Nacho Tornel: "La mediación familiar no debe anestesiar el divorcio, sino restaurar vínculos"
Nacho Tornel lleva 20 años escuchando a parejas en plena crisis. «¿Qué tal te va?», Le pregunto. Me dice que bien y le bromeo: «Pues eso quiere decir que las cosas van mal. Que todo el mundo quiere separarse…» Él le da la vuelta y me da una lección de esperanza: «No, eso quiere decir que cada vez hay más gente que quiere arreglar su matrimonio». Acaba de publicar en Eunsa Mediación familiar restauradora, todo un tratado de casi 400 páginas que da nombre su modelo de mediación familiar: «Me gustaría crear escuela».
P. Nacho, lo primero que te quería preguntar: ¿una crisis de pareja puede ser una oportunidad de crecimiento o siempre supone el principio del fin?
R. En absoluto. Nadie desea una crisis, pero negarle su valor sería ingenuo. Como en la ciencia, el avance llega de los errores y las contradicciones. En mi experiencia, las crisis pueden ser un momento de ajuste, aprendizaje y madurez. A veces se trata de adaptarse a una nueva etapa: un hijo, un padre enfermo, una crisis laboral. El sufrimiento puede ser un detonante de crecimiento para la pareja.
P. ¿Cuáles dirías que son los momentos en los que las parejas son más vulnerables?
R. Sin duda, la llegada de los hijos. Para los que somos padres, es un tiempo de enorme exigencia y desgaste. Se tiende a centrar toda la atención en los niños con la idea de que luego “ya habrá tiempo para nosotros”. Pero muchas parejas no llegan a ese futuro porque se han descompuesto por el camino. Los primeros años de crianza son un tramo crítico donde hay que cuidar mucho el vínculo conyugal.
P. ¿Y más adelante? ¿Hay nuevas crisis de pareja?
R. Sí. Cuando los hijos se hacen más autónomos y los padres rondan los cincuenta, aparecen los llamados “divorcios grises”. El 32 % de las rupturas en España se da en parejas con más de veinte años de relación. Muchas personas, al quedarse con el nido vacío, se miran y piensan: “no quiero pasar los próximos 30 años con alguien tan lejano”.
P. Hablemos de terapia. En tu libro defiendes la importancia de las emociones. ¿Por qué?
R. Porque vivimos en una época de emotividad total. Las emociones impregnan todo, también el matrimonio. No basta con “cumplir deberes”. Hay que cuidar el vínculo afectivo. La llamada terapia centrada en las emociones parte de la interdependencia: somos felices en la medida en que aprendemos a depender del otro con libertad y generosidad, y eso no es negativo. Frente al individualismo actual, la pareja es un espacio de conexión.
P. ¿Y cómo evitar los extremos del emotivismo o el sentido del deber rígido?
R. Exactamente ahí está el equilibrio. Ni dejarse arrastrar por las emociones ni vivir de “porque toca”. No se trata de prohibir la separación, sino de promover matrimonios conscientes. No todo vale, pero tampoco todo está perdido.
P. ¿Cuál es el error más común al intentar salvar una relación?
R. La desesperanza. Es el mayor enemigo. Cuando se cree que nada puede cambiar, se cae en un pozo sin salida. En la sociedad actual se repite el mensaje “hay más vida, busca tu felicidad”, pero esa aparente libertad puede ser una trampa si renunciamos a reconstruir lo que duele. El otro error frecuente es minimizar los problemas: pensar que “el tiempo lo cura todo”. Sobre todo los hombres tienden a restarle importancia al conflicto.
P. En tu investigación doctoral analizas el impacto de las rupturas en la salud y en la familia. ¿Qué hallaste?
R. Que el impacto es enorme. Las separaciones afectan la salud física y mental de adultos y niños: aumentan la ansiedad, los trastornos psicosomáticos, la depresión y el consumo de alcohol o drogas. También el rendimiento escolar y la estabilidad emocional se resienten claramente en los hijos de padres separados. Los datos están documentadísimos, aunque en España apenas se estudie.
P. ¿Coincides con quienes dicen que la ruptura no siempre resuelve los conflictos?
R. Sí, lo corroboran los estudios longitudinales. Años después de la ruptura, los niveles de ansiedad o inestabilidad personal siguen siendo mayores. No se trata de condenar a nadie, pero sí de ser conscientes del coste real de la separación.
P. ¿Y en los adultos?
R. El divorcio impacta más allá de lo emocional. Deteriora la salud física y el bienestar económico. Se ha comprobado que las personas casadas disfrutan de mejor salud y mayor estabilidad económica que los divorciados. Y las mujeres son las más perjudicadas económicamente tras una ruptura, aunque el sufrimiento emocional afecta a ambos.
P. Pasemos a la mediación. ¿Cuál es la diferencia entre mediador, conciliador o árbitro?
R. El mediador no dicta lo que debe hacerse. Acompaña a las partes para que sean ellas las que encuentren sus propias soluciones. Frente al conciliador, que propone acuerdos, o el árbitro, que impone una decisión, el mediador facilita la escucha, el diálogo y la responsabilidad de ambos.
P. ¿Puede el mediador ser neutral?
R. Imparcial sí, neutral del todo no. El mediador tiene presencia, empatía y valores humanos que se transmiten, aunque no imponga juicios. Lo esencial es mantener la imparcialidad y no tomar partido por ninguna de las dos partes.
P. ¿Y cómo entender la “mediación restauradora”?
R. La mediación familiar restauradora amplía el horizonte. No se limita a tramitar divorcios pacíficos, sino que busca restaurar vínculos. Muchos acuden buscando salvar su matrimonio. Otros ya decididos a separarse pueden hacerlo cuidando su comunicación y respeto mutuo. Pero la mediación restauradora propone un enfoque de esperanza: “si hay conflicto, aún podemos sanar”.
P. ¿Cómo se estructura tu modelo de trabajo?
R. Se organiza en cinco fases. La primera es la acogida, donde el mediador genera confianza y escucha. Luego vienen las sesiones individuales, para abordar aspectos personales. Después se da paso a las sesiones cruzadas, centradas en la parentalidad y la comunicación. Tras ello, una fase de ITV, reuniones periódicas para consolidar avances, y finalmente el alta, cuando la pareja ha recuperado el equilibrio.
P. Hablas también de los “círculos concéntricos” de la vida en pareja. ¿Qué son?
R. Son los ámbitos que influyen en el matrimonio: los hijos, la familia de origen, el trabajo y el ocio. En casi todos los casos, los hijos son el desafío principal porque reclaman tiempo, energía y adaptación.
P. Concedes mucha importancia al perdón. ¿Es posible perdonar de verdad?
R. Sí, y lo veo cada semana en el despacho. El perdón es una decisión libre, una grandeza humana. Perdonar no significa olvidar, sino optar por reconstruir sobre el dolor. A veces parece un milagro, pero ocurre. Y cuando sucede, transforma a quien perdona y a quien es perdonado.
P. ¿Tener una visión espiritual de la vida ayuda en ese proceso?
R. Sin duda. Aunque la mediación no impone creencias, cuando una pareja tiene una dimensión espiritual, esa base facilita la reconciliación. El perdón, la generosidad o la entrega son valores profundamente humanos, pero la fe puede darles una fuerza extraordinaria.
P. Para terminar, ¿es cierto que hay meses con más rupturas?
R. Sí. Septiembre y enero concentran más separaciones. Pero no por el mes en sí, sino por la convivencia intensiva del verano o de las fiestas, que cataliza crisis ya latentes. Las rupturas no nacen en agosto, solo florecen entonces.
