La ciencia en la escuela primaria, a examen: conclusiones de la I Jornada Cosce-Educación

La I Jornada Cosce-Educación, celebrada el 23 de marzo en el marco de "Madrid es Ciencia", ha puesto sobre la mesa un diagnóstico rotundo: la enseñanza de las ciencias en Primaria necesita una reforma que refuerce la base científica del profesorado, recupere la experimentación en el aula y reduzca los obstáculos estructurales que hoy frenan la curiosidad y el aprendizaje del alumnado.
MagisterioMartes, 24 de marzo de 2026
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Una de las mesas redondas que se celebró durante la Jornada.

La enseñanza de las ciencias en la escuela primaria ha entrado de lleno en el debate educativo con una advertencia clara: no basta con actualizar metodologías si no se fortalece también la base científica de quienes enseñan. Esa fue una de las ideas centrales de la I Jornada Cosce-Educación, impulsada por la Confederación de Sociedades Científicas de España y el proyecto Aciertas, que reunió en «Madrid es Ciencia» a representantes del ámbito científico, universitario, institucional y educativo para analizar el estado real de la educación científica en nuestro país.

En el fondo, la jornada dejó una conclusión de gran calado: la brecha entre la investigación de vanguardia y la realidad cotidiana de muchas aulas de Primaria sigue siendo demasiado amplia. COSCE, que agrupa a 91 sociedades científicas y representa a 46.000 profesionales, quiso subrayar con este encuentro que la enseñanza de las ciencias no puede considerarse un asunto marginal, sino un componente decisivo del futuro intelectual y productivo de España.

La preocupación no nace de una intuición, sino de una acumulación de indicadores que invitan a la reflexión. Los resultados de evaluaciones internacionales como PISA, TIMSS o PIRLS apuntan a un estancamiento persistente en competencias básicas, y especialmente en comprensión lectora, una capacidad sin la cual resulta mucho más difícil acceder a textos especializados, interpretar datos o formular hipótesis con sentido. La jornada insistió en que sin una lectura sólida no hay pensamiento científico robusto.

A este diagnóstico se suma otro dato especialmente inquietante: el 52% de los maestros asegura no sentirse suficientemente preparado para afrontar su primer desempeño profesional en el aula. La cifra retrata una sensación de inseguridad docente que no solo afecta al inicio de la carrera profesional, sino que condiciona después la confianza con la que se abordan áreas como la observación, la indagación o la experimentación. Si el maestro duda de su propia formación, difícilmente podrá transmitir al alumnado una relación viva y estimulante con la ciencia.

Otro de los focos de análisis estuvo en la formación inicial del profesorado. Durante la jornada se señaló con preocupación que una parte del alumnado que accede a las facultades de Educación lo hace sin haber cursado itinerarios científicos en Bachillerato. Esa carencia previa obliga a la universidad a asumir una labor de nivelación compleja y, con frecuencia, insuficiente. El resultado es un círculo difícil de romper: futuros docentes con lagunas en contenidos científicos que después han de enseñar ciencias a niños en las etapas más sensibles para despertar la curiosidad y las vocaciones tempranas.

La disputa de fondo: contenido y didáctica

Uno de los momentos más relevantes del encuentro giró en torno a una cuestión que atraviesa desde hace años el debate educativo: qué peso deben tener los contenidos disciplinares y qué peso la didáctica en la formación de los maestros. Ángel Ezquerra, de la UCM, lanzó una crítica frontal al «Libro Blanco de los profesionales de la Educación» por su falta de escucha a maestros y alumnos, y advirtió del riesgo de vaciar de contenido científico la formación docente. Su afirmación, «No podemos sustituir a los maestros por pedagogos», condensó buena parte de la preocupación compartida en la sala.

La frase no debe interpretarse como una descalificación de la pedagogía, sino como un recordatorio de equilibrio. Enseñar bien exige conocer cómo aprende el alumnado, pero también dominar con solvencia aquello que se enseña. En ciencias, esa exigencia es particularmente visible, porque la falta de seguridad en contenidos termina traduciéndose en la desaparición de prácticas experimentales, en la renuncia al laboratorio y en un uso excesivamente teórico o descontextualizado de una materia que debería vivirse con curiosidad activa y con manos en acción.

Desde el Ministerio de Educación, Javier Rodríguez Torres defendió precisamente esa idea de equilibrio entre conocimiento científico y competencia didáctica. Además, introdujo dos elementos que también marcaron la conversación: la conveniencia de incorporar la Inteligencia Artificial como herramienta de apoyo al aprendizaje y la necesidad de reducir la carga burocrática que hoy absorbe tiempo y energía del profesorado. La ciencia escolar, vino a decir la jornada, no mejorará si el docente sigue atrapado entre formularios, procedimientos y tareas alejadas del núcleo pedagógico.

La presidenta de COSCE, Perla Wahnón, resumió el espíritu del encuentro con una idea de gran alcance: un maestro necesita una base científica sólida y también saber enseñarla. Bajo esa premisa, las sociedades científicas reivindicaron su papel como aliadas estratégicas de la formación del profesorado, no desde una lógica corporativa, sino como parte de una responsabilidad social compartida. La colaboración entre científicos y docentes aparece así como una vía realista para actualizar materiales, enfoques y recursos de aula.

La ciencia que se toca, se pregunta y se experimenta

Más allá del debate curricular, la jornada defendió una idea poderosa: la alfabetización científica no es solo una preparación para futuras profesiones STEM, sino una herramienta de ciudadanía. Comprender evidencias, interpretar fenómenos cotidianos, evaluar informaciones y tomar decisiones razonadas forma parte de la cultura científica básica que necesita cualquier sociedad democrática. Por eso, varios expertos reclamaron recuperar el valor del «cacharrear», de la experimentación directa y del aprendizaje que nace de observar, probar, equivocarse y volver a intentar.

El problema es que muchos centros de Primaria han ido perdiendo los espacios, los tiempos y los materiales necesarios para desarrollar esa ciencia práctica. En lugar del laboratorio entendido en sentido clásico, las ponentes Pilar Calvo de Pablo y Leticia Redondo defendieron una visión más flexible y contemporánea: convertir cualquier aula en un espacio de descubrimiento, con propuestas adaptadas a la edad del alumnado, recursos accesibles y preguntas conectadas con su entorno inmediato. La ciencia escolar del siglo XXI no tiene por qué depender de infraestructuras complejas, pero sí requiere intención pedagógica, materiales adecuados y docentes preparados.

En ese punto, el proyecto Aciertas fue presentado como una palanca especialmente valiosa. Su función consiste en acercar al profesorado materiales y propuestas elaboradas desde el mundo científico para facilitar una enseñanza basada en la indagación, transversal y aplicable a contextos diversos. Iniciativas de este tipo conectan bien con experiencias que ya han mostrado su capacidad para despertar interés desde edades tempranas, como contaba MAGISTERIO en este programa pionero para llevar la ciencia a las aulas.

La transformación pendiente no será posible sin condiciones

Las conclusiones de la jornada evitaron caer en el voluntarismo. No basta con pedir más ciencia, más experimentación o mejores metodologías si no se modifican también las condiciones estructurales en las que trabajan los centros. Entre las demandas más repetidas figuró la reducción de las ratios por aula, una condición básica para poder desarrollar actividades prácticas con seguridad, seguimiento individual y verdadero margen de observación.

Junto a ello, se reclamó una mejora de la infraestructura escolar, entendida no solo como dotación de laboratorios, sino como creación de espacios polivalentes, materiales accesibles y entornos flexibles donde la ciencia pueda formar parte de la vida cotidiana del centro. La jornada también insistió en reforzar la autonomía de las direcciones para impulsar formación continua ajustada a las necesidades de cada claustro, evitando modelos uniformes que no siempre responden a la realidad de los centros.

Otro punto decisivo fue el reconocimiento de las buenas prácticas docentes. La innovación en ciencias, la investigación educativa y el esfuerzo por sostener proyectos de indagación en Primaria necesitan visibilidad e incentivos. No se trata solo de premiar experiencias ejemplares, sino de convertirlas en referencias compartidas que puedan circular entre escuelas. En esa línea, el trabajo en red entre centros y equipos aparece como una condición clave para extender soluciones que ya funcionan.

La simplificación de procesos administrativos completó la hoja de ruta. La reducción de la burocracia no es una reivindicación secundaria: liberar tiempo del profesorado significa devolver centralidad a la preparación de actividades, al seguimiento del alumnado y a la colaboración entre docentes. El debate enlaza, además, con otras reflexiones recientes sobre la necesidad de armonizar mejor contenidos, organización escolar y práctica docente, como se apuntaba en este análisis sobre cómo alinear modelos organizativos, contenidos y práctica docente.

Escuela, familias y comunidad científica: una alianza imprescindible

Las intervenciones de Ana Barrera, desde Confapa, y de Vicent Mañés Bertolín, desde Fedeip, ampliaron el foco más allá del aula. Ambas voces coincidieron en que la mejora de la educación científica no será viable sin una alianza estable entre escuela y familias, y sin redes de colaboración que permitan compartir experiencias, materiales y estrategias. La ciencia, en este marco, no aparece como una asignatura aislada, sino como una cultura de centro que necesita apoyo social, continuidad y coherencia.

La I Jornada Cosce-Educación deja así un mensaje nítido: la enseñanza de las ciencias en Primaria no puede seguir dependiendo del esfuerzo individual de docentes comprometidos que trabajan con recursos limitados y formaciones desiguales. Hace falta una apuesta sostenida por la excelencia docente, por la actualización científica y por unas condiciones escolares que hagan posible enseñar ciencias de manera práctica, rigurosa y atractiva.

Si algo quedó claro el 23 de marzo de 2026 es que el reto no pertenece solo a la escuela. Está en juego la capacidad de formar ciudadanos que comprendan el mundo que habitan y participen con criterio en un futuro cada vez más tecnológico, incierto y complejo. Reforzar la ciencia en la infancia, concluyó la jornada, no es una opción sectorial: es una decisión de país.

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