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La pizarra

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Me la compraron cuando era niño. Mi padre hizo los agujeros y la clavó en la pared. Era una pizarra negra con un pequeño marco de madera. Admiro la intuición que tuvo mi padre. Porque fue una revelación aquella pizarra, un extraño milagro, una especie de Aleph. Supuso una invitación a la vida, a la imaginación, a la lógica, al juego y a la fantasía. No sé qué hubiera sido sin aquella pizarra. Puedo escribir mi biografía a partir de las pizarras que a lo largo del tiempo he tenido. Pero aquella fue la primera.

Por ella comencé el peregrinaje por mi habitación, de un lado para otro, hablando en voz alta, escribiendo esquemas, garabateando fórmulas químicas etc… Aún me pregunto qué pudo llevar a mi padre a comprar aquella pizarra. ¿Dónde la compró? ¿Supo intuir acaso la transformación que obraría en mí? ¿Fue ese su oculto objetivo?

Me puse a imitar a mis maestros. A don Manuel sobre todo. Nos enseñaba Matemáticas y daba gusto verle escribir en la pizarra. Trazaba círculos perfectos, líneas rectas, números y letras en armonía con el espacio infinito de la pizarra, una obra maestra. Y aquel sonido hipnotizante –cual flauta de Hamelín– que hacía la tiza al escribir sobre su superficie. Quise ser docente al ver cómo pintaba don Manuel en la pizarra. Y el esmero que ponía en borrarla. Pura delicadeza, ternura, amor, belleza.

Quise ser docente al ver cómo pintaba don Manuel en la pizarra. Y el esmero que ponía en borrarla. Pura delicadeza, ternura, amor, belleza

Porque nacemos para amar, para dejar huella. Es nuestra grandeza y también a veces nuestra miseria. De ahí la pizarra y la tiza y nuestros pasos perseverantes y nuestras manos. Luego el agua, el viento, el paso de la historia lo borran todo. Nos pasamos la vida volcando nuestra mente sobre la pizarra para comprendernos: conocimiento tangible hecho materia desde la materia misma de nuestras manos y nuestro cuerpo.

Por eso a los niños les encanta pintar en la pizarra. Aman pintar en la pizarra. Les das una tiza y se ponen a pintar. Es algo natural. Luego el espacio y la vida se van achicando y uno deja de ser niño y un buen día ya no pinta en la pizarra, ya no juega con la pizarra. A los hombres de las cavernas les encantaba dibujar en las paredes. Eran como niños los hombres de las cavernas.

Porque libera salir de nuestra cueva egocéntrica y comprobar que el mundo existe y que tú también existes, ves el trazo que vas dejando y te reconoces, tomas conciencia de lo que eres. Todo pasa pero la memoria del trazo permanece. Es el reconocimiento de nuestra huella lo que nos diferencia de todo lo demás, de ahí la atávica obsesión por escribir, por dejar una señal que nos recuerde. La luna es una gran pizarra blanca y lo primero que hizo Armstrong fue dejar su huella. Su pisada.

La luna es una gran pizarra blanca y lo primero que hizo Armstrong fue dejar su huella. Su pisada

Como todo lo bello, que salva y redime, escribir bien en la pizarra es un arte. Lo que recuerdo de mis profesores es la relación que en la tarima establecían con la pizarra, una especie de alien para algunos, un tótem para otros. Marcaba diferencias. Había profesores que no la utilizaban nunca. Los mejores maestros son los que mejor escriben en las pizarras. Cuestión estética. Quise parecerme a ellos. Porque la vida y la pizarra se parecen. Uno admira e imita y al final solo queda una pizarra vacía. Historias, esquemas, fórmulas y resúmenes, análisis sintácticos que se van borrando poco a poco. Eso somos. Un palimpsesto. Una herida. Una pizarra devorada por el tiempo.

 

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