El amigo Manso

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El título de la novela de Galdós lo dice todo. Manso es un intelectual, un catedrático de filosofía que confunde la vida con los conceptos. Intenta vivir en la torre de marfil de sus clases y sus libros pero la fuerza avasalladora de los acontecimientos –por nimios y domésticos que sean– trastocan su existencia y arrasan con cualquier plan razonadamente concebido: “Adiós mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el recreo de mis horas”. Como el personaje de Unamuno en Amor y pedagogía, Manso y sus construcciones mentales serán barridos por la fuerza del amor, de los sentimientos ingobernables y será ésta la mejor lección, la que siempre llega tarde.

Manso es tan puro como sus teorías. Pero la vida es otra cosa y no cabe otra actitud que la aceptación y la tolerancia. Detrás del personaje, así como Cervantes mueve los hilos de Don Quijote, está la ironía constante y comprensiva de Galdós hacia toda errática manifestación humana.

Manso encarna la figura de Giner de los Ríos y los ideales educativos de la Institución Libre de Enseñanza: los de la razón poderosa, dueña y señora absoluta de los actos, la severidad de los principios inquebrantables, el cuidado de las formas, el desprecio de la pompa y de la vanidad: “Desde el primer día conocí que inspiraba a mi discípulo no sólo respeto sino simpatías; feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad”.

El objetivo regenerador busca superar la España de la charanga y de la pandereta, vieja, tahúr, zaragatera y triste como decía Machado, e ir construyendo la España del cincel y de la maza.

El objetivo regenerador busca superar la España de la charanga y de la pandereta, vieja, tahúr, zaragatera y triste como decía Machado

Pero Manso se estrella de continuo con la realidad de los hechos y la física desplaza a la metafísica. Es el triunfo de las Celestinas y sus enredos, de la ambición populista y la reacción anti-intelectual del hidalgo trepa y ocioso del Lazarillo que refriega sus barbas con migas de pan antes de salir de casa para aparentar un viejo abolengo perdido. “Mi hermano se prestaba benévolo a arreglar la incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy priva, y me incitaba con empeño a ser hombre verdaderamente práctico y a abandonar de una vez para siempre las utopías y exageraciones”.

Manso se debate entre la razón pura y la razón práctica, entre su falta de habilidad mundana y la sobreabundancia de sus destrezas generalizadoras cultivadas en el estudio. Y en tanto, la vida se le escapa: “¡Ay, aquellas prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi capacidad pensadora y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes leyes, de aquel funesto don de apreciar arquetipos y no personas (…). ¡Cuánto más valía ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el ángel armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la razón! Pero ya era tarde”.

Sabe ceder, sin embargo, ante el hombre sin atributos para quedarse en posesión de lo eterno y lo profundo. En paz con la gente y en guerra con sus entrañas.

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