España, un país de contrastes
España es un país de contrastes. Puede generar orgullo y frustración a un mismo tiempo, incluso en sus tradiciones, concepto que a algunos les agrada y a otros les molesta. España es una nación que intenta mirar al futuro y, al mismo tiempo, sigue anclada en su pasado. Cuenta con una gran historia, con una envidiable cultura, de las cuales algunas veces nos avergonzamos. No obstante, los españoles no terminamos de ser conscientes de todo lo que nos une: bastaría realizar un viaje por nuestro pasado para admirar el papel tan importante que hemos jugado en la configuración del mundo contemporáneo. No es una tarea sencilla encontrar algún país con una historia tan rica como la nuestra, a pesar de los altibajos y los errores.
España comprende un territorio demasiado grande para aceptar su homogeneidad en paisajes, lenguas, acentos, modos de ser y tradiciones. Para ilustrar estas afirmaciones, me viene a la cabeza un recuerdo: un verano acabamos nuestra estancia familiar en Cádiz y partimos hacia Asturias, pues habíamos reservado una habitación en un hotel en Cadavéu. En un mismo día tomamos un tren a Madrid, y de allí otro a Oviedo. Era la primera vez que viajaba a aquella comunidad autónoma del norte, y me sorprendió la diferencia abismal con Cádiz. Esta es una muestra de que España en un país en el que cada provincia (incluso cada región) tiene un paisaje distinto, una forma de ser reconocible y una ciudadanía singular. Las tradiciones, además, a las que vengo haciendo mención desde el inicio de esta columna, las hemos moldeado siglo a siglo, a partir de la personalidad de nuestro pueblo.
Es una lástima que todo aquello que nos da forma se convierta en un lastre, en un objeto de enfrentamiento. Este choque continuo no es un buen atributo para nuestra nación sino, más bien, un problema que debemos evitar. No nos beneficia la polarización, que ha crecido en estos últimos años por voluntad, en mayor o menor medida, de los partidos políticos. La pelea dialéctica rompe amistades, familias e incluso poblaciones. Un país en donde su gente vive en combate, es un caldo de cultivo para los extremismos, capaces de llevarnos a la ruina.
Hemos convertido la política en el eje de nuestras tertulias y la hemos incrustado en el terreno cultural. Mientras, otros países que han tenido un terrible pasado han hecho grandes esfuerzos para fomentar la unidad y el entendimiento, lo que ha deparado muy buenos resultados de convivencia.
A la España de las últimas décadas se la reconoce por el espíritu de la Transición. Fue una época en la que hubo un esfuerzo colectivo por construir un espacio en torno a lo que nos une, y ese espíritu se está extinguiendo. Deberíamos recuperarlo, fomentar lo que tenemos en común y no aquello que nos divide.
Javier Barba, ganador de la XIX edición www.excelencialiteraria.com

