José Luis Corzo: “La escuela debe inducir la crítica, no la adaptación al sistema”

El nuevo libro de José Luis Corzo aboga por una escuela menos confesional y más cristiana. Su inspiración, como la de sus maestros Milani y Freire, proviene del Evangelio.
Rodrigo SantodomingoMartes, 13 de octubre de 2020
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José Luis Corzo. R. S.

Al escolapio José Luis Corzo (Madrid, 1943) le cambió la vida darse de frente con las ideas de Lorenzo Milani. Ocurrió en Roma en los años 60, cuando alguien le recomendó leer Carta a una maestra, la obra más conocida del sacerdote y pedagogo italiano. Así conoció una propuesta radicalmente igualitaria que le supuso tanto una cura de humildad como la apertura de su horizonte educativo. Al volver a España, fundó en Salamanca un centro de FP (Santiago 1) inspirado en Barbiana, la escuela donde Milani llevara a la práctica su decálogo.
En su nuevo libro, Con la escuela hemos topado (PPC), Corzo –también declarado deudor de Paulo Freire– aborda sus temas predilectos: el vínculo entre iglesia y escuela, la diferencia esencial entre instruir y educar, el imperativo de construir un sistema que compense las desigualdades. Expone que la escuela es víctima de ninguneo y menosprecio, casi de maltrato. Pero aduce motivos para la esperanza.

Asegura que ese desprecio supone la “victoria solapada y real de los poderes fácticos, que nos prefieren semianalfabetos y poco críticos”. ¿A quién se refiere?
—Al sistema económico neoliberal y todos los que están en su salsa. En el modelo hegemónico, la capacidad crítica es una de las cosas en las que menos se piensa. La escuela actual propone una adaptación al sistema, no la crítica desde una cierta distancia.

Insiste en que el profesor debe proponer desafíos en clase con un afán transformador.
—No deben ser ocurrencias, un desafío para esta semana y otro para la semana que viene. La propia realidad ya ofrece suficientes desafíos para que la escuela sea una caja de resonancia de la vida misma, y no de las asignaturas, el programa o la ley de Educación de turno.

Pero la elección de esos desafíos siempre comporta un alto grado de subjetividad. Para un profesor, será el cambio climático. Para otro, la mejora de la competitividad.
—Me gusta la idea de desafío en Freire: algo que nos incordia e incomoda. El peligro de subjetividad se neutraliza escuchando a los alumnos. Ellos también saben cuáles son los principales desafíos que les va planteando su propia experiencia. También ayuda entenderlos no solo desde lo negativo: apreciar la belleza puede ser un gran desafío.

“Me fastidia que se atribuya a la escuela el monopolio de la Educación, cuando es algo que ocurre en cualquier lugar”

Se ha hartado de decir que la misión esencial de la escuela es instruir, no educar. Sin embargo, para usted la escuela contribuye a la educación. ¿Es difícil establecer los límites?
—Es fácil y no tanto. La instrucción es el conocimiento acumulado de la humanidad. Hay que aprender a saber, pero también ser conscientes de lo mucho que ignoramos. Si ese conocimiento cae en un recipiente que aún no ha muerto, crea provocación, sobre todo en mi relación con eso que acabo de aprender. Esa relación ya es mi crecimiento, mi propia maduración, me configura, y es, propiamente, mi Educación.

Y ese proceso relacional se desarrolla en la escuela, pero no solo.
—Me fastidia que se atribuya a la escuela el monopolio de la Educación, cuando se trata de un proceso que ocurre en cualquier lugar desde la infancia hasta que morimos.

Es el chaval quien se educa en sus relaciones.
—No es tanto que se eduque a sí mismo, sino que nos educamos juntos.

Aborrece los intentos por moldear al alumno. Como docente, ¿ha pensado alguna vez que lo estaba haciendo?
—Pocas veces, ya que siempre he evitado utilizar el verbo educar de forma transitiva. Yo TE educo, yo TE moldeo, yo TE maduro. Yo te maduro… [se sonríe con ironía]. Educar no es transitivo, como algo que se produce de un recipiente a otro. Como profesor, yo enseño, pero procuro, siempre que puedo, provocar la reacción relacional de los alumnos con aquello que estamos aprendiendo.

¿Ha topado con mucha incomprensión al entender la diferencia entre instrucción y educación? Habrá, supongo, quien ha interpretado instruir como un acto neutro, aséptico.
—La escuela no puede ser aséptica, pero sí debe ser respetuosa con las opciones ideológicas de las familias. Y ha de ser crítica. Pero la crítica no viene del profesor, sino que este la induce en los alumnos.

En ese fomento de la crítica, es difícil para un profesor abstraerse de sus propias ideas y prejuicios. Para no moldear, tiene que hacer un ejercicio consciente de…
—De respeto ante todo. Yo sé, como docente, que hay alumnos y sus familias que no comparten mis ideas, o las del ministro. A mí no me pagan para que convierta a esos niños, sino para ayudarles a que se planteen críticamente lo que estamos estudiando.

“La escuela no puede ser aséptica, pero sí respetuosa con las opciones ideológicas”

Ese respeto a la diversidad de opciones no es, en su libro, incompatible con otro pilar básico: los padres no son propietarios de sus hijos.
—El niño no es de su padre ni de su madre, ni de ambos juntos. ¡El niño es suyo, de él! Esa noción de propiedad… es un disparate.

¿Entonces las familias tampoco deben moldear? Cualquier padre o madre tiene sus valores, y piensa que son los buenos. Es lógico que quiera transmitirlos.
—Eso hay que repensarlo muy mucho, con mucha finura. Manipular es una tendencia humana, pero es egoista. Y pobre. Hacer a los hijos a imagen y semejanza. Es curioso, porque esa frase bíblica supone —por muchos motivos teológicos que sería divertido explicar— la libertad. Hacerlos a imagen y semejanza es hacerlos libres. ¿Dónde está el espíritu de Dios, que es por el que nos hacemos semejantes? En la libertad.

Otra propuesta suya que a muchos sonará paradójica: una escuela completamente aconfensional pero más cristiana.
—Más cristiana no significa más identitaria, sino más profundamente coincidente con lo mejor del Evangelio, que es secular. Jesucristo era un laico, por eso hablaba de una manera universal que pudiera entender cualquiera. Ese no quebrar la caña para que siga viviendo: eso es Educación, porque es viviendo como nos educamos.

Esa escuela más cristiana tiene un objetivo claro: priorizar a los más desfavorecidos.
—En cuanto a instrucción, sí, su prioridad son los pobres. Como decía el cardenal Gabriel Garrone, si la iglesia enseña preferentemente a miembros de una clase social privilegiada, contribuye a robustecer un orden social injusto. Pero en cuanto a Educación, una escuela es cristiana no porque enseñe la fe y la moral. Desde mi punto de vista, es cristiana porque se pega a la vida misma y trabaja sobre las relaciones del alumno, cristiano o no, con la realidad.

Compensar con la palabra

Escuela compensatoria: “La escuela obligatoria tiene que asegurar que todos los ciudadanos puedan ejercer sus derechos democráticos con dignidad. La razón de su obligatoriedad es la igualdad, y su objetivo es la justicia, no la eficacia. No se trata de igualar por abajo, sino de que todo el sistema eleve su interés humano”.

Palabra: “Los alumnos solo pueden ejercer esa libertad democrática cuando dominan la palabra. Qué poco se cultiva su uso en el sistema español. No hay exámenes orales, y casi han desaparecido las redacciones”.

Pública: “Los sindicatos han dañado la escuela pública al mostrar una gran preferencia por defender los derechos de los trabajadores, lo que ha llevado a tomar decisiones contraproducentes para las necesidades de los niños”.

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