Sociedad fragmentada

José Mª de Moya
Director de Magisterio
12 de noviembre de 2019
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Los resultados electorales del pasado fin de semana nos han vuelto a poner ante el espejo en el nos vemos como realmente somos y no como nos gustaría ser. Este oficio de periodista te da la oportunidad como pocos de conversar con españoles de todos los colores: azules, rojos, de arriba, de abajo, pobres, ricos, de capital, de pueblo, centralistas, periféricos, conservadores, progresistas, laicistas, democristianos, tradicionalistas, vanguardistas, etc. Por obvio que nos parezca que España esté poblada por esta fauna tan variopinta, esto no deja de ser una teoría porque en la práctica nos cuesta salir de nuestra caverna ideológica en la que reafirmamos nuestras sólidas convicciones con los nuestros.

Todos hemos acudido a esas reuniones en las que se dan por supuesto determinadas posiciones a las que más te vale sumarte si no te quieres quedar fuera de juego. En esas cenas de amigos o familiares se crea el espejismo de pensar que todo el mundo opina como nosotros o, al menos, todo el mundo normal, razonable, con sentido común, mínimamente inteligente y, por supuesto, decente. Los que no lo hacen son tipos extraños y lejanos, a los que nos referimos con desdén, en el mejor de los casos, o que les den, en el peor. Los que defienden posiciones muy diferentes a las nuestras son, o directamente estúpidos o les mueven turbias intenciones porque si no, no es posible defender semejantes barbaridades. La realidad es que todos y cada uno estamos demasiado convencidos de lo nuestro, poco abiertos a aprender del otro, a modificar siquiera un ápice nuestra posición. Más pendientes de mantener a salvo nuestras viejas creencias y nuestra reputación que de buscar la verdad que nos une a todos.

Los que defienden posiciones muy diferentes a las nuestras son, o directamente estúpidos o les mueven turbias intenciones

El mapa electoral, como la sociedad, están más fragmentados que nunca y ya no sabemos dónde está el adversario porque los hay por todas partes. Esos grupos de afines a los que me he referido antes son cada vez más numerosos y reducidos. Así, por ejemplo, aparecen tantos partidos como intereses particulares en un ejercicio de insolidaridad pasmosa. Nadie busca lo que compartimos ni tampoco lo que nos separa, simplemente cada uno a lo suyo. No nos bastan partidos regionalistas, ahora necesitamos partidos locales, de mi ciudad, de mi pueblo, que defienda mi causa, mi interés concreto… Por eso, se hace urgente formar a nuestros hijos y alumnos en la búsqueda de la verdad que nos une en un mundo cada vez más plural, más abierto, pero también más caótico, banal e insolidario.

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