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Pedagogía Peter Pan

A todos nos gusta imaginarnos en la figura anhelada y, con tal empeño, para compensar estrecheces, tendemos a allanar obstáculos, diluir exigencias y aminorar rigores. Vemos castillos donde sólo hay ventas.
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Si algo confiere unidad a las teorías pedagógicas y a los diversos movimientos educativos surgidos a partir de la Escuela Nueva, no es tanto el protagonismo del niño o las innovaciones metodológicas como el paternalismo –peterpanismo– romántico que los caracteriza. Para contrarrestar la inevitable banalización del conocimiento que todo ello conlleva, un halo de beatífica bondad es necesario que inunde las escuelas. Pero este paternalismo desmañado nos mantiene en una minoría de edad neutralizante. El paternalismo lo que busca es conservar intacto el estado de las cosas, la infancia perdurable en el caso Peter Pan.

Roto el ascensor social, no hubo otro remedio que “humanizar” las escuelas hasta convertirlas en lugares de recreo y enseñanzas en detrimento indispensables, “lugares refugio de egoísmos y altruísmos –nos dice Walter Benjamin– negados justamente a la duda radical, así como a la crítica más seria y a aquello que es más necesario: a la vida que se halla dedicada a la mas grande reconstrucción” (La vida de los estudiantes).

Apoyado en el relativismo de los valores en boga y la conspicua inteligencia emocional, intercede aquí el llamado pensamiento mágico para subsumir los aspectos más controvertidos y críticos de la realidad. Los deseos y las intenciones se bastan a sí mismos para revelar de manera performativa los objetivos planteados. Dejan así los propósitos de requerir continua exigencia y dedicación y se difuminan los límites entre lo que uno sabe y lo que ignora, primera de las condiciones necesarias para superar cualquier situación de inferioridad detectada.

Los niños maduran por competencias no porque sea éste un deseo natural –como le ocurriría a Peter Pan– sino porque la edad de la inocencia se dilata en demasía

No es sólo que la escuela asuma demasiada carga anexa sino que no debería aceptarla a riesgo de convertirse en chivo expiatorio de las quejas y las interpelaciones más rocambolescas, un cajón de sastre donde guardar todo aquello que estorba o con lo que no se sabe muy qué hacer. Dudamos sobre si esta continua demanda supone un signo de fortuna y vitalidad o justo su contrario, la ausencia de carácter y la antesala de la irrelevancia. Porque la crítica al enciclopedismo no puede derivar en la simiente de una ignorancia enciclopédica. El más estricto sentido común nos advierte de que bajar las expectativas de rendimiento en el aula sólo conduce a corroborar el fracaso anticipado. Ponerse a la altura del niño –física y metafóricamente–, impide que éste se eleve sobre sí. Por eso Diógenes rechazó la ayuda de Alejandro Magno y le pidió que se apartara.

“Quizás la mayor tristeza de nuestra niñez –escribe Landero en su último libro, El huerto de Emerson–, y que anuncia su fin y su extinción, tal como ocurrió con los unicornios o los dioses antiguos, es el descubrimiento de que algún día no muy lejano hemos de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Como, además, la vida es breve, la maldición bíblica incluye el deber de darse prisa, de aprovechar el tiempo, de prepararse para el futuro, de ir apartando y olvidándose cuanto antes de los juegos y las pamplinas de la primera edad. No, la vida no es un remanso sino un camino. No hemos venido al mundo a jugar sino a hacernos mayores y a recorrer ese camino y a representar el papel que la naturaleza y la sociedad, fatalmente, nos tiene reservado”.

Lo cierto es que vivimos en una sociedad en la que la muerte, el simple dolor o la tristeza –y sus causas– se ocultan y enmascaran. No es elegante hoy señalar las contrariedades y los inconvenientes. Se busca el beneplácito y la unanimidad de rebaño. La crítica –el simple deliberar a veces– es percibido como muestra de amenaza o animadversión. Esta tendencia, sin embargo, deshumaniza y corroe el carácter en demanda constante de placebos y cuidados paliativos.

El paternalismo del que hablamos viene en definitiva a cuidar y salvar a las escuelas de los traumas y asperezas de la realidad, una realidad en la que el juego desaparece de las calles y el tiempo de ocio inevitablemente se fusiona con el escolar. Los niños maduran por competencias no porque sea éste un deseo natural –como le ocurriría a Peter Pan– sino porque la edad de la inocencia se dilata en demasía. De hecho, el héroe de Barrie renuncia a la memoria con el fin de mantenerse en su eterna bisoñez. No es extraño, por tanto, que entre paternalismo y peterpanismo cundan concomitancias evidentes.

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