Una sola generación

Carmen Guaita
Maestra y escritora
29 de enero de 2018
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La violencia en el ámbito juvenil vuelve a ser noticia. Sin embargo, en los claustros no la hemos comentado apenas. Tal vez para convencernos de que la muerte de dos ancianos a manos de unos chiquillos no supone un motivo de alarma. O tal vez porque a todos, al escuchar la noticia, se nos ha venido a la cabeza ese alumno callado y taciturno que escribe cuentos tenebrosos y dibuja muñecos gore; ese que está durante muchas horas del día –y de la noche– expuesto a la agresividad que mana desde 1.000 pantallas. “Me echo agua en la cara de madrugada para seguir despierto jugando a la Play”, me decía ayer mismo un niño de 8 años. Los profesores no sabemos cuándo se desborda el vaso, cuándo la sobredosis de violencia externa y soledad interior muta el juego infantil en paranoia. Tampoco sabemos cuándo se olvidan definitivamente las consecuencias de los propios actos, aunque convivimos con chicos que crecen en una sociedad de actos sin consecuencias. Y al darles clase, al apuntar uno cualquiera de los límites que la Educación pone en la naturaleza del ser humano, los percibimos sobreprotegidos por sus familias en lo banal y abandonados en lo esencial.

¿Qué puede hacer la escuela ante el tsunami de violencia que acompaña el desarrollo psíquico de los niños? Algo y nada. Algo si comprendemos que la tarea principal de los docentes es el “traspaso” del modo de empleo de la vida. Aunque se nos apremie para subir puntos en PISA, la docencia es un encuentro personal en el cual alumnos y maestros recorremos un camino ético. Así que ahí estamos, redoblando las iniciativas a favor de la convivencia y la acción tutorial. Ahí estamos con nuestros reglamentos de centro, embutiendo el teorema de Pitágoras entre artículos de la Declaración de los Derechos Humanos.

Pero no podemos hacer nada sin el aporte a la comunidad educativa de profesionales de la psicología, la pedagogía terapéutica, la compensatoria. La crisis se ha llevado la mayoría de los apoyos de los centros educativos. Los que quedan apenas pueden acompañar a los alumnos con dificultades de aprendizaje, y para los que tienen dificultades de relación con los demás queda solo el tutor, a cuenta de su vocación docente. Por cierto, nunca se ha considerado que la psiquiatría infantil deba tener sitio en la escuela.

No podemos hacer nada sin una familia que se implique con responsabilidad en la Educación de los hijos. Esa familia también necesita apoyo de la sociedad: mensajes educativos desde los medios de comunicación, menos banalidad, mejores ejemplos públicos, menos violencia estructural. ¿Cómo hacer comprender a los padres que la violencia es devastadora para la mente infantil?

Por último, los centros no podemos hacer nada sin una buena política educativa. Ahora se habla de resucitar una mesa para la convivencia escolar. Yo ya no creo en las “mesas”. Se trata de reconocer la labor en las aulas, de otorgar a los profesores un rango de valor. Cuando los gobernantes desacreditan la labor docente abren la puerta a una dinámica perversa en la cual la sociedad no respeta, por tanto la familia no respeta, por tanto el alumno no respeta.

Este es un tema que debería preocuparnos mucho a todos. Me sumo a la reflexión del director de cine Guillermo del Toro: “Si consiguiéramos que la infancia no sufriera violencia y traumas durante una sola generación, el mundo cambiaría completamente y tal vez para siempre”.

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