Eterna nostalgia

Lunes, 30 de marzo de 2026
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ADOBE STOCK (IA)

Luz estaba sola en la oscuridad. No recordaba cuánto tiempo llevaba allí ni dónde se encontraba, mas una intuición le susurraba una verdad que no quería aceptar. Intentó engañarse a sí misma,  convencerse de que aquello era un mal sueño, como otra de las pesadillas que a veces la atormentaban. Trató de respirar con calma para despertarse, pero al intentar inhalar se dio cuenta de que no tenía nariz, ni pulmones. Le invadió una terrible impotencia, un dolor que le exigía lágrimas que tampoco podía llorar.

No había manera de saber cuánto tiempo divagó en la oscuridad. A ella cada momento se le hacía eterno. Continuó perdida en la sombra, hasta que el espesor de las tinieblas pareció atenuarse poco a poco, como cuando los rayos del sol van atravesando las densas nubes de una tormenta. Fue así como logró apreciar que se encontraba en una habitación casi vacía, iluminada por el resplandor de la luna.

Aunque no pudiera sentirlo, sospechaba que el aire era frío y que llevaba consigo un denso olor a humedad. No entendía por qué conocía el sitio en el que estaba, aunque intuyó que allí tenía que haber vivido muchos momentos que ya no eran más que memorias perdidas. Examinó el lugar en busca de algo que le permitiera recordar su vínculo con aquel cuarto, en el que había una cama deshecha y un escritorio con una planta marchita en una maceta. Un joven estaba sentado frente a la mesa, mirando hacia la nada a través del cristal de la ventana.

Luz permaneció inmóvil, contemplando a aquel extraño, que ejercía en ella una atracción melancólica. Lentamente comenzó a acercarse a él. Observó primero su brazo izquierdo, que estaba cubierto por un delicado patrón de raíces negras que le subían hasta el hombro, en donde se abría en tinta la copa del árbol. Después dirigió la mirada hacia la espalda del sujeto, quien, a pesar de ser joven, mostraba que cargaba sobre sus hombros el peso de una vida llena de dificultades. Hasta que llegó a su costado no pudo apreciar su rostro, que le evocó un sinfín de recuerdos. Fijos en el horizonte, los ojos de aquel joven reflejaban la misma añoranza que Luz sentía desde que se encontró sumida en la oscuridad. La expresión del hombre parecía gritar en silencio. En sus rasgos proclamaba un vínculo con ella que, de pronto, supo con seguridad que aquella persona era carne de su carne, sangre de su sangre.

—¿Hijo? –le preguntó con un nudo en la voz.

El hombre se sacudió en la silla. Deseaba desde hacía mucho tiempo escuchar esa palabra de los labios de Luz.

—Hijo. Soy yo –insistió con un amor renacido.

—¿Madre? –habló el muchacho y se echó a llorar. Aquellas lágrimas le pertenecían en la misma medida a él como a ella–. ¿Mamá?

El joven se puso en pie, pero era tal la emoción que cayó de rodillas al suelo. Su madre lo envolvió en un abrazo intangible, que solo pudieron sentir en espíritu.

Luz murió al darle a luz, y por fin podía sostener en sus brazos al hijo por quien había entregado la vida. Su alma llevaba desde entonces vagando por la Tierra, con el único afán de despedirse de él.

El joven que había crecido sin conocer a la persona que más lo amaba, se permitió durante un rato convertirse en niño y refugiarse en el amor de su madre. Aquel abrazo maternal curaba su dolor causado por la ausencia de una mujer que, con su entrega, dio a luz la más bella de las vidas.

Ian Manuel Calleja, ganador de la XX edición www.excelencialiteraria.com

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