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Profesores convalecientes al sol

Según la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el estrés, la docencia se encuentra entre las seis profesiones más estresantes. La falta de interés de los alumnos y de autoridad por parte de quienes les educan (padres y profesores) ha convertido la docencia en una profesión de “riesgo”. Y el verano en un periodo de convalecencia.
Miércoles, 4 de July de 2001
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“Le llamemos estrés, ansiedad o síndrome del burn out (quemado), sea como sea… está claro que el colectivo docente está sometido a muchas presiones” dice Javier Carrascal, del sindicato ANPE.

Acumulan tensión durante nueve meses, padecen en mayor o menor medida estrés, ansiedad y, en algunos casos, hasta depresión. Su labor social está desprestigiada e infravalorada, son envidiados por sus largos periodos de vacaciones e incomprendidos por el esfuerzo que conlleva su trabajo.

Los docentes se enfrentan diariamente a la diversidad en las clases, a los niños conflictivos de la llamada “generación.net”, y a la dificultad de enseñar a quienes no quieren aprender. Y de repente, esa situación de tensión constante se corta en seco al llegar el mes de julio. ¿Y que ocurre cuando liberan tensiones y no tienen nada que hacer? Los cursos de verano les mantienen en activo durante las vacaciones y les preparan para la dura vuelta de septiembre.

Emilio Fernández Cid, profesor de Secundaria y especialista en prevención de riesgos laborales, comenta: “No es que el profesor no tenga nada que hacer en verano, al contrario, suele asistir a cursos, cuando lo que de verdad está deseando es desconectar”.

Según Emilio Fernández estos cursos no suelen ser útiles en sí mismos porque la programación es poco atractiva, pero tienen de beneficioso que dan la oportunidad a los docentes de intercambiar impresiones. “Es lo que llamamos apoyo social, y es la mejor arma contra el estrés”, afirma el especialista.

Y en septiembre

El problema, por tanto, no es qué hacen los profesores durante las vacaciones, sino cómo llegan física y psicológicamente a septiembre. “Desconectan por completo, de tal manera que la vuelta es durísima, pues el profesor siente como si llevara toda la vida de vacaciones” explica Emilio Fernández. Los 15 primeros días, que se emplean para preparar las materias y los programas, son un período de adaptación y de replanteamiento.

El trago más difícil es la primera clase del curso, “muchos profesores dicen que sienten un nudo en la garganta cuando se ponen frente a los alumnos, aunque lleven años enseñando” y, añade Emilio Fernández, “hay que tener en cuenta que los niños tienen siempre la misma edad, pero el profesor es un año más viejo”.

El profesor “tiene miedo” a los alumnos, y cada vez más, pues le plantan cara por menos de nada. Siempre tiene que estar intentando no equivocarse. Un error se convierte en una burla, un breve silencio da pie a que el alumno tome la iniciativa y se pongan a hablar. Y la tensión de estar midiendo las palabras termina “quemando” al profesor.

Javier Carrascal, apoya esta idea y cree que el origen del estrés se encuentra en “la falta de preparación del profesorado para abarcar la nueva problemática que conlleva aplicar la LOGSE”. La solución está en conocer las raíces del problema así como las estrategias para combatirlo asegura Carrascal.

Entre las principales causas del estrés de los profesores se encuentran la mala imagen de los docentes en términos de prestigio, el excesivo tiempo que emplean en controlar el mal comportamiento de los alumnos, el exceso de trabajo, la falta de respeto y la mala actitud de los alumnos hacia sus estudios.

Pero mientras la sociedad pone fin a todos estos males, al docente sólo le quedan las vacaciones de verano para darse un respiro y volver a la carga con más fuerza el curso siguiente. 

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