Laicismo en la escuela pública
Muchos colegios privados, concertados o no, pueden presumir de contar entre sus instalaciones con una capilla o un oratorio. De ahí que el sagrario, donde habita Jesús Sacramentado, sea el corazón de esos centros escolares y la motivación máxima para los candidatos a convertirse en sus docentes. Puede que haya excepciones, y que algunas personas sin fe, o que incluso que hayan apostatado, deseen trabajar allí por el simple hecho de no tener que preparar y superar el concurso oposición, pero lo normal es que sus candidatos sean personas creyentes, practicantes o no, pues el ideario de esos colegios les viene como anillo al dedo y son conscientes de que su labor educativa va mucho más allá de la mera instrucción.
La incorporación anual de unos cuatro mil docentes con convicciones religiosas a los centros educativos privados resta posibles aspirantes a las convocatorias para acceder a la función pública. De ahí que, por ejemplo, en algunas escuelas públicas la mayoría de los miembros de su claustro sea contrario a la presencia de la asignatura de religión en sus aulas, al montaje del Belén o a un festival de Navidad con villancicos.
Otro factor determinante es la cobardía, el miedo a darse a conocer como creyente en determinados ambientes. Y así, docentes que fuera del centro escolar tienen una vida de fe plena, ocultan sus convicciones cuando se encuentran en su puesto de trabajo. Y hasta se ha dado el caso de funcionarios que en el pasado fueron maestros de Religión y que, una vez ganada la oposición como maestros generalistas, ocultan ese dato para pasar desapercibidos entre sus compañeros.
Por eso, para que la escuela pública sea realmente plural e inclusiva, se debe animar a los estudiantes de Magisterio y a los que cursan el máster de Secundaria que tengan cierta vida interior para que, sin complejos y con valentía, opten por trabajar en esos centros públicos.