Entre vertederos

22 de octubre de 2019
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Tomé el autobús de la línea 23 en la ciudad de Málaga para regresar del cementerio este verano. Llevaba un buen libro sobre música que me acompañó en mi espera del autobús, sin embargo, en cuanto subí al autobús y este inició la marcha, mi atención quedó atrapada por toda la información que el recorrido ofrecía.

El trayecto de esta línea pasa por una zona o barriada llamada Los Asperones, un conjunto de chabolas y casas prefabricadas (me duele decir la palabra “casa” en este contexto), más bien viviendas que personas han tenido que ir resolviendo para poder vivir en alguna parte, con todo lo que ello supone. Trozos de uralita, tinglados formados con colchas, coches destrozados que parecen emplearse como dormitorio, pintadas, grafitis, materiales de construcción muy precarios, materiales de desecho, basura, juguetes rotos…, juguetes rotos.

Miré atentamente buscando la escuela, pues la visité en la etapa en que trabajé en la Administración educativa y quería situarla en el barrio, ahora que tenía la posibilidad de verlo en su conjunto desde el autobús, pero no la encontré. Recuerdo aquellas visitas a la escuela, acompañando a cargos políticos, quienes eran recibidos por la directora y años después por el director con amabilidad y cariño. Me recuerdo tomando café con leche en el comedor del colegio en vaso de Duralex, en torno a una mesa cubierta por un hule con flores. Visitas oficiales donde la persona que ocupa el puesto político debe cumplir varios objetivos: primero el que debería ser el primero: ver una realidad y tomar conciencia de que existe. Segundo, pero prioritario para el político: hacerse fotos y publicitar que estas realidades están en su agenda para que la ciudadanía sepa que los barrios desfavorecidos le interesan. Y tercero y el más importante: escuchar a quienes trabajan en ese contexto, conocer sus necesidades y concretar qué recursos van a aportar para que todo mejore un poquito.

Me recuerdo tomando café con leche en el comedor del colegio en vaso de Duralex, en torno a una mesa cubierta por un hule con flores

Ciertamente, así se hacía: se escuchaba y se asumían compromisos y puedo corroborar que yo como técnica me he encargado de hacer las correspondientes gestiones para que esos recursos llegaran. Sin embargo, la vista del barrio desde el autobús aquella mañana, me aportó una nueva perspectiva del barrio, porque el recuerdo que tenía de la escuela era del centro educativo en sí, un buen centro, muy bonito, acogedor, entrañable y dirigido por extraordinarios profesionales tan comprometidos que prefieren trabajar en ese colegio a incorporarse a su centro de destino, más cercano a su casa y con mucha menos dificultad.

Desde esta nueva perspectiva que me ofrecía el autobús no se veía la escuela y recordé cómo llegué hasta allí en mi visita oficial: en coche y de puerta a puerta, para conocer la escuela, únicamente la escuela, como una isla de orden, paz y limpieza, isla dentro de un océano de caos, miseria y suciedad. Al político se le lleva rodeado de personas que le cuentan su realidad y sus necesidades y le piden recursos, se le transporta de puerta a puerta pero no ve el conjunto.

Observando el barrio desde el autobús, vi además que el barrio está situado entre vertederos de basura, desguaces de coches y descampados. Busqué pero no encontré la escuela y me llamó la atención un correpasillos que había en un habitáculo que parecía utilizarse de cochera, en ese barrio viven niños, recordé.

Los mismos niños que cada día van al colegio, a esa isla de paz en medio del caos, vuelven al caos al final del horario escolar. En la escuela es donde desayunan y almuerzan, un orden en la comida, el único orden, orden dentro del caos… Recuerdo que la directora dijo que la comida del colegio era para muchos la única comida del día… Al ver este panorama desde el autobús en mi cabeza empezó a sonar un mantra: “no hay derecho, no hay derecho”.

En otros artículos he comentado la metáfora del reparto de cartas de la baraja que el nacimiento nos otorga a cada uno para que juguemos la partida de nuestra vida. A los niños que nacen en estos contextos de pobreza y marginalidad les tocan cartas realmente malas, muy malas, pues aunque hayan sido agraciados con las cartas de la salud, inteligencia, bondad y belleza, ya en la primera mano de la partida, la vida les hará trampas…

Frecuentemente hablo con personas de este asunto, de las cartas que la vida nos entrega en el momento del nacimiento y de cómo jugamos con ellas en la partida de la vida. La soberbia de la juventud o quizás la falta de perspectivas de algunos adultos, llevan a creer que las personas tienen lo que se merecen gracias al esfuerzo y es cierto, pero solo en parte. El esfuerzo entra en juego cuando la partida ya ha empezado y muchas personas a las que les ha ido bien en la vida, no recuerdan que también es verdad que en el reparto de las cartas de la baraja de la vida, les tocaron buenas cartas.

La soberbia de la juventud o quizás la falta de perspectivas de algunos adultos, llevan a creer que las personas tienen lo que se merecen gracias al esfuerzo y es cierto, pero solo en parte

En mis años como orientadora he podido comprobar que hay una carta que nunca falla, incluso aunque todas las demás sean malas: la carta del apoyo familiar. Hay familias que apoyan a sus niños incondicionalmente, con amor y total entrega, con el cuerpo y con el alma, y esos niños salen adelante incluso aunque estén afectados gravemente por una discapacidad, malas cartas de inicio jugadas con la fuerza del amor.

Sin apoyo familiar, la carta de la salud no se conservará, ni la belleza. La carta de la inteligencia perderá las oportunidades de desarrollarse y optimizarse, y la carta de la bondad no podrá jugarse porque hay contextos donde se confunde ser bueno con ser “tonto” y no queda más remedio que aprender estrategias de supervivencia, de maldad y de ataque como defensa.
“No hay derecho, no hay derecho” y “algo” hay que hacer. La desigualdad es uno de los grandes problemas del siglo XXI. No es justo, no es ni siquiera humano, que el reparto de la riqueza en el planeta se haya descompensado tanto y aunque la ciudadanía de a pie no tengamos responsabilidad en su origen, sí tenemos la obligación moral de hacer “algo”, por fraternidad, porque todos somos igual de personas, por humanidad. Por eso, tampoco se entiende cómo abordan en algunos países ricos la llegada de personas de lugares pobres que buscan refugio en zonas que se perciben con más riqueza y prosperidad. No se entiende porque ni los pobres hicieron nada que les determinara un destino de pobreza, ni los ricos tampoco hicimos nada que nos lleve a merecernos un entorno de riqueza, porque es solo “suerte de cartas”.

Ser mujer, inteligente y sana tiene un significado muy distinto en la Europa del siglo XXI que en la del siglo XVI y a su vez, aunque siga siendo en el siglo XXI, es muy diferente en Europa que en algunos países de legislación oficial discriminadora y machista.

Ser mujer, inteligente y sana tiene un significado muy distinto en la Europa del siglo XXI que en la del siglo XVI y a su vez, aunque siga siendo en el siglo XXI

No toda la prosperidad es atribuible al propio esfuerzo y es necesario reconocer que existen unas cartas de inicio que condicionan la partida de la vida, si bien el apoyo familiar y la resiliencia es capaz de ganar pulsos al determinismo realmente sobrecogedores y admirables. Las personas que hemos tenido la suerte de que el azar (valga la redundancia) nos haya beneficiado con buenas cartas tenemos la responsabilidad moral de contribuir a mejorar las oportunidades y condiciones de vida de esos niños y niñas más desafortunados en el reparto, con la honestidad en nuestras obligaciones fiscales, con el compromiso por la excelencia y calidad en nuestro trabajo, con la elección de políticos que sepan abordar con humanidad y especialmente con profesionalidad estas cuestiones y con nuestra mirada abierta y siempre atenta a otras realidades con las que convivimos y que a veces, también por azar, nos muestra un autobús.

Ana Cobos, presidenta de Copoe, orientadora del IES “Ben Gabirol” de Málaga, profesora de la Universidad de Málaga.

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