¿Cómo se puede ser bueno cuando todo es tan caro?

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Tanto la experiencia biográfica como la histórica nos habla de la imposibilidad de cualquier paraíso terrenal, entendido este como cúspide de la perfección. Concebir lo humano en términos de plenitud lleva a un callejón sin salida. Ni la perfección ni la plenitud son de este mundo. Nuestra condición, por contra, es la de las afueras. Y como seres vulnerables que somos, en las afueras nada alcanza más sentido que el amparo y la generosidad. La bondad se erige en nuestra mejor aliada. Se manifiesta a través de cierto repliegue de la personalidad, un sentir pasivo que, sin embargo y paradójicamente, nos abre a los demás. (La penúltima bondad, J. M. Esquirol).

Anota Kafka en su Diario (19 de febrero de 1911) que cuando te invitan al mundo, a la participación constante en la fiesta del ser y sus máscaras, es muy recomendable quedarse en el umbral, subir las escaleras casi sin darse cuenta, como quien anda hundido en sus pensamientos. Sólo así –dice– se actúa como es debido a uno mismo y con respecto al mundo.

Más claro se muestra en este sentido José Antonio Marina: “La mayor creación de la inteligencia humana –afirma– no es el arte, ni la ciencia, ni la tecnología. La mayor creación de la inteligencia humana es la bondad”.

Ni la perfección ni la plenitud son de este mundo. Nuestra condición, por contra, es la de las afueras

En la obra de Bertolt Brecht El alma buena de Se Chuan, la protagonista Shen Te, mujer generosa, no está segura de ser buena: “Quisiera serlo de veras; pero entonces, ¿cómo arreglármelas para pagar el alquiler (…) ¿Cómo se puede ser bueno cuando todo es tan caro?”.

Es difícil. Hay que insistir en que no conviene mostrarse con rotundidad, en narcisista demasía. No nos hace bien. Ni lo hacemos. Los focos deslumbran. Al igual que la oscuridad, la luz excesiva todo se lo traga. En cambio, la amabilidad, la gracia y la bondad pertenecen a una zona intermedia –estética– donde uno puede brillar modesta y éticamente, sin fuegos fatuos ni artificio. Y hacer brillar al resto. Eso es la bondad, tan necesaria para vivir en las afueras.

¿Y qué mayor acto de generosidad que la del maestro que humildemente reconoce su segundo plano y deja que sea el alumno quien vaya descubriendo con su ayuda su propio aprendizaje? De lo contrario, su interposición ensombrece y no ampara. Enseñar se convierte así en un acto de bondad (un deseo de alegría en el fondo y de silencio) de quien se sabe falible y vulnerable (en las afueras), de quien duda y enseña a dudar como herramienta dialéctica contra la intolerancia y la imposición. Maestros que son, en el buen sentido de la palabra, buenos.

 

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