Ana de Vierna Grosso: "Primero debemos educar la afectividad del menor y después explicar su sexualidad"
Ana de Vierna Grosso, autora de 'Si no les hablas de sexo, lo harán otros' (Toromítico), junto a la portada del libro.
Ana de Vierna Grosso (@educarlaafectividad), autora de Si no les hablas de sexo, lo harán otros (Toromítico) defiende que la educación afectivo-sexual debe iniciarse en casa y desde la infancia, a través del afecto y el respeto a la intimidad, adelantando las conversaciones específicas (entre los 8 y 11 años) para anticiparse al fácil acceso que hoy tienen los menores a la pornografía. La autora propone abordar el tema con «veracidad, naturalidad y priorizando siempre la afectividad sobre la genitalidad».
Asimismo, desde su experiencia sanitaria asegura que «la banalización del sexo, la hipersexualización y la adicción a la pornografía —potenciada por la inteligencia artificial— están provocando graves problemas de salud mental, distorsiones afectivas y crisis de pareja en los jóvenes», por lo que urge recuperar valores como «el compromiso, el respeto mutuo y el criterio propio frente a la presión social».
En tu libro sostienes que hablar de afectividad no afecta a la inocencia de los niños, pero, ¿a qué edad es conveniente tratar estos temas para no llegar tarde ni tampoco demasiado temprano?
–Es una pregunta que inquieta a muchos padres. Lo cuento en mi libro Si no les hablas de SEXO lo harán otros a través de una anécdota personal que hizo cambiar mi perspectiva sobre cuál era el mejor momento para abordar estos temas. Siempre digo que es mejor llegar un año antes que un segundo tarde. Hoy, por desgracia, los niños tienen acceso a contenido inadecuado con demasiada facilidad, y por eso la edad de ciertas conversaciones entre padres e hijos se ha adelantado para poder protegerlos.
La afectividad se educa desde que son muy pequeños: con la forma de acariciarlos, mirarlos o asearlos. Enseñarles desde pequeños las partes del cuerpo e inculcarles el valor de la intimidad también ayuda a protegerlos frente a posibles abusos sexuales.
Para iniciar conversaciones más específicas sobre sexualidad, hay que valorar la madurez y la personalidad de cada niño. No es lo mismo una niña curiosa, líder e inquieta que un niño más infantil e inocente. Lo que sí es cierto es que, cuando comienza la adrenarquia, con ese cambio de olor característico, y empiezan a aparecer los primeros signos de la pubertad y los caracteres sexuales secundarios, es importante iniciar ciertas conversaciones para ayudarles a vivir esos cambios de forma amable y natural. En las niñas suele ocurrir entre los 8 y los 10 años, y en los niños algo más tarde, entre los 9 y los 11 años.
Ya desde el título adviertes de la necesidad de hablar con los hijos de sexo antes de que lo hagan amigos, internet, talleres, etc. pero ¿cómo iniciar esa conversación?
–Esa conversación debe estar siempre envuelta en cariño y delicadeza. Me enseñaron una regla nemotécnica muy práctica con la palabra VINO. La conversación debe ser siempre veraz, evitando conceptos como “la cigüeña”, “la semillita” o historias irreales, porque, si no, el niño dejará de confiar en nosotros cuando descubra la verdad.
También debe llevar implícito el valor de la intimidad. Hay que hablarles con naturalidad, aprovechando las ocasiones que surjan o las preguntas que ellos mismos hagan. Lo cuento de forma más detallada y con ejemplos en el libro.
La afectividad se educa desde que son muy pequeños: con la forma de acariciarlos, mirarlos o asearlos. Enseñarles desde pequeños las partes del cuerpo e inculcarles el valor de la intimidad también ayuda a protegerlos frente a posibles abusos sexuales
La pornografía se ha multiplicado desde la llegada de internet, ¿cómo afrontar esta cuestión con los hijos?
–El capítulo sobre pornografía es especialmente interesante, porque explico cómo la nueva pornografía sale literalmente al encuentro del menor debido a la IA extractiva. Hay una frase demoledora que dice: “Engánchalos a los 10 años y los tendrás enganchados de por vida”.
Existen dos formas principales de proteger al menor. Una va más en la línea tecnológica: restricciones, filtros parentales y acompañamiento en el uso de internet y las redes sociales. Pero hay otra que considero todavía más importante: una adecuada educación afectivo-sexual que ayude al niño a maravillarse de su propio cuerpo, a respetarse y a aprender a respetar a los demás.
Muchas veces la sexualidad se antepone a la afectividad, ¿no crees que es un error y que cualquier conversación sobre sexo debería ir acompañada de su dimensión afectiva?
–Por supuesto. Hace unos años estuve en el Parlamento andaluz hablando sobre la protección del menor frente a la pornografía y me preguntaron: “¿Por qué hablas tanto de educar la afectividad?” (de ahí el nombre de mi perfil de Instagram @educarlaafectividad) Mi respuesta fue clara: porque la verdadera prevención frente a la pornografía y los abusos comienza en casa.
Según el niño vea cómo su padre trata a su madre, así aprenderá él a tratar a la mujer. Y según cómo una niña sea abrazada, escuchada y querida por su padre, así buscará después que la quieran y la respeten.
Primero debemos educar la afectividad del menor y después explicar su sexualidad. El niño aprende a amar, a respetar y a respetarse en casa y una sexualidad sin amor y respeto nunca será plena.
Hemos pasado del tabú del sexo a su banalización, ¿cómo recuperar la dignidad del sexo?
–Es totalmente cierto. Hemos pasado de considerar el sexo un tema prohibido a convertirlo, en muchos casos, en algo banal y desvirtuado debido a la nueva pornografía y a la hipersexualización. Sin embargo, algo estamos haciendo mal, porque vivimos en la época con más información sexual de la historia y, paradójicamente, muchas personas viven peor su sexualidad.
Me preocupa especialmente la salud mental de los jóvenes. Llevo más de veinte años trabajando en una UVI móvil y lo que estamos viendo actualmente no lo habíamos visto nunca.
Creo que la hipersexualización infantil, la falta de protección frente a la pornografía y el uso descontrolado de las nuevas tecnologías están golpeando directamente la línea de flotación del ser humano.
La mejor forma de tener una salud afectivo-sexual equilibrada es volver a transmitir valores como la intimidad, el amor, la fidelidad, el compromiso y el respeto. El corazón y el cuerpo humano tienen una “hoja de ruta”, y cuando se ignora, las consecuencias terminan apareciendo.
También debemos proteger seriamente a los menores y a los jóvenes: luchar contra la pornografía, contra determinados contenidos hipersexualizados y contra el acceso libre a ciertas plataformas y redes sociales.
El niño aprende a amar, a respetar y a respetarse en casa y una sexualidad sin amor y respeto nunca será plena
Muchas chicas y chicos se inician en el sexo a edades cada vez más tempranas, ¿cómo enfocar las relaciones sexuales en el contexto de la maduración de la personalidad?
–Lo primero es quitarles presión. Muchos jóvenes, especialmente chicas, mantienen relaciones sexuales por miedo al rechazo, a perder a su pareja o a quedarse solas. En el caso de muchos chicos, la presión suele estar relacionada con demostrar experiencia o aparentar madurez delante del grupo.
Trabajo toda la semana con adolescentes y, cuando los escuchas, los acompañas y les das confianza, terminan confesándote muchas de estas inseguridades. Entonces te das cuenta de que, en la mayoría de las ocasiones, no tienen ni la madurez emocional necesaria ni la libertad y responsabilidad exigida para vivir ese tipo de relaciones.
Debemos ayudarles a desarrollar criterio propio y a tomar decisiones con libertad, responsabilidad y conocimiento. Pienso que deberíamos hablarles más de amor y compromiso que de sexo. La felicidad está más relacionada con la calidad del amor que hay a tu alrededor que con la cantidad de relaciones sexuales.
El sexo forma parte de la vida, pero ¿se debe experimentar con él, como sostienen muchas corrientes?
–Depende del valor que cada persona le dé a su cuerpo, a su intimidad y a su corazón. Lo que sí es cierto es que las relaciones sexuales no son neutrales: tienen consecuencias emocionales, psicológicas y biológicas, y eso lo estamos viendo cada vez más claramente.
Sexo y pareja, ¿hay que tener sexo antes de vivir en pareja o no?
–Mi intención no es decirle a la gente lo que tiene que hacer, sino exponer una realidad biológica para que los menores y los jóvenes puedan tomar decisiones más libres y con mayor criterio.
Es cierto que durante las relaciones sexuales se segregan hormonas como la dopamina, relacionada con el placer, y la oxitocina, vinculada al apego, que pueden influir en la toma de decisiones y en la dificultad para romper relaciones que quizá no sean saludables.
Las relaciones sexuales no nos son indiferentes. A partir de ahí, cada persona debe reflexionar y decidir qué considera mejor para su vida.
Muchos jóvenes, especialmente chicas, mantienen relaciones sexuales por miedo al rechazo, a perder a su pareja o a quedarse solas. En el caso de muchos chicos, la presión suele estar relacionada con demostrar experiencia o aparentar madurez delante del grupo
La pornografía ha traído aparejada la adicción en algunas personas, ¿cómo afecta esta adicción a las relaciones afectivo-sexuales en la edad adulta?
–Influye muchísimo. Como cualquier adicción, produce cambios neurológicos y altera el sistema de recompensa. Pero además tiene consecuencias muy negativas para la vida afectivo-sexual.
Debido al llamado “efecto Coolidge”, la persona necesita estímulos cada vez mayores para obtener el mismo nivel de placer, y eso termina pasando factura en la vida real y en las relaciones de pareja, donde la realidad nunca coincide con la imagen artificial y distorsionada que muestra la pornografía.
Recuerdo un aviso reciente, soy enfermera del 061, por un intento de suicidio. Hablando con la pareja del paciente, me contó que desde hacía tiempo lo notaba más agresivo, distante y menos empático, y que en ocasiones la hacía sentirse incómoda. Finalmente decidió dejar la relación. Días antes, él mismo le había confesado que consumía pornografía de forma habitual y eso estaba debilitando todas sus relaciones.
Es solo un ejemplo más de cómo la adicción a la pornografía puede afectar profundamente a la vida afectiva, minar la vida en pareja y en muchas ocasiones la salud mental.
La adicción a la pornografía puede afectar profundamente a la vida afectiva, minar la vida en pareja y en muchas ocasiones la salud mental
