Cuando tus escuelas son atacadas, así viven los menores refugiados palestinos

Unrwa es la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo. Nació en 1949 para proveer de Educación, servicios sociales y salud Primaria a la población refugiada palestina. En el plano educativo “gestionamos 700 escuelas con medio millón de niños matriculados, la mitad de ellos niñas”, explica Raquel Martí, directora ejecutiva de la organización en España.
Estrella MartínezMiércoles, 8 de junio de 2016
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Escuela Husseiniyeh en Siria, uno de los centros que han sufrido ataques.

De hecho, uno de sus logros es “haber conseguido la equidad de género en las matriculaciones en los años sesenta y la seguimos manteniendo”. Su labor educativa se realiza en 58 campos de refugiados que están en los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania, Siria, Jordania y Líbano.

Según un informe publicado por el Banco Mundial, “los refugiados de Palestina son los mejores formados de todo Oriente Medio”, comenta con orgullo Martí, “si nos vamos a Líbano, las mejores notas las sacan nuestros niños; si nos vamos a Jordania, las mejores notas también son de nuestros niños…” Martí resalta también que los porcentajes de niños sin escolarizar son muy bajos, “por ejemplo, ahora en Siria sí es más alto, teníamos casi 90.000 niños escolarizados y ahora tenemos la mitad, pero para intentar que no se pasen los años y los niños estén fuera de la escuela, hemos desarrollado recursos como material autodidáctico que los niños pueden descargar de internet”. Además, la organización dispone de una televisión por satélite, Unrwa TV, en la que todos los días se programan clases. Fue un proyecto que nació en Gaza, “donde ya llevamos muchos años bajo ofensivas militares y destrucción de escuelas”, y que se ha exportado a Siria.

Ataques a escuelas
Los niños refugiados palestinos “han aprendido de forma muy temprana lo dura que es la vida, lo que les ha hecho perder su infancia”, explica Martí. Muchos han visto destruidas sus casas, a familiares morir delante de ellos, “han aprendido a base de bombas”. Sobre el papel, la escuela tiene que ser un lugar seguro para ellos, pero no siempre lo es. “Cuando decimos que la mitad de nuestras 692 escuelas han sido atacadas, nos referimos a ataques físicos y a situaciones violentas que interrumpen el funcionamiento normal de una escuela”.

La situación varía según las zonas, pero, desgraciadamente, ninguna resulta inmune a los ataques y, lo que es peor, en muchos de ellos los niños estaban en clase. Por ejemplo, “en Siria tenemos bombardeos, lanzamientos de barriles bomba desde helicópteros, atentados con coche bomba, grupos armados entrando en las escuelas, fuego cruzado en el que se ha visto involucrados colegios”. En Líbano, por su parte, es donde menos ataques hay, pero aún así “ha habido enfrentamientos armados entre las distintas facciones de palestinos que hay dentro de los campos o con el ejército libanés en los que ha habido escuelas afectadas”. En Cisjordania lo que más hay son “enfrentamientos entre grupos palestinos y el ejército israelí”, continúa narrando Martí, además de lanzamiento de gases lacrimógenos contra las escuelas. En Cisjordania y Gaza han creado un programa de sensibilización sobre artefactos explosivos sin detonar, “tenemos colecciones de todo tipo en nuestras escuelas”, apunta la directora. En Gaza, bloqueada por Israel desde 2006, han bombardeado sus escuelas, han disparado a niños en la puerta del colegio. “Los niños saben identificar los cazas F-16 israelíes que los sobrevuelan constantemente, saben cuando Hamas lanza un cohete, saben qué cohete es, saben cómo es un misil israelí, conocen perfectamente el sonido de cada uno de ellos, el de los drones, el de los helicópteros”. Nos encontramos, por tanto, ante niños con “una crisis postraumática crónica porque han visto ya tantas cosas de forma recurrente que no consiguen superar los múltiples traumas”, y es que en Gaza no puedes huir de los enfrentamientos, de Gaza no se puede huir, únicamente queda esperar a la nueva ofensiva”.

Raquel Martí denuncia que “los que lanzan ataques contra las escuelas tienen que ser juzgados y sancionados. Si no existe una responsabilidad sobre lo que has hecho, por qué te vas a molestar en no volver a hacerlo”, se pregunta. El hecho es que ningún Gobierno ni grupo armado puede atacar instalaciones de Naciones Unidas. Por eso la “gente se siente relativamente segura en nuestras escuelas y, por ejemplo, en Gaza, cuando hay una ofensiva israelí, las abrimos para que se refugien en ellas”. Efectivamente la seguridad es relativa, pues nada ha impedido que se ataquen estos lugares perfectamente señalizados por la ONU, tanto cuando solo hay niños en clase, como cuando hay también adultos refugiados, principalmente mujeres.

Una Educación de calidad
La importancia de la Educación en zona de conflicto o en n campo de refugiados es crucial, algo que a mucha gente todavía le cuesta ver. “Si los niños no están escolarizados, dónde están”, pregunta la directora ejecutiva. “Si están en los colegios no están en las calles, ni pidiendo, ni trabajando, ni siendo explotados sexualmente o laboralmente, ni cayendo en las redes de los grupos armados o mafias”. Por otro lado, “el niño, como los adultos, necesita una normalidad porque si no se vuelven locos, y el colegio da sentido a esa normalidad”. Del mismo modo, la Educación es una “forma de esperanza de futuro: esto va a acabar en algún momento y necesito estar preparado para ese momento”.

Se trata, por tanto, de garantizar una Educación, pero esta debe ser de calidad. En Unrwa tienen una facultad dedicada a formar profesores y a su posterior formación continua. Ante las dificultades que supone para muchos de ellos desplazarse, también se sirven de las nuevas tecnologías. Los profesores trabajan en base al currículum escolar de cada lugar. Un currículum que enriquecen con un sistema de tolerancia cero frente a la violencia o con una base de Educación en Valores con la intención de que la violencia de su día a día no se replique en la escuela.

Por otro lado, Unrwa tiene 23.000 trabajadores educativos, de los cuales la inmensa mayoría son refugiados de Palestina. “A la hora de contratar los priorizamos a ellos. Nuestros trabajadores son los propios beneficiarios, con lo cual nos sirven de filtro para saber qué necesitan los refugiados, pero, sobre todo, para saber si lo estamos haciendo mal. Tenemos a los mayores críticos dentro de casa, lo que nos hace estar constantemente actualizados”, concluye Martí.

La apuesta total por la Educación
Los buenos resultados académicos que obtienen los refugiados palestinos son fruto del fuerte compromiso educativo que tienen. “Los refugiados consideran que lo más importante que tienen es la Educación”, explica Raquel Martí, directora ejecutiva de Unrwa España. “Es un compromiso que he visto también en los refugiados saharauis. Cuando un pueblo no tiene un estado, pero es a lo que aspira, tiene que formarse y estar preparado para conseguirlo. Y esto es algo que se transmite de generación en generación”.

Hay muchos ejemplos de este compromiso educativo en situaciones que siempre resultan adversas. Martí cita Yarmuk, por ejemplo, “un campo que hay en Damasco que tenía 160.000 habitantes y varias escuelas. Fue bombardeado, arrasado. La mayor parte de la población huyó”, narra la directora. “Desde entonces hasta la actualidad han pasado por una serie de catástrofes, una detrás de otra”. Fue asediado y se impidió la entrada de ayuda humanitaria, por ejemplo. Cuando Unrwa consiguió entrar nuevamente en el campo, “la gente se estaba muriendo en unas condiciones terribles”, recuerda. Y, sin embargo, “los niños siguieron estudiando. Se organizaron aulas en casas y edificios, y los profesores que continuaban viviendo en el campo siguieron dando clase a sus alumnos”.

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