El salario emocional

Carmen Guaita
Maestra y escritora
4 de octubre de 2016
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“La profesión docente sufre una curiosa paradoja: es una gran profesión a la que cuesta reconocer una gran profesionalidad”. Antonio Reis Monteiro, profesor de la Universidad de Lisboa.

Esta paradoja condensa muchos de los problemas que aquejan a los docentes de hoy, en una sociedad que hace elogio de la Educación y desprecio de los educadores. Así, los docentes vemos cada día cuestionada nuestra capacidad para tomar decisiones pedagógicas y académicas, para mantener el orden y la convivencia y para ejercer una labor educativa complementaria a la de la familia. A veces parece que no estamos incluidos en el Derecho a la Educación, que para nosotros es sencillamente el derecho a enseñar, como para los alumnos es el derecho a aprender.

Me pregunto el porqué de esta situación, cuando conozco de primera mano claustros enteros que realizan una tarea educativa de alta calidad, a veces en circunstancias complicadas. Tal vez haya llegado el momento de que los propios centros, sobre todo los públicos, salgamos a contar todo lo que hacemos bien, y accedamos a la cultura de la comunicación, en vez de sacar a la luz solamente nuestras necesidades o carencias.

El descrédito de la profesionalidad docente se está demostrando a las claras en este último debate sobre los deberes escolares. En él ha participado, a través de un anuncio televisivo, una actriz insólita: la empresa sueca Ikea, que está en contra. Es curiosa esta pose para un negocio de venta de, entre otras cosas, preciosas estanterías y mesitas de estudio. Pero yo no quiero frivolizar. Lo que quiero expresar, ya en serio, es que la opinión pública ha escuchado testimonios de padres contrarios a los deberes, de padres a favor, de expertos del ámbito universitario, tertulianos y comentaristas, todos con su derecho a la opinión. Sin embargo, ninguno de ellos ha hablado de que un profesor sabe lo que hace cuando pone deberes a sus alumnos, porque eso forma parte de su tarea profesional. Y de que siempre está abierto al diálogo con las familias y con el resto de sus compañeros.

A quienes estamos en el aula cada día nos resulta muy duro comprobar que los destinatarios de nuestra tarea valoran poco nuestro trabajo. Duele que la docencia se convierta en recurso para la caricatura de trazo grueso o para la crítica de barniz sociológico; duele que los profesores estemos definidos, en el catálogo de los tópicos, por la duración de nuestras vacaciones de verano. La valoración de nuestro trabajo es ya una cuestión de “salario emocional”, de reconocimiento explícito de una labor de gran responsabilidad, que requiere compromiso ético profundo y una dedicación intensa y absorbente.

Los informes internacionales demuestran que en aquellos países que consideran a la Educación como actuación prioritaria, el profesorado goza instantáneamente de mayor respeto y consideración por parte de todos. Por tanto, la única posibilidad de invertir esta paradoja consiste en mejorar la posición que ocupa la Educación en las políticas de Estado.

Habrá que esperar.

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