • Conductual: evitación, aislamiento, necesidad de control.
  • Académica: descenso del rendimiento y bloqueo ante exámenes.

El docente puede detectar señales como el perfeccionismo extremo, el miedo paralizante al error o la evitación sistemática de determinadas actividades. La intervención pasa por la contención, la normalización del síntoma y la coordinación con la familia y los servicios especializados.

La depresión encubierta: cuando el malestar no se ve

Uno de los capítulos más reveladores es el dedicado a la depresión encubierta. Lejos de la imagen clásica de tristeza permanente, en niños y adolescentes puede manifestarse como agresividad, apatía, desmotivación o alteraciones del sueño y la alimentación.

No siempre el alumno deprimido llora; a veces estalla, señala el texto. El declive motivacional, el aislamiento progresivo o la irritabilidad persistente deben activar la alerta.

El riesgo de no detectar esta forma enmascarada de depresión es alto, ya que puede cronificarse y derivar en ideación autolítica si no se aborda a tiempo.

El trastorno de pánico en la infancia y adolescencia

El trastorno de pánico se caracteriza por crisis súbitas de ansiedad intensa acompañadas de síntomas físicos como sensación de ahogo, mareo, temblores o miedo a morir.

En adolescentes, estas crisis pueden confundirse con problemas médicos, lo que retrasa su identificación. El Vademécum insiste en la importancia de la evaluación especializada y en la coordinación entre familia, centro y profesionales de salud mental.

En el aula, el apoyo pasa por ofrecer un entorno predecible, permitir pausas breves si el alumno lo necesita y evitar la estigmatización.

Graves problemas de alimentación

La adolescencia es una etapa crítica para el desarrollo de trastornos como la anorexia nerviosa y la bulimia. La presión social, el perfeccionismo y la búsqueda de control aparecen como factores de riesgo.

En la anorexia destacan tres rasgos psicológicos: el empeño obstinado en mantenerse delgado, la distorsión de la imagen corporal y un doloroso sentimiento de ineficacia.

El docente debe estar atento a cambios bruscos de peso, obsesión con la imagen corporal, evitación de comidas escolares o descenso del rendimiento asociado a la falta de energía.

La intervención requiere coordinación con la familia y derivación urgente cuando exista riesgo físico.

Las autolesiones: una señal de alarma

Las autolesiones, especialmente los cortes en la piel, se han convertido en una problemática creciente entre los 12 y 15 años. Más del 10% de los adolescentes reconoce haberse autolesionado al menos una vez.

El Vademécum es claro: no son llamadas de atención, sino gritos de ayuda. Las autolesiones suelen cumplir una función de regulación emocional ante un dolor psíquico que el adolescente no sabe gestionar.

Señales como el uso de manga larga en verano, la evitación del vestuario o cambios bruscos de humor deben ser tomadas en serio. La respuesta debe ser empática, sin juicio, y siempre acompañada de derivación profesional.

Cuando existe riesgo de daño a sí mismo o a otros

Ante la sospecha de ideación suicida o de daño hacia terceros, el documento ofrece una hoja de ruta clara:

  • Escuchar activamente y sin juzgar.
  • No minimizar el malestar.
  • No prometer confidencialidad absoluta.
  • Informar al equipo directivo y activar el protocolo.
  • No dejar solo al alumno si el riesgo es alto.

Entre su confianza y su vida, nos quedamos con su vida, recuerda el texto, subrayando la obligación ética y legal de proteger al menor.

¿Deben los docentes conocer los psicofármacos?

Una cuestión especialmente delicada es la relacionada con los tratamientos psicofarmacológicos. El Vademécum sostiene que el profesorado no prescribe, pero sí observa.

Conocer si un alumno está medicado —especialmente en casos de TDAH, donde el metilfenidato es frecuente— permite al docente detectar efectos secundarios como irritabilidad, somnolencia, pérdida de apetito o cambios en la concentración.

La comunicación fluida con la familia resulta clave para ajustar expectativas y colaborar con el profesional sanitario.

El texto insiste en que el profesorado no necesita formación clínica avanzada, pero sí un conocimiento suficiente para interpretar cambios conductuales y emocionales.

Para ello propone herramientas prácticas como fichas de observación, registro sistemático de conductas y coordinación multidisciplinar.

La escuela como espacio protector

Este bloque del Vademécum no pretende convertir al docente en terapeuta, sino ofrecerle criterios para comprender lo que ocurre en el aula. Detectar, acompañar y derivar se convierte en el tríptico esencial de la actuación educativa.

En definitiva, estas páginas recuerdan que la salud mental no es un asunto privado que deba quedar fuera de la escuela. Es una realidad cotidiana que atraviesa pupitres, pasillos y recreos. Y ante ella, el profesorado necesita herramientas, apoyo institucional y una mirada humanizadora que permita transformar la dificultad en oportunidad de cuidado.

Porque, como late en cada capítulo, enseñar es también acompañar.

La próxima semana se publicará la quinta entrega del Vademécum, que estará dedicada en profundidad al suicidio, las autolesiones y el duelo en el ámbito escolar, ofreciendo recursos esenciales para acompañar al alumnado en estos procesos tan complejos y delicados.

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