Del Raval a la FP: cuando el apoyo educativo abre un futuro lleno de oportunidades
Facundo Alexander García, usuario del programa CaixaProinfancia de la Fundación ”la Caixa” a través de la Fundación de la Esperanza. © Fundación ”la Caixa”
Facundo Alexander García tiene 19 años, vive en el Raval (Barcelona) y cursa un grado medio de Hostelería. Lo cuenta con la mezcla de timidez y determinación de quien ha tenido que abrirse paso con menos herramientas que otros: «Vengo de Perú» y en su etapa escolar arrastró dificultades que no siempre se entienden a tiempo.
En su caso, el obstáculo tenía nombre: «la dislexia». «Me costaba mucho el tema de escribir, el tema de leer», relata. La diferencia, explica, llegó cuando empezó a recibir acompañamiento continuado: «Con ayuda de aquí me fui forzando más».
Al cruzar la puerta de la Fundación de la Esperanza —en el barrio Gótico— se repite una escena que vale más que cualquier eslogan. Saludos, bromas, confianza. Para muchos jóvenes, el recurso no es solo una mesa y una libreta: es pertenencia, rutina y expectativas.
La tarde de Facundo tiene un guion sencillo, pero decisivo. «Primero meriendo, me río con mis compañeros» y, después, llegan «un par de actividades» antes de que empiecen los deberes. «A partir ya de las cinco y media comienzan los deberes con los voluntarios», explica, subrayando el papel de quienes sostienen el aula cuando el cansancio aprieta.
Lo que él destaca no es menor: «Me ha gustado tener un espacio cómodo donde yo me puedo concentrar más en mis estudios». Para quien no dispone de condiciones adecuadas en casa, ese detalle puede ser la frontera entre continuar o rendirse.
Gabriela Macchi, educadora de la Fundación de la Esperanza, lo resume desde la experiencia diaria: «Muchos no disponen de un ambiente adecuado para estudiar en casa» y, en ocasiones, las familias tampoco pueden ofrecer el acompañamiento que el sistema exige. En la entidad, en cambio, encuentran apoyo, orden y una figura adulta que guía.

Macchi insiste en que el trabajo no se limita a “sacar los deberes”: «Las familias llegan con necesidades de soporte, tanto en la parte académica como en la social». También buscan «un espacio seguro» para que sus hijos se relacionen, generen vínculos y aprendan a convivir.
Esa función de refugio cobra sentido en contextos marcados por desigualdades estructurales: precariedad económica, barreras idiomáticas o desconocimiento del sistema educativo. De hecho, la educadora apunta que muchas familias a las que atienden «suelen estar además limitadas por no hablar el idioma o por el desconocimiento del entorno y del sistema educativo».
El acompañamiento, por tanto, actúa como traductor del sistema: ordena, orienta y sostiene. Una lógica que conecta con otras experiencias de impulso socioeducativo recogidas también en Magisterio, como Fundación Exit: alianzas para impulsar el éxito escolar y el empleo juvenil.
En España, el 25% del alumnado de 6 a 18 años recibe clases particulares fuera del sistema educativo formal, según el estudio «La educación en la sombra en la península ibérica» del Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa”. En familias con menos recursos, esa necesidad no solo es un problema educativo: se convierte en una presión financiera que agranda la distancia.
En este contexto, programas como CaixaProinfancia plantean una alternativa cuando pagar refuerzo no es una opción. En 2025, el programa atendió a más de 67.000 niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad en toda España, con refuerzo educativo, apoyo emocional, ocio y orientación profesional. Entre los menores atendidos, el 84,7% logró terminar y graduarse en la ESO y el abandono escolar se situó en torno al 3,54%, muy por debajo del promedio en entornos vulnerables.
Además, el trabajo en red —con institutos, escuelas y servicios sociales— amplía el alcance. «Esto nos ayuda a mover otros recursos si vemos que alguien necesita apoyo adicional», señala Macchi, describiendo una intervención que intenta ser integral, no puntual.
Facundo no habla de milagros, sino de método y constancia. Cuando llegó, recuerda Macchi, le ayudaron a organizarse, a gestionar sus estudios y a pensar qué quería hacer «el día de mañana». Esa pregunta, en determinados contextos, es ya una conquista.
Hoy, él lo expresa con claridad: «Ahora me motivo en terminar mi carrera de hostelería». La eligió porque se reconoce en un aprendizaje tangible: «Era más práctico, más dinámico con las manos», dice, enumerando tareas que ya imagina propias: «cargar una bandeja», «servir los platos» y «hablar con los clientes».
No es solo una preferencia; es una manera de recuperar seguridad tras años de dificultad lectora y escritora. «En un futuro me veo trabajar en esto y ser parte del mundo de la hostelería», afirma, y añade un detalle que revela también conciencia del mercado laboral: «Hay pocos camareros hoy en día».
En el aula no están solo los educadores. Raquel Lalueza, voluntaria, acompaña el refuerzo y actividades de ocio y deporte. Su mirada rompe prejuicios: «Estos chicos tienen un comportamiento ejemplar: son educados, respetuosos, muy participativos y empáticos».
Para ella, el voluntariado también es aprendizaje cívico. «Creo que como ciudadanos tenemos la obligación de ayudar a las personas de la sociedad que no tienen una situación tan favorable para promover la igualdad de oportunidades», reflexiona.

La crónica de Facundo termina donde empezó: en lo cotidiano. Un saludo al entrar, una merienda compartida, un adulto que acompaña, un voluntario que explica. Pequeñas certezas que, sostenidas en el tiempo, pueden convertirse en un futuro posible.
