¿Los peces van al cielo?

Lunes, 23 de febrero de 2026
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© Lenin Estrada

A María le gustaba el mar. Había aprendido a nadar cuando era muy pequeña y, a pesar de su corta edad, ya le permitían bañarse sin los incómodos manguitos que tanto le apretaban.

Su padre solía bromear diciendo que cualquier día le iban a salir escamas y se iba a convertir en pez, pues se pasaba el día en el agua, ya fuese en el mar o en la piscina, o incluso en la bañera, donde se quedaba largo tiempo, hasta que su madre la sacaba enfadada. Su hermana Lola la pinchaba llamándola Garbancito, porque la piel se le arrugaba haciéndose semejante a esa legumbre que María tanto aborrecía.

Cuando flotaba en el mar, si cerraba los ojos y se concentraba, podía escuchar el constante murmullo de las olas que rompían en la orilla al tiempo que la suave brisa acariciaba su piel.

Inspiró el aroma del océano, impregnado de salitre, y suspiró con tristeza al pensar en que al día siguiente volverían a Madrid. Y aunque para despedirse su madre le había permitido un último baño en el mar para después de la cena, María le daba vueltas a lo mucho que le iba a costar decir adiós a aquel pequeño pueblo de Cantabria. Además, le dolía tener que decirle adiós a su abuela Isabel, una mujer con una vitalidad insólita para su edad, afable y risueña, que vivía allí durante todo el año y a la que no volvería a ver hasta Navidad.

Llegó la noche. La niña flotaba sola y en silencio, ya que ninguno de sus hermanos ni de sus primos se había atrevido a internarse en las aguas oscuras con la luna llena como único foco.

—Abu, ¿los peces van al cielo? –preguntó de pronto, al sentir la presencia de su abuela.

Llevaba unos días dándole vueltas a ese asunto y consideró que si había alguien capaz de resolverle la duda, era Isabel.

—Ay, Mariona, qué preguntas haces. —Hizo una pausa para reflexionar—. La verdad es que no lo sé.

A la abuela le caracterizaba su sinceridad y franqueza, así que María se quedó satisfecha con aquella respuesta.

—¿Tienen alma?

No iba a rendirse hasta saciar su curiosidad, aunque su abuela no pudiera resolver sus incógnitas.

—Pues tampoco lo sé, querida. Nunca he hablado con ellos. Cuando lo haga, ten por seguro que serás la primera en saberlo.

A la nieta le entró la risa floja.

—Pero, abuela… ¡Si los peces no hablan! –tuvo que taparse la boca para no tragar agua.

—¡Claro que sí! Tu abuelo se pasaba horas charlando con ellos, pero yo nunca he llegado a entender el idioma del mar.

Pasó un rato en el que las dos permanecieron calladas, pero no fue incómodo; más bien, era normal que cada cual estuviera absorta en su mundo. Por eso, cuando Isabel volvió a hablar, María se sobresaltó.

—¿Te gustaría poder comunicarte con las pequeñas criaturas marinas?

Su nieta asintió mientras jugaba con un alga que la marea había arrastrado hasta ellas.

—Guardo un secreto que nunca le he contado a nadie. Ni siquiera a tu querido abuelo —bajó el tono, adoptando un aire misterioso y acercándose más a la pequeña—. ¡Poseo poderes mágicos!

Sus ojos risueños brillaban. María pensó que parecían dos estrellas.

—¿Poderes?… ¿Cómo la Sirenita?

—No, hija. No me parezco en absoluto a ella. Esa chiquilla canta como los ángeles, y tú sabes que mi voz suena como la de una gaviota ­–. María estaba segura de que su abuela se equivocaba: su voz era grave, pero cálida y tierna.— Eso sí, la Sirenita tenía un amigo cangrejo y yo soy amiga de las medusas —hizo una pausa—. Lo que oyes: soy amiga de las medusas.

La pequeña escuchaba fascinada mientras Isabel le contaba su relación con esas criaturas tan peligrosas.

—No tengas miedo de ellas, porque un día tendrás mi poder. A mí jamás, en mis setenta y cinco años, me ha picado una medusa, porque soy su guardiana. Y cuando yo no esté, ocuparás mi lugar.

A María no le quedó muy claro qué significaba eso de «cuando yo no esté». ¿Acaso su abuela iba a mudarse de casa? Le parecía impensable estar en la playa sin su compañía, por lo que de golpe desechó esos pensamientos.

Salieron del mar tomadas de la mano. La madre de la pequeña las esperaba junto a las toallas que habían dejado en la arena. No pudo resistirse y las regañó por haber pasado tanto tiempo en el agua, alegando que se iban a coger un resfriado. Pero su hija no la escuchó. Permanecía ensimismada.

Cuando llegaron a la casa de Isabel, volvió la cabeza y con la mirada perdida en el mar, preguntó:

—Mami, ¿podría llevarme una medusa a Madrid?

—Pero, ¿qué dice esta niña?

Isabel intentó sosegarla.

—No te preocupes; se trata de un secreto entre nosotras, que conocemos muy bien el mar.

Almudena Ros Yepes, ganadora del XXI edición de www.excelencialiteraria.com

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