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La motivación y el esfuerzo, las dos alas para volar

Llucià Pou Sabaté
Teólogo
4 de septiembre de 2023
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El querer es una parte importante de toda educación, y conlleva: motivación, compromiso, esfuerzo. Son tanto competencias afectivas como disciplina en llevarlas a cabo. Así, no solo tengo que ver la necesidad de hacer ejercicio físico y proponerme ir al gimnasio, sino que es importante también mantener tanto la motivación como la voluntad de ir, es decir la disciplina para desarrollar ese propósito, por ejemplo quedar con alguien para hacer deporte o ir periódicamente al gimnasio. Si no hay disciplina, esos propósitos que tomamos muchas veces al empezar el año se van difuminando con el paso de los días.

Se ha hecho popular la frase “cuando hay un por qué, es muy fácil el cómo” hacer las cosas (originaria de Nietzsche y Viktor Frankl). La motivación (el por qué) antecede al esfuerzo por hacer las cosas (el cómo); pero las dos son igualmente necesarias, pues sin motivación uno no se esfuerza (tiene que haber un por qué hago las cosas), al mismo tiempo que aunque desaparezca a veces esa motivación, si no dejo de esforzarme (mantener el cómo) se supera ese momento de bajón, y uno vuelve a motivarse al ver que aquella meta es posible, adecuada y animante, pues se van consiguiendo metas y se evita el desánimo manteniendo el flow, el empuje y concentración para ese proyecto.

En la educación, con frecuencia se absolutiza uno de los dos aspectos: se ha hablado mucho de que lo importante es la motivación, o bien la fuerza de voluntad, cuando lo importante son las dos cosas, como un pájaro que tiene dos alas para volar, no puede volar sin una de ellas, y así nosotros no podemos conseguir ningún objetivo sin motivación y esfuerzo a la vez.

Está claro que la motivación puede ser más alta o más baja, más egoica o más altruista, más centrada en el tener o en el ser. Ella va unida al propósito-intención del por qué hacemos las cosas. La motivación es esa ala que nos permite darle un significado/sentido a todo lo que hacemos, y según ese contexto de búsqueda encontramos el éxito: dinero, satisfacción personal, ayudar a los demás… En general, pueden resumirse en tres los tipos de motivación: tener cosas (motivación externa), mejorar como persona (motivación interna) o ayudar a los demás (motivación trascendente), según lo que llevemos en el corazón. No son tipos de motivación que se excluyan, sino que son aspectos de la motivación, y lo ideal es que estén las tres a la vez: que consigamos cosas externas mediante un trabajo, para realizar nuestros sueños, y ayudemos a crear un mundo mejor al sentir que formamos parte de algo grande y que estamos invitados a colaborar en ello.

La otra ala para poder conseguir cualquier cosa, el esfuerzo, supone fuerza de voluntad, virtudes (de vis: fuerza), y con una repetición de actos con esfuerzo, compromiso, constancia con que desarrollamos esa motivación de la que hemos hablado, vamos teniendo un carácter por el que esas actividades cada vez se realizan con más facilidad, como un deportista que se entrena para acomodar los músculos a desarrollar ese deporte y cada vez consigue metas más altas.

Hay que decir que en todo momento el feed-back entre los dos aspectos, las dos alas, es constante: hay una satisfacción que da el esfuerzo en conseguir logros (internamente por ver que aquello es posible, el reconocimiento social, incluso nuestra química con la euforia de la adrenalina y otros neurotransmisores) y todo ello nos fomenta la motivación que es el motor de esa actividad. Y al revés, cuando se nos hace cuesta arriba hacer algo, el recuerdo de lo que nos motiva es como combustible para seguir adelante a pesar del esfuerzo. Por ejemplo, Viktor Frankl hablaba de la búsqueda del sentido de las cosas, a partir de su experiencia del campo de concentración en el que aguantó por la ilusión de poder volver a ver a su mujer viva: esa era su motivación para esforzarse, luchar y resistir. Ese amor le motivaba a resistir, era su objetivo para luchar y superar cualquier obstáculo. Cada uno puede pensar cuál es su motivación “raíz” de las demás. Pienso que dar lo mejor de uno mismo para ofrecerlo por un amor, siempre es la mejor motivación. Cada uno podemos encontrar nuestra motivación para formar ese carácter según nuestros sueños e ideales.

Recuerdo la película El puente sobre el río Kwai (de David Lean, 1957) sobre unos prisioneros británicos en la Birmania ocupada de la 2ª Guerra Mundial, que no pierden su motivación y su dignidad y luchan dentro de sus posibilidades por unos objetivos, y eso les mantiene con vida y sin caer en la esclavitud de su contexto. Nos recuerda que ante cualquier dificultad de una situación poco agradable, lo fácil es dejarse llevar por la corriente. La llamada educación  “emocional”, o “afectiva”, en el fondo es educación del corazón, entendida como lo  más íntimo del ser humano, nuestro “yo” más interior, donde construimos lo que pensamos, lo que amamos, lo que decidimos: de ahí surgen las virtudes que adquirimos al esforzarnos, el ser sinceros, leales, decididos, generosos, emprendedores, responsables, laboriosos, libres y sin miedo.

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