Maria Rosa Buxarrais: identidad, interioridad y ética para liderar sin agotarse

Estructuras, estrategias y evidencias importan, pero no bastan. Para que el liderazgo de los centros sea sostenible en el tiempo hace falta una brújula: la ética. En una sesión introducida por Goyo Romera en el I Congrés Impuls Educació, la catedrática de la Universitat de Barcelona Maria Rosa Buxarrais reivindica que la identidad profesional, la interioridad y el discernimiento moral son el fundamento de cualquier proyecto educativo que aspire a durar.
MagisterioViernes, 6 de marzo de 2026
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María Rosa Buxarrais, experta en ética profesional, valores y educación moral © CETYS UNIVERSIDAD.

En un contexto atravesado por incertidumbre profunda —pandemias, crisis climática, polarización social y aceleración tecnológica—, la tentación de responder con soluciones técnicas es comprensible: más protocolos, más indicadores, más control. Pero cuando el día a día escolar se reduce a gestión eficiente, el liderazgo se vuelve frágil: aguanta un trimestre, quizá un curso; difícilmente sostiene una comunidad en el tiempo.

La profesora Maria Rosa Buxarrais, referente en educación en valores y ética profesional, sitúa el punto de partida en una idea tan simple como exigente: cada decisión directiva reorganiza vidas. Por eso, liderar no es solo administrar; es, sobre todo, resolver dilemas morales con impacto real en estudiantes, docentes y familias.

El reto, sostiene, no es únicamente “liderar la escuela del futuro”, sino hacerlo de forma sostenible en el tiempo: sin quemarse, sin aislarse en el rol, sin quedar atrapado en el “siempre se ha hecho así”. La sostenibilidad del liderazgo no depende solo de la agenda; depende de la calidad ética de quien decide.

Identidad: dejar atrás al “líder heroico”

Buxarrais propone empezar por la identidad profesional. No es un rasgo fijo ni un cargo: es un proceso de “esdevenir”, de construirse en la práctica y en relación con otros. El problema del modelo del “líder heroico” —la figura que todo lo puede y todo lo sabe— es que genera expectativas irreales, aísla a la dirección y bloquea culturas de liderazgo distribuido.

La identidad, además, es múltiple: personal (historia, valores, heridas), profesional (cómo entiendo mi rol), relacional (cómo me sitúo ante docentes y familias) y contextual (no es lo mismo liderar en un entorno rural que en una zona empobrecida o en un barrio con alta diversidad). Reconocer estas capas no complica el liderazgo: lo vuelve más realista y, por tanto, más sostenible.

Interioridad: el “músculo” invisible del liderazgo

En tiempos obsesionados con métricas, hablar de vida interior suena contracultural. Sin embargo, la interioridad —propósito, motivaciones, emociones, sentido— es la condición para un liderazgo auténtico y duradero. Porque lideramos desde lo que somos: si el mundo interior está fragmentado, el liderazgo se fragmenta; si hay ansiedad no resuelta, se filtra en el clima del centro.

Para aterrizarlo, la ponente propone prácticas sencillas y difíciles a la vez: autoreflexión diaria (diario o registro de decisiones), atención a las emociones implicadas en cada conflicto y una ética de la autocura (límites saludables, descanso, fuentes de renovación). No se trata de egoísmo: es responsabilidad ética. Nadie sostiene una comunidad educativa si primero no sostiene su propia presencia de calidad.

Esta interioridad, además, no aísla: habilita una escucha distinta. Estar “realmente” en la reunión —y no con la cabeza en el informe posterior— permite una escucha profunda, mejora la respuesta ante conflictos y reduce la tendencia a actuar en “piloto automático”, una de las vías más rápidas hacia el desgaste.

La ética como marco: cuatro miradas para decidir mejor

Para sostener el liderazgo en el tiempo, Buxarrais sugiere integrar cuatro enfoques, no elegir uno. Primero, la ética de la justicia (derechos, normas, equidad): ayuda a aplicar reglas con coherencia. Segundo, la ética de la crítica (poder, desigualdades): obliga a preguntar quién queda fuera, qué voces se silencian, qué prácticas reproducen racismo, sexismo o clasismo. Tercero, la ética de la cura (relaciones, necesidades concretas): invita a responder con empatía, pensando en el crecimiento del alumno y en alternativas restaurativas. Y cuarto, la ética de la profesión (códigos, deberes del rol): recuerda que el interés del estudiante y la protección de todos los colectivos —incluido el alumnado LGTBI— no es negociable.

Esta combinación no elimina los conflictos: los hace pensables. Y, sobre todo, evita dos trampas frecuentes: la de justificar cualquier decisión en nombre de “la norma” y la de decidir solo desde “la intuición”, sin deliberación ni evidencia.

Dilemas reales (y actuales) en los centros

La sostenibilidad ética se pone a prueba en dilemas cotidianos: equilibrar derechos individuales y normas comunitarias; distinguir el currículo formal del currículo oculto (qué enseñamos con los silencios, los espacios, quién habla y quién no); resolver choques entre códigos personales y responsabilidades profesionales; o medir el límite entre privacidad y seguridad.

A estos se suma un dilema emergente: cómo integrar la inteligencia artificial sin aumentar brechas ni erosionar derechos. Aquí, la respuesta rápida (comprar una herramienta o prohibirla) suele ser menos eficaz que el trabajo lento: formar criterio, acordar usos, deliberar y revisar.

Orientaciones para un liderazgo que perdure

Como cierre, la profesora plantea dos líneas de acción especialmente vinculadas a la sostenibilidad en el tiempo. La primera: elaborar un código ético personal y profesional (valores, tensiones, principios, tipo de comunidad que se quiere construir). La segunda: institucionalizar prácticas de reflexión y deliberación: grupos de iguales, mentoría, discusión de dilemas y espacios para hablar de ética sin prisas. No es un detalle menor: un liderazgo ético no se practica en soledad. Necesita procesos democráticos, participación real y estructuras que permitan que el centro piense junto.

La tesis final, en el fondo, es un recordatorio para tiempos de urgencia: liderar el futuro exige técnicas, sí, pero se sostiene con algo más estable que cualquier herramienta. La ética como brújula, la interioridad como base y la identidad como proceso son lo que permite que una dirección no solo funcione, sino que permanezca.

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