Más allá de la tecnología: repensar la competencia digital en la escuela del siglo XXI

Noelia Granda
ATD de Transformación Digital
24 de febrero de 2026
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Mi mayor reto como directora de un centro educativo fue, sin duda, abordar el desarrollo de la competencia digital en una sociedad profundamente cambiante como la del siglo XXI. No se trataba únicamente de incorporar dispositivos o plataformas, sino de afrontar una transformación que afectaba a la cultura del centro, a las metodologías y a la propia concepción del aprendizaje.

De esa experiencia surge este post: una reflexión que parte de una convicción clara —la competencia digital no puede reducirse a la digitalización— y que invita a repensar el verdadero alcance de este concepto en el contexto educativo actual.

Quizá el primer paso del reto consista en distinguir términos que, aunque frecuentemente utilizamos como sinónimos, no significan lo mismo. Digitalización y competencia digital no son las dos caras de una misma moneda, aunque en determinados discursos institucionales puedan presentarse como tales.

Cuando hablamos de digitalización, nos referimos al contexto estructural: la infraestructura tecnológica, la conectividad, la dotación de dispositivos, las plataformas institucionales, los planes digitales de centro y la formación técnica asociada a su uso. La digitalización implica inversión, equipamiento y organización.

En los últimos años, la inversión en digitalización educativa ha sido especialmente significativa. Se han distribuido dispositivos en los centros educativos —pizarras digitales, portátiles, tabletas—, se han implantado entornos virtuales de aprendizaje, diseñado planes digitales y promovido formaciones aceleradas para el profesorado. Sin embargo, en muchos casos el esfuerzo se ha centrado prioritariamente en el acceso y la implementación tecnológica.

Entre las dimensiones esenciales de la competencia digital destaca el pensamiento crítico. No se trata únicamente de acceder a información, sino de interpretarla, analizarla, contrastarla y valorarla desde criterios fundamentados

La cuestión que emerge, tanto desde la experiencia de gestión como desde la reflexión pedagógica, es clara: ¿ha supuesto esta inversión un auténtico desarrollo de la competencia digital docente y del alumnado?

La respuesta no es necesariamente si. Porque la competencia digital no se limita al conocimiento instrumental de herramientas. No basta con saber. Tampoco basta con saber utilizar técnicamente un recurso. La competencia implica saber hacer, pero también saber por qué se hace y demostrar que se hace con sentido pedagógico. Supone trasladar el conocimiento teórico a una práctica fundamentada, reflexiva y evaluable.

Entre las dimensiones esenciales de la competencia digital destaca el pensamiento crítico. No se trata únicamente de acceder a información, sino de interpretarla, analizarla, contrastarla y valorarla desde criterios fundamentados. Pensar críticamente en entornos digitales implica cuestionar la veracidad de los contenidos, reconocer sesgos algorítmicos, comprender la intencionalidad comunicativa y desarrollar una actitud reflexiva ante la sobreinformación de nuestra era.

Asimismo, no puede considerarse competente digitalmente quien no posee una base sólida en alfabetización mediática. La capacidad para seleccionar fuentes fiables, contrastar informaciones y reconocer discursos manipuladores constituye un requisito imprescindible para la construcción de una ciudadanía digital responsable.

La competencia digital implica también el uso ético y seguro de los entornos tecnológicos, la protección de datos personales, el respeto a la propiedad intelectual y la promoción de comportamientos responsables en la red. Del mismo modo, exige el diseño de experiencias de aprendizaje mediadas por tecnología con intencionalidad didáctica clara, así como el uso de herramientas digitales al servicio de una evaluación formativa y significativa.

En definitiva, la competencia digital supone una transformación pedagógica, no solo tecnológica. Cuando confundimos digitalización con competencia digital, corremos el riesgo de caer en la creencia de que la mera presencia de dispositivos resolverá problemas estructurales de aprendizaje, motivación o equidad. Pero ningún dispositivo sustituye a la reflexión didáctica. Ninguna plataforma garantiza innovación por sí misma.

La digitalización es condición necesaria; la competencia digital es construcción profesional. La primera puede adquirirse mediante inversión económica; la segunda requiere inversión pedagógica. La primera transforma espacios; la segunda transforma prácticas. La primera instala dispositivos; la segunda construye criterio profesional.

En la escuela del siglo XXI no basta con incorporar tecnología. Es necesario dotarla de sentido educativo, ética y pensamiento crítico. Solo entonces podremos hablar, con rigor, de una verdadera competencia digital capaz de responder a los desafíos de nuestra sociedad contemporánea.

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