Escuela de baloncesto en silla, para aprender a jugar, para enseñar a vivir

El Club Deportivo Fundosa ONCE de baloncesto en silla de ruedas puede presumir de ser un gran equipo y de tener una Escuela de Baloncesto para chavales.

Estrella MartínezMartes, 5 de febrero de 2013
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“La escuela está destinada para pasar un tiempo bonito, no quiere decir que de aquí den el salto al equipo profesional todos los chavales, aunque ha habido casos que sí”, explica Ángela Descalzo, responsable de la escuela.
Los chicos y chicas que semanalmente se entrenan en el madrileño Colegio “San Agustín” –sede también del equipo profesional– tienen distintas edades y discapacidades, pero comparten el compromiso deportivo de superación. La escuela les da la oportunidad de aprender a jugar al baloncesto en silla, pero también de pasar un rato divertido. A cada entrenamiento va un jugador del equipo profesional “para que tengan un punto de referencia. A los chicos les motiva mucho, les ayuda”, comenta la responsable.
Tres años después de su nacimento, la escuela cuenta con unos 27 chavales de la Comunidad de Madrid y Guadalajara, “¡nunca hemos sido tantos!”, apunta Ángela. “Intentamos aceptar a todo el mundo que podemos siempre y cuando haya sillas, que es el problema de este deporte”, añade.

Sensibilizar en los coles
Poco después de nacer la escuela desarrollaron el proyecto Una Visión del Deporte y la Discapacidad. Gracias a esta iniciativa, Ángela y un jugador del Fundosa ONCE acuden a centros educativos de Madrid. Una vez allí “les doy una charla sobre discapacidad, el jugador hace una exhibición y después se quita de la silla para que los chicos puedan probar”, explica Ángela. Como colofón los invitan a ver un partido de liga y a conocer al resto de jugadores y a los chicos de la escuela. “Si les enganchas durante la visita, luego vienen a los partidos”, apunta, y realmente van, como he podido comprobar en los partidos que he presenciado del Fundosa.
Marga Benitez y Emilia Pérez son un ejemplo de este “enganche”. Las dos son profesoras de Educación Física del CEIP “Fontarrón” –centro de integración de motóricos – de Madrid y acudieron a uno de los partidos con sus alumnos y sus familiares. Previamente ha-bían recibido la visita al colegio de Ángela y un jugador. A pesar de que en este centro están acostumbrados a la discapacidad, “los alumnos se quedaron como locos con la visita, que-rían ir a un partido como fuera e incluso apuntarse al equipo de la escuela”, explica Marga. La clave fue que en el colegio el jugador “nos habló de su discapacidad con naturalidad”, comenta Emilia. Aunque “nuestros alumnos conviven día a día con la discapacidad, fue muy positivo verla en un ejemplo tan claro de una persona que tiene un futuro sembrado”, añade. A todo esto se une que “los veían como héroes porque fueron a los Paralímpicos” –varios jugadores del Fundosa juegan en la selección española y otros en las de sus respectivos países–, apunta Marga, que considera que “son muy importantes este tipo de iniciativas porque a los niños se les despierta la sensibilidad. Así, saben que las personas con discapacidad son capaces de hacer cosas igual o mejor que ellos, e incluso cosas distintas que ellos mismo no saben hacer”. Es aquí cuando aparece la normalidad entre unos y otros “se miran de tú a tú”, termina.
Sin embargo, los niños y jóvenes asimilan con cierta facilidad esta normalidad, suelen ser los adultos a los que les cuesta más. “Es casi más importante que vengan a los partidos los padres y que vean a los jugadores y a los chavales de la escuela –que no se pierden ningún encuentro– porque ellos tienden a proteger un montón a sus niños”, comenta Marga. Una postura que comparte Raúl Núñez, jefe de equipo del Fundosa ONCE: “Realmente las discapacidades son todas o ninguna, dependiendo del entorno en el que crezcas. El entorno puede ser una barrera insalvable o un estímulo diario”. Lo “primero para asumir la discapacidad es que lo asuma la familia, asumiéndolo ellos, el discapacitado tiene más posibilidades de sembrarse un futuro, de ser autónomo, que al final es de lo que se trata”, completa Emilia. Una sobreprotección contra la que no es fácil luchar, como ellas mismas reconocen. “La situación de las familias no es fácil, por eso este tipo de actividades vienen muy bien, porque lo ven directamente”, concluye Emilia.
Los centros interesados en recibir la visita de Ángela y los jugadores pueden ponerse en contacto con ella a través de la página web www.cdfundosaonce.com o del correo escuelabsrfundosa@gmail.com.

El baloncesto en silla
“Para jugar al baloncesto en silla tienes que tener una discapacidad física o motórica reconocida”, explica Ángela. “Esta dicapacidad puede ser, por ejemplo, una pierna amputada –por lo que puedes caminar con una prótesis– o una lesión medular –no puedes andar–. La cosa es que cuando estás en el campo tienes que estar en la silla”, añade.
En función de la lesión cada jugador tiene una puntuación médica, que aumenta cuanto mayor es la discapacidad. Por ejemplo, Terry Bywater tiene una puntuación de 4,5 por su amputación congénita de la pierna izquierda, mientras que Daniel Stix tiene un 1,5 por su paraplejia. Esta puntuacion es importante porque los cinco jugadores que estén jugando no pueden sumar más de 14,5 puntos, lo que garantiza diversidad de lesiones en la cancha.
“Animamos a la gente a que venga a los partidos porque cuando los ven desmitifican un poco la discapacidad. Ve que es un deporte de élite”, arenga Raúl. Opinión que comparte Bywater, “la gente se queda sorprendida porque es muy rápido, duro, tiramos a canasta igual que los que juegan de pie. Es un deporte espectacular, es el mejor deporte del mundo”.

No mires la silla, mira al deportista
El Fundosa ONCE tiene un buen palmarés en España –son primeros de liga– y Europa, a pesar de lo cual todavía hay quien dice que esto no es un deporte. A esta postura responde Terry Bywater, pívot del Fundosa y uno de los mejores tiradores del continente: “La gente que piensa eso está un poco loca. Yo tengo la confianza de que si lanzo a canasta contra alguien que está de pie puedo ganar, porque éste es mi trabajo. Entreno y me preparo como el resto de deportistas, cinco veces a la semana, dos veces al día. En España es un deporte profesional, yo me gano la vida con esto y es el mejor trabajo del mundo”. En este sentido, los Paralímpicos de Londres han sido un ejemplo, “allí el público no miraba la discapacidad, miraba a los atletas, si sólo ves la discapacidad no te das cuenta de lo buenos deportistas que somos. Esto fue bueno porque todo el mundo vio que la gente con discapacidad puede hacer deporte”, concluye Bywater.

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