Opinión
«El impacto educativo de la IA debe ser entendido como una oportunidad, no un atajo para bloquear el aprendizaje: el estudiante universitario no debe dejarse tentar por la máquina».
Cambio climático, calentamiento global, agujero en la capa de ozono, efecto invernadero: llevamos años escuchando todos estos términos relacionados con el medio ambiente en nuestro entorno, en los medios de comunicación y desde gobiernos y organizaciones.
Los periodistas nos hemos creído alguien, reprochó Milan Kundera, que nos da un toque: ¿cómo estamos administrando el derecho a la información? Hemos dado, en nombre de la libertad de prensa, demasiado gato por liebre. Si hablamos de libertad, que sepamos: no solo consiste en hacer lo que se quiera, sino en responsabilizarse de lo que se haga.
Quizá estemos viviendo el momento de cambio más importante al que nos hayamos enfrentado.
La Educación debería estar al margen de las batallas políticas, pero desgraciadamente, en nuestro país nunca lo ha estado. De lo que no hay duda es de que la educación en España necesita mejorar. Es una opinión generalizada o al menos compartida por una gran parte de la población. Basta ver los datos oficiales para convencerse. Y es que, a lo largo de los últimos 30 años las políticas de izquierda han logrado mantener a la educación en un controlado nivel de mediocridad donde cualquier atisbo de excelencia ha sido laminado, donde cualquier intento de evaluación ha sido rechazado y donde cualquier intento de modificación de su modelo ha sido impedido a toda costa.
Las feministas sabemos que necesitamos en nuestro camino no sólo a las mujeres sino también a los hombres. Hombres que comprendan que las mujeres somos seres humanos y no objetos cosificables, hombres corresponsables que asuman sus paternidades en igualdad, hombres que deseen compartir el espacio público con nosotras y que luchen a nuestro lado por nuestra emancipación.




