Javier Arroyo y Daniel González Vega: el secreto del 85% para aprender matemáticas
En la Charleta educativa de esta semana, Javier Arroyo y Daniel González Vega no llegan con el discurso típico de la “startup” que nació en un garaje. Llegan con una idea más prosaica y, a la vez, más reveladora: Smartick nació de una observación obsesiva y de un problema antiguo que se resiste a morir, el miedo a las matemáticas.
Ambos se presentan como emprendedores técnicos (ingeniería, finanzas) con una biografía de manual —Harvard por un lado, Stanford por otro—, pero su relato aterriza rápido: Smartick no despega por el brillo de la credencial, sino por el ensayo con niños, por mirar lo que pasa cuando el ejercicio es demasiado fácil o demasiado difícil.
El origen de Smartick se fija con fecha: 2009, cuando Arroyo ya tenía hijos pequeños (cinco y siete años) y el “coste de oportunidad” no era un concepto académico, sino una cuenta doméstica. Hablan sin épica impostada: estuvieron tres años y medio sin cobrar, poniendo ahorros y pidiendo préstamos. La gasolina, reconocen, fue emocional: ver el resultado en niños y sentir que el proyecto era “gratificante”.
La escena fundacional también tiene dirección: arrancaron en una casa antigua en Aravaca y, pese a tener hoy oficinas en Pozuelo de Alarcón, reivindican una cultura de “cada euro bien invertido” y de crecimiento contenido. No como pose, sino como método.
El momento más nítido de la conversación llega cuando describen qué entienden por algoritmo: no una palabra fetiche, sino la pieza que permite navegar un “corpus” de contenidos (bien secuenciado, relevante) con un objetivo obsesivo: que el niño permanezca en la zona justa.
Ahí aparece el dato que vertebra toda la entrevista: el 85% de acierto. Lo presentan como umbral óptimo: por encima (95%) llega el aburrimiento; por debajo (75%) asoma la frustración. La promesa de Smartick, sostienen, es mantener al alumno en esa franja: motivado, exigido, pero no expulsado por la dificultad.
Y hay un segundo ingrediente: el feedback inmediato. “En papel”, dicen, el error puede repetirse hasta que alguien corrija; en digital, si la retroalimentación llega al instante, el aprendizaje se acelera. La personalización no es un eslogan: es el motor de su modelo.
Cuando se les pide definir el espíritu Smartick, no eligen una palabra bonita. Eligen un criterio: eficacia y eficiencia. Hablan de una materia prima escasa —“quince minutos al día”— y de la obligación de no desperdiciarla. Ese es su argumento contra la dispersión: si el alumno pierde atención, se pierde el aprendizaje.
En esa lógica, Smartick deja de ser “solo matemáticas” y se convierte en una familia de productos: lectura y comprensión lectora, programación y un entrenamiento de pensamiento crítico. En paralelo, anuncian su foco actual: Monk, una herramienta para medir el nivel de competencia matemática y lectora en el aula, que —según relatan— les ha mostrado la heterogeneidad real con la que lidian los docentes.
La conversación se adentra luego en un terreno clásico: la crítica al sistema memorístico. Y aquí se matizan entre sí. Ninguno compra la idea de que la memoria sea el villano; al contrario, sostienen que sin memoria no hay pensamiento crítico porque falta “materia prima” para construir. El problema, para ellos, no es “memoria sí o no”, sino qué se memoriza y si ese contenido sirve para seguir aprendiendo.
La imagen que lo resume aparece con humor: los “reyes godos”, como ejemplo de aprendizaje encapsulado que no permite transferir ni crecer. El argumento final es pedagógico y práctico: hay que equilibrar memoria, razonamiento y entrenamiento, pero evitando que la repetición se convierta en un sustituto de entender.
El bloque más incómodo llega con la pregunta sobre PISA, TIMSS o PIRLS: por qué los resultados no mejoran desde hace décadas. Su respuesta busca la disección: no culpan al alumno; miran al triángulo “quien aprende, quien enseña y cómo se enseña”. Y ponen el foco en Primaria: donde se construye el “edificio matemático”.
Arroyo señala un problema de base en la selección y formación: en las facultades de Educación, afirma, no siempre entran los expedientes más altos; y muchos futuros maestros arrastran una “mochila” de dificultades con matemáticas. A eso suman un diagnóstico de sistema: un aula con diversidad extrema y pocos recursos hace inviable personalizar a mano.
En el tramo final, el diálogo se engancha a un debate vivo: si la tecnología en el aula ha sido más distracción que solución. Su respuesta es deliberadamente incómoda para los bandos: la tecnología “en abstracto” no es culpable, pero implementada sin reflexión tampoco arregla nada. Importa qué se lleva al aula y cómo se usa.
A partir de ahí separan dos mundos: ordenador con control parental y finalidad educativa, frente a móvil en el bolsillo, con acceso ilimitado, consumo nocturno y caída de sueño. Se muestran abiertamente partidarios de retrasar la edad del móvil y ponen el acento en tres variables: edad, tiempo y contenidos.
En ese contexto, la entrevista conecta con otros análisis recientes del propio Magisterio sobre el debate digital en las aulas, como la discusión sobre si la implantación tecnológica ha sido “un experimento fallido”.
Los fundadores recuerdan que Smartick ya trabajaba con inteligencia artificial antes de la fiebre actual, pero reconocen que la IA generativa abre un territorio nuevo: ejercicios antes imposibles de corregir bien (titular un texto, resumir, extraer ideas) pueden ahora recibir feedback preciso en tiempo real.
¿Amenaza para una edtech? Responden con prudencia: la disrupción será enorme y hay que “estar atentos”. Su apuesta defensiva es clara: la personalización fina no se improvisa; depende de millones de datos acumulados durante años, de patrones de aprendizaje y de iteración pedagógica. Ese histórico, dicen, “vale oro”.
Con la despedida —casi cuarenta minutos “que se hacen cortos”— queda una sensación: Smartick no se define por la pantalla, sino por la promesa de un aprendizaje que no expulse al alumno del camino. Y por una cifra que, en esta Charleta educativa, se convierte en símbolo: ese 85% donde el niño no se aburre y tampoco se rompe.