El fraude de las aulas virtuales

Juan Francisco Martín del Castillo
Doctor en Historia y profesor de Filosofía
16 de junio de 2020
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El continuo cuestionamiento de lo que es justo y de la propia verdad está poniendo en jaque la enseñanza. © ANTONIO RODRÍGUEZ

El otro día hubo un intenso debate en el lugar de trabajo sobre los exámenes copiados y el alumno que es pillado in fraganti en la faena. Las posturas fueron tan absurdas como, en realidad, lo son muchas cosas de la Educación actual en España. El patrón del relativismo y la negación del sentido ético de la existencia, sin embargo, sobresalieron como dos soles de entre aquella maraña de falsas verdades y estúpidas reflexiones a cuenta de los supuestos derechos de los chicos. Porque, en el fondo, la enseñanza se ha desconectado tanto de la esencia de su función que hasta cuesta volver a la verdadera sustancia del hecho de ejercer la docencia.

Por un lado, bastantes profesores defendían que el alumno que copia online no puede ser sancionado con un cero en el examen, que guarda una serie de derechos que van más allá de una simple prueba. En este sentido, si se le coge en la acción, habría que retirarle el “formulario” y entregarle uno nuevo para que proceda a terminarlo en el tiempo que reste de la prueba. Alegaban que, con semejante maniobra, se salvaguardaba el “derecho” a que fuera evaluado en igualdad de condiciones que los demás compañeros. Y, como siempre, especialmente cuando el argumento proviene de la pedagogía desquiciada, este planteamiento falta a la verdad, no tanto jurídica, como la moral. Un alumno que comete una irregularidad debe recibir un reproche objetivo y, además, ha de ser percibido como tal, puesto que no hay lugar posible a los equívocos y las componendas. Si lo ha hecho, el mensaje debe ser ese y no otro. Con lo de que “se le ha de ofrecer una nueva oportunidad para que demuestre lo que sabe” se roza un cinismo sólo comparable al del timador que se burla en tu cara de la buena fe con la que le tratas.

"Un alumno que comete una irregularidad debe recibir un reproche objetivo y, además, ha de ser percibido como tal, puesto que no hay lugar posible a los equívocos"

En el grupo alternativo estábamos los perplejos, los profesores atónitos ante la sarta de arbitrariedades que escuchábamos, incrédulos de que se pudiera llegar a razonar en aquellos términos. Es como si a un impostor, pongamos por caso, le diéramos una oportunidad para que, una vez descubierto, obrara como el angelito que en el fondo es. El sentido común, el que ha salido de paseo con la nueva pedagogía, brilla por su ausencia. Antes de brindar al infractor una redención, habría que dejarle claro el baldón moral cometido y, por supuesto, sancionar su conducta para que sirva de ejemplo a los demás. Sin embargo, parecía que teníamos la batalla perdida, la de la sensatez, cuando alguien pronunció la palabra olvidada. “Fraude”, dijo en alto una compañera de Matemáticas y ahí, frente a la razón de la verdad, la única importante, claudicó el discurso de la impostura.

Estamos llegando, si no lo hemos hecho ya, a unos extremos claramente inclasificables con el delirio pedagógico a distancia que hoy se vive. El continuo cuestionamiento de lo que es justo y de la propia verdad está poniendo en jaque la enseñanza, pero en unos niveles que, a su vez, comprometen otra realidad superior, la moral. No sé qué esperan estos pedagogos de salón, incrustados en las universidades y hasta en los centros escolares, de las nuevas generaciones que pueblan las aulas. La inversión de los valores, el que lo bueno sea lo malo y, en correspondencia, lo malo sea lo bueno, está obrando un sinsentido en la Educación. Y no se puede alegar que, porque es un problema que afecta a muchos países, en España habría de darse la callada por respuesta. Al menos, hay un grupo de profesores –de personas sensatas, vale decir–, que, como dijera Aristóteles, seguimos teniendo diáfana la distinción entre lo justo y lo injusto, la honestidad y el fraude. Y quiero pensar que no sólo en mi lugar de trabajo virtual, sino en el resto de la geografía educativa en línea. Esos son los auténticos profesionales, individuos rectos y con criterio en el magisterio. Por favor, un mensaje urgente para las facultades de Ciencias de la Educación: ¡escúchenlos!

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