Miedo a la vida
La muerte es el gran temor universal. La incertidumbre de no saber qué nos sucederá cuando el corazón deje de latirnos, es la mayor fuente de preocupación que agita a los hombres desde el comienzo de su historia. Sin embargo, en nuestros días resulta una paradoja dramática la existencia de un temor contrapuesto: el miedo a vivir, que es otro terrible contagio.
Aunque han pasado unas cuantas semanas, seguimos impactados con el caso de Noelia, la chica de veinticinco años que, después de renunciar a continuar con su vida, logró que le aplicaran la eutanasia. De hecho, se nos ha quedado grabada en la memoria la espeluznante entrevista, emitida por televisión un día antes de su fallecimiento, en la que puso de relieve su sufrimiento físico y, sobre todo, la falta de motivación para seguir adelante a causa de las crueldades sufridas a lo largo de los años.
Como no podía ser de otro modo, las redes sociales se colapsaron con especulaciones, críticas a las personas implicadas, bulos y opiniones dogmáticas sobre qué actitud era la correcta en el caso de Noelia, la mayoría de ellas basadas en una falsa compasión y, sobre todo, en la cosmovisión subjetiva del emisor y no en la empatía con el sufrimiento de la chica. Iban y venían las opiniones a la ligera sobre Noelia y su familia, con barra libre para determinar el bien y el mal en la actitud que habían jugado unos padres –imperfectos como lo son todos los padres– cuyo padecimiento ante la situación de su hija es difícil de juzgar.
El caso de Noelia ha generado especial revuelo porque tiene todos los componentes de una tragedia noticiable. Sin embargo, si se hubiera quitado la vida mediante el suicidio (sin la acción de terceros), formaría parte de esa estadística anónima cada vez más abultada y de la que nadie quiere hablar.
Me pregunto por qué hay tantas personas temerosas no de lo que puede haber después de la muerte sino de lo que hay en la vida misma
Me pregunto por qué hay tantas personas temerosas no de lo que puede haber después de la muerte sino de lo que hay en la vida misma, hasta el punto de decidir que esta es un castigo por las más variadas razones, razones que utilizan para justificar el derecho a exigir que alguien apague su motor.
No juzgo a Noelia porque no he vivido su dolor y porque entiendo que el mundo sea cada vez más inhóspito para aquellas personas que no encuentran el abrigo del amor familiar. Sin embargo, en cualquier caso sigue brillando la luz. Es decir, existen muchos motivos para considerar la vida como un regalo inmerecido.
Eso sí, dicho regalo, con el desgaste provocado por el dolor, el sufrimiento, la desilusión y el miedo, puede convertir a su portador en un juguete roto, especialmente en estos tiempos que corren. La buena noticia es que todos tenemos la opción de actuar como el envoltorio perfecto para el regalo ajeno. Un envoltorio que lo ornamente y, sobre todo, lo proteja. Nuestra bondad, empatía e interés por apoyar a quien está sufriendo tienen el poder de convertir este infundado miedo a vivir en una refundada ilusión por exprimir la vida hasta el último aliento.
Francisco Javier Merino ganador de la X edición www.excelencialiteraria.com
