Raúl Mayoral entra en la carrera por la presidencia de la ACdP y pide una nueva etapa
Raúl Mayoral habla con el tono de quien mezcla la memoria personal con la preocupación por el presente. Jurista de formación, antiguo alumno del CEU y figura muy ligada a la Asociación Católica de Propagandistas, reivindica una educación exigente, el valor de la voluntad y una universidad que no renuncie a su identidad. En su discurso conviven la experiencia del hijo de maestro, la mirada del padre y la inquietud del intelectual que observa una generación expuesta al ruido digital.
Acaba de publicar la novela «Perder para ganar. Una paz para un siglo», y anteriormente firmó el ensayo «Pregón de combate para jóvenes de espíritu». Desde esa doble condición de novelista y ensayista, Mayoral defiende que la formación no puede ceder ante la superficialidad, que la tecnología debe seguir siendo un instrumento y que el católico, si quiere ser coherente, está llamado a participar en la vida pública sin replegarse.
Usted ha expresado su intención de optar a la presidencia de la ACdP. ¿Por qué da ese paso?
—Porque creo que hay margen de mejora y porque la asociación necesita revitalizar algunos aspectos esenciales de su vida. Lo digo con respeto y con reconocimiento al trabajo realizado en estos años, pero también con la convicción de que ahora toca reforzar la vida asociativa, devolver protagonismo a la ACdP y cuidar mejor su misión propia.
Alfonso Bullón de Mendoza ha impulsado a otro candidato. ¿Cómo vive usted que haya un rival designado por el actual presidente?
—Lo vivo con naturalidad. Estamos en una asociación viva, y que existan distintas sensibilidades o propuestas no debería sorprender a nadie. Yo no entro en una lógica de confrontación personal, sino de proyecto. Tengo respeto por Alfonso Bullón de Mendoza y por lo que ha hecho, pero también creo que es legítimo plantear una orientación distinta para la siguiente etapa.
Ha comentado que su candidatura representa continuidad y no continuismo, ¿qué quiere decir?
—Exactamente. Yo hablo de continuidad, porque sería absurdo negar lo mucho que se ha hecho bien y renunciar a ello. Pero continuidad no es continuismo. Continuidad significa mantener lo valioso, consolidarlo y darle un nuevo impulso; continuismo sería limitarse a prolongar una inercia sin revisar lo que necesita ser fortalecido. Y yo creo que la ACdP necesita precisamente esa continuidad con exigencia, con más vida asociativa, más fraternidad y más apostolado social.
¿Qué balance hace de la etapa de Alfonso Bullón de Mendoza?
—Muy positivo en algo fundamental: ha devuelto la concordia y la unidad a una casa que venía de momentos internos difíciles. Ese es un mérito muy importante. También ha aportado estabilidad a las obras y ha impulsado proyectos de relevancia. A partir de ahí, creo que la próxima etapa debe consolidar lo bueno y corregir lo que se haya podido descuidar.
¿Qué cree que se ha descuidado?
—Sobre todo la vida asociativa y la atención a los centros. Percibo también la necesidad de reforzar la dimensión espiritual y fraterna. Una asociación católica no puede funcionar solo como una estructura eficiente; necesita alma, vida interior y un verdadero espíritu de servicio. Y además creo que hemos dejado demasiado de lado el apostolado social.
¿Qué medidas concretas propondría?
—La primera, fortalecer la espiritualidad y el sentido fraterno dentro de la asociación. La segunda, crear una obra de apostolado social que vuelva a mirar con más intensidad a los más vulnerables, al mundo del trabajo, a la empresa, a la vivienda, a los problemas concretos de hoy. Y la tercera, en relación con el CEU, mejorar las condiciones para retener y atraer talento docente.
¿Qué habría que cambiar en la universidad?
—Sobre todo, conseguir que el profesor vea el CEU como una meta final y no como una estación de paso. Para eso hacen falta mejores condiciones, una carrera docente clara, estabilidad y reconocimiento. Se ha ido talento valioso y tenemos que ser capaces de recuperarlo o de evitar que siga ocurriendo.
¿Cómo imagina esa universidad diferenciadora que defiende?
—Como una universidad exigente, con identidad clara, académicamente sólida y capaz de formar profesionales muy preparados, pero también personas con criterio, responsabilidad y vocación de servicio. Si una universidad católica pierde eso, pierde una parte decisiva de su razón de ser.
Pero empecemos por el principio. ¿Qué queda de aquel niño de Talavera de la Reina en el hombre que hoy aspira a presidir la ACdP?
—Queda mucho. Sobre todo, la formación que recibí antes incluso de llegar al CEU. Soy hijo de un maestro de los de antes, de los que entendían la enseñanza como una responsabilidad total. Mi infancia transcurrió en un entorno sencillo, primero rural, y desde pequeño tuve muy interiorizada la idea de que, por ser hijo del maestro, se me iba a exigir más. Eso me hizo ser un alumno aplicado, constante y muy responsable.
¿Y cuándo aparece la lectura como refugio y como herramienta de formación?
—Muy pronto. Recuerdo perfectamente la primera novela que leí con verdadera conciencia lectora: «La isla del tesoro». Después ya vino esa inquietud por saber más, por leer más, por entender mejor el mundo. Eso me lo inculcaron mis padres. La lectura siempre ha sido para mí un espacio de reposo, pero también una forma de afinar el juicio.
Si tuviera que quedarse con un solo libro, cuál sería?
—El «Quijote». Creo sinceramente que todos los españoles deberíamos leerlo, y los políticos más todavía. Ahí está mucho de lo que somos. Hay una comprensión muy profunda de la condición humana y del alma española.
En esa educación que recibió, qué lugar ocupaba la exigencia?
—Un lugar central. Mi padre repetía una frase que no he olvidado nunca: un estudiante inteligente llega lejos, pero un estudiante con fuerza de voluntad llega donde quiere. Yo he intentado trasladar esa misma idea a mis hijos. La voluntad sigue siendo decisiva, quizá más aún en una época en la que todo invita a la distracción.
¿Comparte el movimiento antipantallas que ha ido ganando presencia en los últimos años?
—Sí, lo veo bien. La tecnología es un medio, un instrumento al servicio de otras finalidades. No puede convertirse en el fin último. En el ámbito educativo puede ser útil, por supuesto, pero siempre que esté subordinada al aprendizaje real. Si el alumno no lee, no escribe, no se esfuerza y acaba delegando todo en la inteligencia artificial, el resultado es una pérdida de criterio, de expresión y de sentido crítico.
¿Está de acuerdo con prohibir los móviles en los colegios?
—Sí, sin duda.
¿Y también en la universidad?
—Yo también los prohibiría en las aulas universitarias, salvo para usos muy concretos y justificados. La universidad debe ser un espacio de atención, de estudio y de respeto académico. Si se banaliza ese marco, si todo vale, entonces se debilita la propia idea de universidad.
¿Qué problema detecta hoy en el sistema educativo español?
—Que está excesivamente ideologizado. Las leyes educativas las han acabado haciendo los políticos, cuando quienes mejor conocen la educación son los profesores, los expertos y las familias. Hemos aceptado con demasiada facilidad que cada cambio político implique un cambio educativo, y así es muy difícil construir una enseñanza sólida.
¿Cómo se evita caer en el adoctrinamiento?
—Separando con claridad formación de propaganda. Las aulas deben estar libres de ideologías impuestas. Otra cosa es que una universidad con ideario propio, como una universidad católica, no renuncie a presentar su visión del hombre, de la sociedad o de la educación. Eso no es adoctrinar; adoctrinar sería impedir el debate o convertir una única ideología en pensamiento obligatorio.
¿Se cree ese supuesto renacer de la religiosidad entre los jóvenes?
—Creo que hay algo real, aunque convivan muchos matices. Para algunos puede ser una búsqueda sincera; para otros, un refugio ante la ansiedad o la desorientación. Pero incluso así, me parece mejor que la pura indiferencia. Venimos de décadas en las que se daba por hecho que las iglesias se vaciarían sin remedio, y ahora vemos a muchos jóvenes acercarse de nuevo a la fe.
¿Qué está ocurriendo exactamente?
—Han influido mucho ciertos movimientos de nueva evangelización, retiros y experiencias de primer anuncio. Hay personas que se encuentran con Dios por primera vez o que regresan tras años alejados de la Iglesia, y eso lógicamente provoca un impacto fuerte. Ahora bien, si ese primer impulso no se acompaña con formación, con doctrina social de la Iglesia, con lectura y con vida sacramental, corre el riesgo de quedarse en algo superficial.
¿La asignatura de Religión debe seguir en la escuela?
—Sí. Y no solo por una cuestión confesional. También porque ayuda a comprender la historia, la cultura y la propia idea de trascendencia que acompaña al ser humano. La educación no puede reducirse a lo útil o a lo técnico. La pregunta por el sentido también forma parte de la formación integral.
¿Qué valoración hace de quienes reclaman sacar la Religión de las aulas?
—Tienen derecho a expresarlo, por supuesto, pero yo no comparto esa posición. Una escuela pública no debe tener un ideario confesional impuesto, pero eso no significa expulsar del espacio educativo una dimensión esencial de la persona y de la cultura.
En su ensayo habla de «batalla cultural». ¿Cómo se libra esa batalla sin convertir la universidad en un campo de consignas?
—Precisamente evitando las consignas. La universidad no está para fabricar eslóganes, sino para formar inteligencia y criterio. Cuando hablo de batalla cultural no estoy convocando a una pandilla de camorristas, sino a personas capaces de argumentar, dialogar y defender sus convicciones en el espacio público. El católico no puede replegarse ni esconderse.
¿Dónde sitúa entonces esa batalla?
—En el terreno de las ideas, de la presencia pública, del debate intelectual. La Iglesia ha dado siempre esa batalla, en distintos contextos históricos y con distintas herramientas. Lo importante es no callar por miedo a la corrección política ni aceptar que determinadas posiciones sean expulsadas del debate por el simple hecho de no encajar con el clima dominante.
¿Cuál debe ser el papel de una universidad católica en ese contexto?
—Ser fiel a su identidad y, al mismo tiempo, dialogar con todos. La pluralidad no exige neutralidad vacía. Una universidad católica tiene derecho y diría incluso deber de ofrecer una antropología, una tradición intelectual y una lectura moral de los problemas contemporáneos. Eso no impide el debate; al contrario, lo enriquece.
¿Cómo encaja en esa visión la inteligencia artificial?
—Perfectamente, siempre que se mantenga una jerarquía clara: la máquina al servicio de la persona, nunca al revés. La tecnología es fruto del talento humano y puede mejorar mucho la vida, también en la docencia. Pero no es neutral en sus efectos. Si contribuye al bien del hombre, bienvenida sea; si lo reduce, lo sustituye o lo deshumaniza, entonces hay que poner límites.
En esta etapa personal, entre la escritura, la vida familiar y la responsabilidad institucional, qué le preocupa más?
—Me preocupa que estemos criando generaciones con muchísima información y muy poca orientación. Hay ruido, velocidad, pantallas y estímulos permanentes, pero falta silencio, lectura, conversación y profundidad. Y eso en educación se paga.
¿Y qué le da más esperanza?
—Precisamente que todavía hay jóvenes que buscan sentido, que todavía hay familias que quieren educar bien a sus hijos, que todavía hay profesores comprometidos y personas dispuestas a defender una idea de la universidad y de la formación que no se conforme con lo superficial. Mientras eso exista, hay razones para la esperanza.
