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Mar Romera: “No quiero una vuelta a la normalidad; quiero una escuela mejor y diferente”

La maestra y pedagoga Mar Romera apuesta por un inicio del año académico en el que los alumnos puedan cerrar el ciclo con sus antiguos profesores y compañeros y que puedan hacer el duelo de lo pasado.
Amanda SalazarLunes, 7 de septiembre de 2020
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La pedagoga Mar Romera.

Cada vez que participa en algún seminario o curso, se agotan las entradas e invitaciones. Mar Romera (Heidenheim-Alemania, 1967) es maestra, licenciada en Pedagogía y Psicopedagogía, experta en inteligencia emocional y autora del modelo pedagógico ‘Educar con tres C’s’ (capacidades, competencias y corazón) o del sistema ‘El Universo de las palabras’. Además, es directora de la Asociación Pedagógica Francesco Tonucci (Apfrato) –el pedagogo italiano es su referente, además de amigo y mentor– y ejerce como asesora en diferentes programas de innovación. De hecho, durante los últimos meses ha tenido un papel muy activo proponiendo diferentes respuestas para el inicio de curso que han tomado en cuenta entre sus medidas tanto el Gobierno central como con diferentes consejerías de Educación del país. Acaba de publicar dos nuevos libros, La asamblea de clase: una experiencia de Infantil a SecundariaLa escuela que quiero. En busca del sentido común: pedagogía contada desde el suelo. MAGISTERIO habla con Mar Romera del final de curso pasado, de la incertidumbre, las oportunidades y de cómo se plantea el nuevo año académico bajo la alargada sombra del coronavirus.

¿Cómo ha vivido el último trimestre del pasado curso?

 –Desde la incertidumbre y la sorpresa, pero también desde la oportunidad. Porque creo que el sistema educativo español necesitaba un revulsivo y a veces los momentos de crisis nos pueden servir precisamente para que este cambio llegue antes. Creo que el paso a la enseñanza on line ha servido para que se produzca un avance importante en cuanto a la tecnología por parte del profesorado. Docentes que no se habían lanzado a dar este paso, ahora sí o sí han tenido que adaptarse y nos hemos puesto las pilas con las plataformas y las videoconferencias. Pero aún queda mucho por hacer.

Lo que hemos pasado en los últimos tres meses del pasado curso con la crisis del coronavirus va a dejar huella en muchos sentidos. A nivel educativo, ¿cuáles han sido los errores y las fortalezas de la enseñanza on line?

–Los errores que se han podido producir en el sistema educativo durante la última parte del curso por la crisis del Covid-19 no solo son normales y entendibles sino lógicos. Lo ocurrido desde mediados de marzo del pasado curso fue una sorpresa para todos. Podemos considerar que se ha cometido un error cuando, sabiendo lo que va a pasar, no nos preparamos para ello. Pero ninguno teníamos prevista una pandemia mundial. A partir de ahí, ha habido un porcentaje muy alto de docentes que se ha implicado muchísimo y ha afrontado la situación con ideas y creatividad, aportando soluciones. Pero otro alto porcentaje también ha intentado replicar el sistema obsoleto que ya teníamos antes en las aulas. El profesorado que se ha decantado por esta opción ya estaba obsoleto también en lo presencial. Solo que ahora se ha hecho más evidente.

La respuesta de la escuela, según indica, ha sido muy dispar en función la reacción de cada docente. Pero si tuviese que destacar algo común como observadora, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?

–Si tuviese que señalar un error sería el no haber contado con los niños y niñas. No han tenido voz, no han sido escuchados, no han sido tenidos en cuenta. Si vemos una primera parte del confinamiento, los niños eran invisibles. Han tenido más protagonismo los perros que la infancia. Y en la segunda, por cuestiones económicas, el protagonismo ha sido de las terrazas. Pero los pequeños no han contado para nada.

Si tuviese que señalar un error sería el no haber contado con los niños y niñas. No han tenido voz, no han sido escuchados, no han sido tenidos en cuenta

También se ha hecho más evidente la brecha digital…

–En este sentido difiero. Creo que sí, que ha habido alumnos que no han tenido la oportunidad de conectarse. Hogares en los que, con un solo dispositivo móvil, han tenido que cubrir las necesidades de tres hijos en edad escolar, sin datos, sin wifi… Pero las cifras indican que, en la ESO, el porcentaje de alumnos no conectados a la enseñanza virtual en la crisis del coronavirus es similar al porcentaje de alumnos que estaban descolgados de la enseñanza presencial. Puede que no sean los mismos estudiantes, pero los datos no han variado con respecto a los jóvenes que ya se habían descolgado del sistema educativo.

¿Volverá a ser la escuela la que era?

Espero que no, que la crisis del coronavirus haya llegado para que la escuela no regrese a los viejos vicios. Quiero creer que el siglo XXI ha empezado para la Educación en el año 2020. El Covid-19 puede ser la gran oportunidad en la escuela para hacer una modificación a la totalidad. Tenemos un sistema arcaico que arrastramos desde el siglo XIX, con una estructura curricular desfasada y que no da respuesta a las competencias que se les solicita a los jóvenes de hoy. Este momento que nos ha tocado vivir ha mostrado que ya no podemos seguir evolucionando. Debemos pasar del paradigma de la evolución al de la revolución. ¿Qué quiere decir esto? Pues es sencillo, evolucionamos cuando somos capaces de contestar a preguntas; revolucionamos cuando somos capaces de hacernos nuevas preguntas.

¿Cómo cree que debería ser el inicio de curso? Cada vez parece más claro que no va a ser un año académico normal.

No podemos pretender planificar el inicio de curso únicamente desde las medidas de salud física. No basta solo con mascarillas y con pupitres separados a metro y medio porque nos olvidaríamos de una parte importante del desarrollo del niño. La definición integral de salud se entiende como ausencia de enfermedad y Estado de bienestar. Va a ser muy complicado estar en una clase con un niño de 3 años que no puede ser abrazado, no puede ser sentido de forma cercana, que se va a caer y va a ponerse malito (no por el Covid-19, sino porque es lo habitual a esta edad). Así que no podemos hablar de vuelta a la normalidad. Porque además no quiero la normalidad. Quiero una escuela mucho mejor y diferente.

Entonces, ¿cuáles son las medidas que cree que deberían tomarse?

–Durante el estado de alarma, el pasado mes de abril, participé en un ciclo de seminarios on line durante el confinamiento junto al pedagogo Francesco Tonucci, al que asistieron miles de docentes y personas preocupadas por la Educación. Y allí ya se dieron algunas claves sobre el reto del comienzo de curso. Él habló de propuestas macro y yo de propuestas micro en los propios centros. Deben ir de la mano. Entre esas propuestas, lo más destacable es que todo pasa por la autonomía pedagógica de los centros. Y estoy contenta porque creo que esto sí se ha recogido en la mayoría de instrucciones que se están dando desde el Gobierno central y las autonomías. Las medidas higiénicas de salud y organización de centros y curricular no pueden ser homogéneas en un colegio de 1.000 alumnos en el centro de la ciudad que en una escuela rural con 20 chicos. Pretender medidas iguales no tiene ningún sentido. Hay que delegar la responsabilidad y confiar en la profesionalidad de los equipos directivos de los centros, reducir riesgos y también burocracia, y permitir la toma de decisiones a las escuelas.

No podemos pretender planificar el inicio de curso únicamente desde las medidas de salud física. No basta solo con mascarillas y con pupitres separados a metro y medio porque nos olvidaríamos de una parte importante del desarrollo del niño

Se ha planteado la necesidad de aumentar el número de profesores contratados y bajar la ratio, aunque parece que es difícil que se consiga de forma generalizada en todas las comunidades.

–Cualquier inversión en Educación es positiva. Por supuesto que lo ideal es tener más docentes. Pero eso no solucionaría los problemas del sistema. Porque hay docentes trabajando en España con cuatro niños que no consiguen motivarles y otros con 30 que lo hacen estupendamente. Para mí la clave en el inicio de curso es dotar a los centros de autonomía curricular y administrativa de forma que el momento de entrada, salida, organización por ámbitos, las tutorías, sea en función de los espacios que tiene cada centro, su localización geográfica, las características de los alumnos, incluso permitiendo grupos heterogéneos incluso con mezcla de edades y relativizando la estructura de horarios y asignaturas. Todo esto nos va a facilitar hacer programaciones además una adaptación mucho más rápida en el caso de que sea necesario volver a lo virtual, porque nos permite saltar el concepto de dar clase.

Todo pasa por dotar de más autonomía para los centros, pero ¿qué otras medidas concretas propone?

–Proponemos que los alumnos puedan cerrar y despedirse del curso anterior. Es decir, estar escolarizados una semana en el curso anterior para que puedan recoger sus clases, cerrar curso y despedirse, hacer el duelo de lo que ha pasado si lo necesitan o graduarse si tenían que hacerlo. Es importante cerrar el ciclo con sus profesores y los mismos compañeros. Para eso, la recepción de alumnos de 3 años se puede retrasar, porque en realidad todo es ajustable. El periodo de adaptación está para eso, lo que pasa es que en los últimos años apenas se había tocado.

Y los estudiantes que pasan al instituto, ¿también podrían arrancar en sus antiguos centros?

–Es posible. De hecho, ya se hace en Secundaria con las recuperaciones del curso anterior si el alumno pide traslado a otro instituto. Por qué no hacerlo en este momento tan excepcional para todos. Además, los centros tienen personal de apoyo, refuerzo y guardias que pueden ayudar en estos momentos. Después, también proponemos que en septiembre los chicos estén con sus profesores sin una organización curricular al uso, trabajando lo que llamamos una unidad didáctica cero. En ella, podemos centrarnos en la cohesión de grupo y hacer una evaluación inicial por perfiles de fortalezas. Pero no como se han enfocado en otros sitios por déficits de estándares de o indicadores de logros de contenidos. Eso prehistórico. No tendría sentido. Debemos trabajar desde la mentalidad de crecimiento y de cada chico pueda diseñar su propio proyecto de vida. El gran eslogan el próximo curso debería ser reforzar la responsabilidad individual para llegar a la conclusión de que no nos ponemos mascarilla para no contagiarnos, sino para no contagiar a los demás.

Habla de superar la distribución escolar por materias. ¿La interdisciplinariedad puede ser una buena alternativa para buscar soluciones ante la sombra de nuevos confinamientos?

–Hay diferentes alternativas para la Educación ante la incertidumbre actual. Más que la interdisciplinariedad, me gusta la transdisciplinariedad, que es un paso más allá. El mundo actual, el mundo que vemos a través de Google o cualquier otro explorador de Internet, no está organizado por disciplinas, sino por realidades. Hoy por hoy es urgente abandonar el modelo reproductivo mecánico de organización de datos. Necesitamos trabajar habilidades propias del ser humano como son el pensamiento crítico, el pensamiento creativo, la respuesta y la adaptación al cambio, la gestión y la elección de emociones… Es lo que nos hace diferentes de los ordenadores o de la inteligencia artificial a día de hoy. Y es lo que debe potenciar la Educación, pero esto debe enfocarse desde una revolución del sistema. En este sentido, ya no valen en la Educación las recetas elaboradas. Debemos proponer conflictos, preguntas no ‘googleables’ y que den paso a nuevas preguntas. Pasemos de la enseñanza por disciplinas a la transdisciplinariedad, del control a la confianza, de una Educación estandarizada a otra personalizada, de la calificación a la evaluación. Hay muchos saltos que dar.

El gran eslogan el próximo curso debería ser reforzar la responsabilidad individual para llegar a la conclusión de que no nos ponemos mascarilla para no contagiarnos, sino para no contagiar a los demás

En cuanto a los espacios, se habla de incorporar otros lugares en los centros para la enseñanza.

–Podemos usar otros espacios, no solo en el centro, sino en el entorno cercano del centro. Pero aquí necesitamos mirar de otra manera. No se nos puede ocurrir es la idea de coger un polideportivo para poner mesas y sillas separadas por un metro y medio. Eso sería un ridículo. Se trata de buscar la utilidad de otros espacios. Podemos adecuar lugares de reunión de pequeños grupos en los pasillos, usar el hall o las aulas como comedores, utilizar los jardines o los patios. Pero no para dar clase, porque para eso nos quedamos en la casa y lo hacemos virtual. El reto es aprovechar esta oportunidad para convertir el centro completo en un lugar de aprendizaje, no en lugar de enseñanza, ahí está la equivocación. Tenemos que reconvertir los espacios y los materiales en lugares diferentes de aprendizaje.

Uno de sus últimos libros se titula La escuela que quiero: En busca de sentido común. ¿A la Educación que conocíamos le falta mucho de eso precisamente, sentido común?

–Lo que tengo claro es que o nos ponemos todos de acuerdo o no vamos a ningún sitio. Todos (profesores, padres, sociedad) queremos lo mejor para los niños. Pero tenemos que empezar a verlos como lo que son, ciudadanos de hoy, no de mañana. Por eso, no podemos demorar más buscar acuerdos y dejar de enfrentarnos unos sectores con otros. En Finlandia y otros países nórdicos se produjo la revolución educativa porque llegó un momento en el que se dieron cuenta de que ya no tenían más riquezas. No había materias primas y vieron que su única gran oportunidad era la infancia. Y en la infancia o se apuesta y se educa no habrá cambios. Y en España por desgracia la infancia está en un tercer o cuarto nivel de prioridad, no sé por qué si es porque no consumen o porque aún no votan. Pero es una equivocación.

El profesorado ha sido clave en estos meses y lo va a seguir siendo el próximo curso. Pero si hay una idea tan generalizada de romper con la Educación tradicional, que parece no satisfacer ya a nadie, ¿por qué hay tantas resistencias?

–Porque los aspectos colaterales que sostienen a este sistema obsoleto son muy fuertes. Para empezar, la formación inicial es muy deficitaria, salvo excepciones. Si los centros educativos preuniversitarios apenas han cambiado en décadas, menos aún lo ha hecho la universidad donde se forman los futuros docentes. Y al final enseñamos tal y como nos han enseñado. También es deficitario el acceso a la función pública. Las oposiciones tienen un temario de hace 30 años, un sistema de meritocracia falso, malos tribunales y además no hay posibilidad de carrera profesional. El sistema de concursos de traslados también hace muy compleja la estabilidad de las plantillas. Después, hay muy mal concepto de la profesión por parte de la sociedad, y una sensación de que cualquiera puede ser maestro. Por último, tenemos equipos directivos no profesionales. El director de un colegio o instituto tiene que tener dotes de liderazgo, de trabajo en equipo, habilidades para delegar, pero también para tomar decisiones. Y desgraciadamente en la mayoría de los casos no están preparados para ello. Todo esto hace que al final de lo último de lo que nos preocupamos sea de los niños y niñas.

¿Ha influido la edad de los docentes a la hora de afrontar mejor la docencia virtual?

–No creo que haya sido determinante. Me consta que hay docentes muy veteranos con muchas ganas y jóvenes recién llegados que no saben llegar a los niños de corazón a corazón. Para tener buenos profesores necesitamos buenas personas, cultas, que lean, que se interesen por aprender, inquietas, que respeten a todos y que puedan valorar, por ejemplo, una buena jugada del Madrid siendo del Barça. Se necesitan docentes generosos, creativos, potentes, que sepan escuchar y mirar con ojos de niño. Y eso no depende de la edad.

¿Cuál ha sido el papel de los padres en el ‘tele-cole’ obligado? ¿Han sido un apoyo para el profesorado o la situación ha agravado los conflictos?

–Los padres han sido aliados. No debemos olvidar que ser madre o padre no es una profesión y que no podemos exigirles una respuesta profesional. Más aún cuando se han dado situaciones muy difíciles, con padres teletrabajando, en ERTE, con varios niños en edad escolar en casa, teniendo que compartir dispositivos para las clases y lo laboral… Se ha exigido a los padres que acompañasen a los niños más pequeños en las clases virtuales y eso ha provocado momentos de mucho estrés en muchas familias. Y hemos utilizado chantajes. Es que si no ayudas a tu hijo va a perder la suma con llevada para inicio de curso. Y no, no va a perder la suma, pero a lo mejor ese niño ha perdido a su abuelo u otro familiar. Las familias lo han llevado con mucho amor y como han podido. Desde mi punto de vista, tendrían que haberse negado a hacer tareas repetitivas, reproductivas y PDF en casa.

El reto es aprovechar esta oportunidad para convertir el centro completo en un lugar de aprendizaje, no en lugar de enseñanza, ahí está la equivocación

Para el Gobierno y las administraciones autonómicas, abrir los centros escolares se ha planteado como una prioridad en este mes de septiembre, si todo lo permite. ¿Es una forma también de proteger a los menores más vulnerables?

–La decisión de abrir los colegios es económica, no nos equivoquemos. Es para permitir a los padres el trabajo. Pero está claro que para muchos niños el colegio es el lugar seguro. Es algo en lo que quiero incidir. Durante el confinamiento se ha llegado a hablar de la violencia de género. Pero no se ha dicho ni una palabra de los malos tratos en la infancia dentro del hogar. Y es algo muy preocupantes. Un informe de Save the Children antes de la crisis del Covid-19 alertaba ya de que el 20% de los menores están siendo maltratados por los adultos en el ámbito familiar. Y eso nos tiene que hacer reaccionar a todos como sociedad.

Sorprendentemente, en muchas familias los niños se han adaptado muy bien al confinamiento. ¿Le ha llegado también esa percepción?

–Es cierto que se han adaptado muy bien y es algo que me preocupa. Sin demagogias, pero dejando a un lado los fallecimientos, la enfermedad, el paro y los ERTE que ha provocado el coronavirus, me consta que hay muchos niños que volverían a firmar un Covid-19 el año que viene. De pronto, se han encontrado en casa con su padre y su madre, compartiendo tiempo con ellos; de pronto le escuchan, le miran y no tiene que soportar cinco horas y media diarias de clase. Muchos estudiantes quieren volver a clase por sus amigos, pero no por las clases en sí. Esto dice mucho de cómo ven los niños la Educación. No les resulta atractiva en muchos casos.

Pero el aprendizaje, el profesorado, las relaciones entre compañeros de clase. Ahora más que nunca se ha visto que la escuela física sigue siendo imprescindible.

–La buena Educación no tiene robots. Por más que echemos mano de elementos que nos ayuden, la Educación, como le pasa a un buen cocinero, tiene mucho de intuición. Un cocinero puede ayudarse por distintos utensilios, pero se vale de su saber hacer. Sin embargo, lo que mucha gente quiere de la escuela es un libro de recetas para hacer todos los platos iguales. Y eso en la Educación no funciona.

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Comentarios
  1. Resumen de prensa 9 septiembre 2020Escuelas Católicas Castilla y León
    9 de septiembre de 2020 09:50

    […] Mar Romera: “Los niños deberían seguir matriculados en el curso anterior al menos una semana” […]

  2. Amanecer Temprano
    9 de octubre de 2020 19:11

    Esta mujer es de las guay chupi que no dice mas sandeces porque no puede, son una cantidad de tonterias que así anda la enseñanza. Sinceramente yo creo que ni ella misma se cree las chorradas que dice

  3. Elsa A. Arechaga Vela
    1 de noviembre de 2020 22:37

    Hola Mar, soy peruana y trabajo en una escuela de Fe Y Alegría N°39 en un barrio marginal de Lima. Escuche algunos conferencias suyas en youtube me gusto muchisimo y me hizo soñar en poder tenerte en nuestra escuela. Para mejorar como maestras y maestros. y dejar de estar cometiendo errores con los niños y adolescentes. Espero tu comentario .Tenemos una población escolar de 1450 estudiantes entre primaria y secundaria. Gracias.
    un abrazo.
    H.Elsa Arechaga Vela.