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Aprender qué aprender

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El mundo como lo conocemos no es la consecuencia de ningún conciliábulo conspirativo en la sombra tal como algunos imaginan para su propia tranquilidad de ánimo, es más bien un ir tirando cotidiano, fruto más de la chapuza menesterosa que de cualquier planificación exhaustiva y anticipadora. “Sólo llega a dominar la libertad de los hombres aquel que tranquiliza sus conciencias” (Dostoievski).

Atiborrados por la sobreabundancia informativa trivial y contradictoria, donde los referentes tradicionales se ven superados en favor de explicaciones paralelas reductoras de la complejidad, atreverse a pensar por uno mismo se torna inexcusable vía de escape ante cualquier manipulación que nos impida saber y nos arroje a las más inútil de las soledades. La superchería sólo triunfa allí donde la verdad desconfía de sus propias fuerzas. Por lo mismo tan importante es saber como saber no saber. En la escuela, más que aprender a aprender habría que centrarse en qué aprender y desde qué perspectiva hacerlo. Un aprendizaje vacío de contenidos es un adiestramiento tan alienante como la aceptación de un conocimiento que no despierte la capacidad de ser interrogado (M. Garcés, Escuela de aprendices).

La pandemia exacerba nuestros miedos más atávicos y nos angustia mirar lo que nos falta, la inmensa profundidad de lo desconocido. Nos creímos a salvo en nuestra inexpugnable torre de Babel, con nuestros soberbios conocimientos asentados en el mejor de los mundos posibles y de alguna forma hemos vuelto al origen, a la aceptación de nuestra comprensión limitada tras una especie de etapa Frankenstein que si algo nos ha enseñado es que la ignorancia y el conocimiento no son instancias dicotómicas sino polaridades en tensión. Nuestro saber es por tanto un saber consciente de sus límites, de su fragilidad y de su carácter de tentativa.

La pandemia exacerba nuestros miedos más atávicos y nos angustia mirar lo que nos falta, la inmensa profundidad de lo desconocido

Esta dialéctica de la desproporción, el desencaje desmedido entre las cosas que sabemos y las que ignoramos, sería el eje transversal sobre el que en estos tiempos debe pivotar cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. Todos tenemos en el fondo la misma tendencia a irnos contando en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y realizado. Pero olvidamos que nuestras biografías consisten tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido o no pudimos y no llegamos a ser. Es el dilema en torno al cual se construye la extraordinaria obra novelística de Javier Marías.

Las culturas y las civilizaciones arman también sus relatos a partir de esta ocultación y desmemoria. Las traiciones, los proyectos fallidos, los aciertos biográficos e históricos derivan de la inteligente articulación de olvidos intencionados y memorias silenciadas o sesgadas. Porque para saber todo lo que ignoramos es necesario saber mucho. Conocer los libros que te faltan por leer puede se tan motivador como recordar aquellos que has leído. Mantener abierto este desequilibrio entre lo que sabemos y lo que ignoramos no es una versión más de la fatua tendencia relativista sino la construcción de un conocimiento emancipador que nos aleje de servidumbres inerciales y nos capacite no tanto para aprender a aprender como para saber qué tenemos qué aprender y cómo hemos de hacerlo.

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