Gloria Howard: "Mentalizar es aprender a controlarse y abrirse a los demás"
Gloria Howard es una psicóloga de origen colombiano afincada desde hace décadas en Gales (Reino Unido), experta en el tratamiento del trauma en niños y adolescentes. Ha sido una pieza clave en el asesoramiento psicológico del musical Una luz en la oscuridad (basado en la figura de J.R.R. Tolkien), con motivo de cuyo estreno mantuvo una charla para profesores y familias. En esta ocasión la entrevistamos para desgranar algunas claves neurobiológicas y sociales de la actual fragilidad juvenil. Según Howard, la autorregulación emocional es el paso previo necesario para enseñar al alumno a «mentalizar» (entender su propia mente y la de los demás), una capacidad cuyo cultivo permite al joven abrirse a la empatía, a la rectificación del mal y, en última instancia, al amor a Dios y al prójimo.
Nos encontramos ante un mundo lleno de constante activación, donde los chicos reciben continuamente el «bip» del teléfono y la pantalla. Están expuestos a una evaluación pública constante en un mundo acelerado, donde la validación se mide a través de métricas y «me gustas» en lugar de un vínculo real. Esta sobreestimulación causa una activación sostenida del sistema nervioso, y al haber escasez de pausas y de silencio, el cuerpo no tiene tiempo de volver a su estado de equilibrio. En este estado de alerta disminuye la tolerancia a las pequeñas frustraciones, que son precisamente las que entrenan la resiliencia.
La fragilidad emocional no es debilidad ni flojera; refleja simplemente cómo se organiza el sistema nervioso cuando la seguridad no está garantizada. Por otro lado, es muy importante no usar la palabra «trauma» deportivamente como una etiqueta. El trauma no es solo el evento desbordante en sí, sino el sentirse completamente solos e indefensos ante algo que nos atrapa y nos despoja de poder. Lo que causa el trauma es que durante o después de esa experiencia no haya habido un apoyo seguro para que el chico recupere la calma. Los aspectos más dañinos del trauma son el aislamiento y la impotencia.
Cuando hay una alarma o peligro (real o imaginado), la información se va por una ruta corta en el cerebro: primero reaccionamos para sobrevivir y después pensamos. Además, la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que domina la reflexión y la toma de decisiones, tarda unos 25 años en formarse completamente. Bajo estrés, a los niños y jóvenes les resulta muy difícil pensar. Por eso, los adultos debemos servir como un andamio: proporcionamos calma, estructura y sentido. Actuamos literalmente como un «cerebro auxiliar» para ellos. Cuando un chico está en alarma alta, no es el momento de darle una lección, sino de ayudarle a volver al estado en el que pueda aprender.

Cuando un chico está en alarma alta, no es el momento de darle una lección, sino de ayudarle a volver al estado en el que pueda aprender
"Mentalizar es el logro de entender que yo tengo una mente y emociones propias, pero que la otra persona también tiene pensamientos y emociones que pueden ser distintos a los míos. Para apoyar esto, los adultos debemos seguir unos pasos: primero, ayudar a calmar bajando nuestro propio ritmo y tono de voz; segundo, nombrar la emoción que observamos en el niño para que se sienta visto; y tercero, separar la emoción de la conducta. La regla fundamental es: primero el cuerpo, luego las palabras. Hay que observar, nombrar y ofrecer alternativas.
La diferencia radica en que las técnicas de autorregulación por sí solas no bastan. Hasta los 16 años, a un niño no le sirve que le digas simplemente «respira hondo» o «sal fuera para calmarte»; necesita imperativamente el acompañamiento del adulto. Imaginemos un caso real en clase: a un chico le empuja sin querer el compañero de delante, se le caen los lápices al suelo y empieza a insultar muy alterado. Una respuesta rápida y no mentalizadora sería: «¡Para, no insultes, vete fuera!». En cambio, mentalizar implica acercarnos con calma y decirle: «Ahora mismo estás muy agitado, vamos a parar un momento». Luego nombramos lo que vemos: «Tengo la sensación de que te has sentido atacado», y acto seguido separamos emoción de conducta poniendo el límite: «Entiendo que estés enfadado, pero la forma de hablar y de interrumpir la clase no es adecuada». Después de la clase es cuando se habla con él para ayudarle a entender que la intención del otro compañero no era hostil, guiándole hacia la reparación.
Es una cuestión fundamental. Un vínculo seguro no significa aceptar lo que no es correcto ni validar malas conductas. Significa que hay que poner límites claros y ayudar al chico a que reflexione sobre lo que ha hecho. Los medios y las redes sociales son un peligro inmenso hoy en día; hemos dejado internet como si fuera una niñera. Los chicos son introducidos de una manera tan progresiva en el ciberabuso y en la pornografía que se insensibilizan; normalizan estas conductas y pierden la capacidad de detectar el peligro moral y psicológico en el que se están metiendo. Por eso, no solo debemos observar y dar palabras a sus emociones, sino dirigirles con límites, ayudarles a reparar el daño y a que entiendan la necesidad de rectificar.

Hemos dejado internet como si fuera una niñera. Los chicos son introducidos progresivamente en el ciberabuso y la pornografía, normalizando el mal y la agresividad
"La capacidad de mentalizar es una conexión muy clara entre la psicología y la espiritualidad. Si esperamos que un niño ame a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, primero tenemos que enseñarle a mentalizar. Cuando ayudamos a un chico a poner nombre a lo que vive por dentro y a reconocer el mundo interior del otro, la fe deja de ser solo una idea que se piensa y se convierte en algo que se vive compartiendo con los demás. Es a través de ese compartir profundo, reconociendo la realidad del otro, donde encontramos a Dios, y donde el amor puede verdaderamente echar raíces.
Efectivamente. Hoy vemos que hay una escasez inmensa de pausa y de interioridad; hay poco silencio, y sin reflexión, la conciencia no puede madurar. Vivimos en una cultura de la inmediatez que reduce la profundidad, y al haber menos pausa, se deja menos espacio para transformar y fortalecer nuestra vida espiritual. Mentalizar implica precisamente eso: detenerse a escuchar y dar significado a lo que pasa por dentro. Es vital entender que este proceso tiene un orden profundamente humano: primero necesitamos recuperar la seguridad y la calma corporal, luego poner palabras a lo que sentimos, y solo después llega el pensamiento. Al ayudar al chico a cultivar ese mundo interior, le estamos dando las herramientas para que su conciencia madure y sea capaz de alcanzar ese encuentro con Dios en la oración.




