Alegato contra la mediocridad

Juan Francisco Martín del Castillo
El autor es doctor en Historia y profesor de Filosofía en el IES ‘La Isleta’ de Las Palmas de Gran Canaria
15 de enero de 2019
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Llevo advirtiéndolo más de dos décadas. No soy el único por supuesto, pero, por mucha fuerza que se haga en la buena dirección, la ignorancia y la mediocridad parece que se imponen. La Educación en Europa y, especialmente, en nuestro, país está abocada al colapso si no se arbitran medidas para que las dos anteriores no se apoderen de la juventud, y con ella, del conjunto de la sociedad. Sin embargo, poco caso se hacen de las señales que presenta el sistema educativo nacional. Una de ellas, que algunos contemplan como una panacea, es la que el Gobierno de Sánchez bendice como el “aprobado por compensación” en el Bachillerato, al igual que ya se hace en la universidad, cuando a un alumno únicamente le queda por superar una asignatura para terminar sus estudios de Grado.

Me avergüenza decirlo, pero ya existe de facto en la práctica cotidiana de los centros escolares por la presión de los padres, la de una parte significativa de los docentes y, claro está, la de los propios interesados, al margen de que la Administración educativa también empuja lo suyo. Pero, ¿por qué es nociva esta nueva aventura? ¿Por qué la Educación no debe ceder al chantaje de la comprensividad? Son tantas las razones que se pueden exhibir en defensa del sentido común en la enseñanza que lo mejor es resumirla en una: el progreso moral e intelectual de un país.

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¿Por qué la Educación no debe ceder al chantaje de la comprensividad? Son tantas las razones que se pueden exhibir en defensa del sentido común en la enseñanza que lo mejor es resumirla en una: el progreso moral e intelectual de un país.

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Dicho así, nadie invalidaría el argumento, pero, como profesor en activo, voy a darle un contexto a la afirmación. En primer lugar, los mediocres de siempre han existido y seguirán existiendo, eso es indudable, lo diga Agamenón o su porquero. Sin embargo, desde la antigüedad, desde la misma época en la que la Ilíada de Homero se transmitía de boca en boca, se dejaba meridianamente claro que la excelencia o la virtud eran lo contrario a la medianía, sabiéndose que en el propio individuo, por raro que nos parezca al presente, radicaba el valor de un país. A tanta virtud, tanta armonía. Cuanto mejor fuera la persona, mejor sería la convivencia y, por ende, mayor el avance de una nación.

En este sentido, la Educación juega un papel crucial en el freno de la mediocridad o, por lo menos, ese era uno de sus objetivos hasta la llegada del delirio pedagógico. Con éste, la enseñanza se ha retorcido de una manera que ya ni se reconoce a sí misma. Antes, en el aula, al mediocre se le contenía y se le animaba a esforzarse para llegar siquiera a rozar el talento, aunque, en absoluto, estuviera dotado de él. Ahora, al que se contiene es al excelente, al que intenta separarse del resto. Se pretende evitar una desigualdad, nacida de la naturaleza, con una clara injusticia, amparada por uno de los pecados capitales del hombre, el de la envidia.

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La Educación juega un papel crucial en el freno de la mediocridad o, por lo menos, ese era uno de sus objetivos hasta la llegada del delirio pedagógico

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El mediocre, el que se sienta justo al lado del pupitre del talentoso, lo mira y piensa que él merece lo mismo que el otro, que no hay razón para que, compartiendo espacio y tiempo, no sean tratados igual cuando llega la evaluación. ¿O acaso las personas no nacen con idénticos derechos? La respuesta, repito, antes era tan diáfana que asusta ver cómo es el ahora. Los chicos mediocres han perdido el respeto por el rendimiento objetivo y vuelcan su furia en lo que creen una flagrante injusticia, es decir, el que no se les conceda el aprobado por no llegar a lo que el talento sobrepasa con creces. Es más, la envidia se ha convertido en el argumento moral para la compensación educativa. Se dice que “la autoestima del alumno” es la que fundamenta la medida que aspira a implantar el gobierno.

Y uno se pregunta: ¿qué es eso de la “autoestima” sino el reflejo de una mediocridad? Una mediocridad no solo no asumida por el protagonista, lo cual hasta se puede entender, sino aupada por las autoridades a rango de ley. El mediocre no es tonto –muchos lo olvidan, incluso los que no deberían, los docentes abducidos por los falsos pedagogos– y cuenta con que la envidia que le gobierna será atendida en la misma medida en que se conciba como una discriminación educativa.

Y, de este modo, lo que, en su esencia, es uno de los peores defectos del hombre, por arte de magia se erige en pilar de la enseñanza. Ya no es la búsqueda de la excelencia, sino la atención del que más se queja, del consentido, el que menos rinde, el invidus latino, el que mira mal a los compañeros consumido por los celos. En fin, ya no se trata de formar en valores y conocimientos, sino de atender a la diversidad, el eufemismo que oculta una descarada medianía.

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A algunos, al leer esto en voz alta, les sonará a elitismo, pero es que un país necesita a los mejores, a los médicos en los hospitales, a los ingenieros que diseñan y construyen los puentes, o los aviones, o los barcos

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A algunos, al leer esto en voz alta, les sonará a elitismo, pero es que un país necesita a los mejores, a los médicos en los hospitales, a los ingenieros que diseñan y construyen los puentes, o los aviones, o los barcos. Pero, también a los profesores de universidad, a los escritores, a los intelectuales en general, porque constituyen el eje sobre el que se vertebra una sociedad. Por descontado, debe existir un sistema de instrucción básico que respete la equidad, pero sin olvidar lo que los griegos sabían: si mayor es la virtud, mejor será la convivencia.

Lo que ahora se persigue, por el contrario, estaría en estas otras coordenadas: cuanto más se posterga la excelencia, más ecuánime se vuelve la enseñanza. Evitar que el alumno se sienta discriminado en su estima personal y compensarle para que alcance el aprobado es el principio del fin, la reducción de la Educación al absurdo, porque quien dice una asignatura, también dirá dos o quizás tres, y, ya puestos, por qué no todas. Entonces, sí, la ignorancia y la mediocridad habrán triunfado.

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