Antes de cumplir los diez años, muchos niños en España ya viven conectados. Un 42% accede a internet antes de los ocho y casi siete de cada diez menores de 15 años tienen su propio smartphone. A los doce, más de dos tercios navegan a diario y, a los quince, el 96% está permanentemente en línea. El resultado es una infancia hiperconectada, con más del 80% de los menores pasando al menos una hora diaria frente a pantallas y casi un 20% superando las cinco horas los fines de semana, un uso que está haciendo estragos: el 53,3% de los menores siente estrés o ansiedad cuando se le limita el teléfono móvil.
Este escenario explica el anuncio del Gobierno de España de prohibir el acceso a redes sociales para menores de 16 años empujados por la presunta incapacidad de los jóvenes de desenvolverse en entornos digitales diseñados para adultos. La iniciativa, aún pendiente de desarrollo normativo, se suma a una tendencia internacional que busca frenar la exposición temprana a plataformas basadas en la hiperconectividad, la validación constante y el consumo ilimitado de contenidos.
Familias y docentes constatan que el uso intensivo de redes sociales no es neutro en el desarrollo infantil. “Las cifras confirman algo que vemos cada día: los menores acceden demasiado pronto a entornos para los que no están emocionalmente preparados. No se trata solo de cuánto tiempo pasan conectados, sino de cómo y para qué usan la tecnología”, señala Jorge Álvarez, CEO de SaveFamily.
Impacto académico negativo en un 38% de los niños
Los efectos empiezan a reflejarse en la salud emocional y en el ámbito educativo. Más del 80% de los menores pasa al menos una hora diaria frente a pantallas entre semana, y casi uno de cada cinco supera las cinco horas los fines de semana. Esta hiperconexión se traduce en dificultades de concentración, irritabilidad y una baja tolerancia a la frustración. En el entorno escolar, casi el 38% de las familias advierte de un impacto negativo en el rendimiento académico asociado al uso de móviles y redes sociales.
“Cuando el móvil y las redes sociales entran en juego, la atención se fragmenta y el aprendizaje se resiente. El problema no es la tecnología en sí, sino la falta de límites claros, escasa educación digital, y de una introducción progresiva acorde a la edad”, explica Álvarez.
Ante esta realidad, varias comunidades autónomas han optado por restringir el uso de smartphones en los centros educativos, mientras otros países han ido más lejos. Australia, por ejemplo, ha aprobado una ley que prohíbe el acceso a determinadas redes sociales a menores de 16 años. Francia e Italia han endurecido las limitaciones en el ámbito escolar llegando a prohibir su uso en el caso galo y Reino Unido ha recomendado oficialmente restringir los móviles durante la jornada lectiva. El denominador común es la necesidad de proteger a los menores en una etapa clave de su desarrollo. Sin embargo, los expertos advierten de que las prohibiciones no son una solución completa: es necesario ofrecer alternativas.
Los expertos en psicología infantil coinciden en que retrasar el acceso al smartphone aporta beneficios emocionales y sociales. Menos notificaciones favorecen la concentración, la socialización “cara a cara” y la autonomía real. Además, ayudan a evitar que el móvil se convierta en un regulador emocional: según el Observatorio de Hábitos Digitales en Menores de SaveFamily, el 53,3% de los menores reconoce sentir ansiedad o estrés cuando se les limita el teléfono, una señal de dependencia que preocupa a los especialistas.
La conclusión de los psicólogos es clara: el acceso temprano y sin límites a las redes sociales plantea riesgos reales para el bienestar infantil; por lo que además de regular es necesario educar. Los expertos recomiendan la gradualidad y el uso de tecnologías adaptadas a cada etapa dándoles herramientas y criterio para que, cuando llegue el momento, puedan usar la tecnología sin que esta les use a ellos.
Demanda de smartwatches infantiles
Debido a esto, muchas familias están encontrando soluciones prácticas. La demanda de relojes inteligentes infantiles ha crecido un 40% en los últimos años, impulsada por padres que buscan retrasar la entrega del smartphone sin renunciar a la comunicación y la seguridad. Estos dispositivos permiten llamadas controladas, geolocalización y funciones de emergencia, pero limitan el acceso a redes sociales y a internet sin supervisión. Además, algunos nuevos modelos también ejercen una función educativa al integrar tecnologías como una IA infantil para potenciar la enseñanza, y un “modo clase” para evitar distracciones cuando los menores estén estudiando o en el colegio.
“Los relojes inteligentes permiten una inmersión digital escalonada. El menor se familiariza con la tecnología sin ‘desconectarse’ del mundo, pero dentro de un entorno acotado y educativo, sin la presión constante de las redes sociales. La clave está en acompañar, no en sustituir la educación por una pantalla”, explica Álvarez.