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La madre de Frankenstein

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Encauzar el curso de una vida no depende siempre ni en todas las circunstancias de uno mismo. El azar determina en buen grado nuestras opciones, los senderos que se bifurcan, los atajos no elegidos ni premeditados. En rebelarse contra ello consiste cierta idea de la libertad. En este sentido, cobra relevancia no sólo lo realizado o recordado sino también lo descartado y olvidado, las zonas ocultas, los deseos incumplidos y todo aquello que una vez se nos hurtó o nunca llegamos a saber. El cine y la literatura nos lo explican y en su afán nos alivian, nos hacen sentirnos menos solos: un límite y un encuadre desde el que mirar y poner significado a tanto significante.

Goya –y más tarde Mary Shelley principalmente– nos advirtieron de que el sueño de Prometeo deviene en pesadilla. Así ocurrió con Aurora Rodríguez Carballeira, protagonista de la última novela de Almudena Grandes, La madre de Frankenstein. Concibió una hija con el propósito eugenésico de educarla –eran los años treinta– de tal forma que fuera la mujer del futuro a semejanza del hombre nuevo tan reclamado entonces por las ideologías totalitarias. Cuando su privilegiada hija, un portento intelectual, alcanza la mayoría de edad y decide libremente su destino, es asesinada por ella. Transcurre el resto de su vida encerrada en el manicomio de Ciempozuelos, convencida con las teorías de Lamarck de que la función hace al órgano y de que en consecuencia una voluntad férrea es capaz de imponerse y doblegar los mecanismos de la naturaleza. Hasta el final de sus días seguiría fiel a sus paranoias redentoras.

Sólo a través de la inocencia de una joven cuidadora a la que de niña enseñó a leer y a escribir, será capaz de ver con las palabras que le cuentan

Por eso prefiere el invernadero gris de los injertos, los plásticos y su atmósfera asfixiante, al jardín de lirios y pájaros donde recrear los sentidos y las horas, ese pequeño orden del mundo. Sólo a través de la inocencia de una joven cuidadora a la que de niña enseñó a leer y a escribir, será capaz de ver con las palabras que le cuentan. Y ahí hallará cierta luz, una forma de salvación que –sin embargo– el orgullo (o la nostalgia) le impedirán reconocer.

Si la expansión de la materia puntea nuestro devenir y no hay nada más enervante que estarse quieto en una habitación, extraña poco nuestra incapacidad para admitir la imposibilidad de un paraíso. La incertidumbre, el desasosiego y la impaciencia conforman nuestro equipaje vital. Por contra, la ternura, la ironía, la alegría epicúrea y el hedonismo nos compensan y liberan. No tanto en el caso de la Aurora que teje con retales muñecos gigantes de trapo a los que habla y acuna en busca del gran salto nietzscheano. En su fuero interno –más allá de su abismo insondable–, comprendería al fin que vivir es vivir en las afueras, extramuros del Edén.

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