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El 'boom' de lo 'neuro': ¿mito o realidad?

Cada vez más disciplinas abrazan la neurociencia, entre ellas, la Educación. El optimismo de los docentes choca, sin embargo, con la prudencia de los científicos.
Rubén VillalbaMartes, 8 de junio de 2021
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¿Cuál será la Educación más adecuada para los humanos en un mundo de máquinas inteligentes? Esta fue la pregunta que el experto en innovación Alfons Cornella planteó recientemente en el III Congreso Internacional de Neuroeducación Sinergias para el re-encuentro: “El futuro de la Educación pasará por entender mejor cómo funciona el cerebro humano a la hora de aprender, así como por analizar de forma sistemática las prácticas llevadas a cabo por miles de proyectos experimentales en todo el mundo; una Educación basada en la comprensión del cerebro humano”, vaticinó.

Y es que en los últimos años la neurociencia, es decir, el estudio del cerebro, vive un boom nunca antes visto. “Lo ‘neuro’ atrae”, asegura la maestra y doctora en Psicología Marta Ferrero. “Prueba de ello es la cantidad de términos que han surgido últimamente bajo el prefijo ‘neuro’: neuromarketing, neuroarquitectura, neurocoaching, neuroyoga…”. 

Cada vez más disciplinas abrazan la neurociencia y aplican sus hallazgos, entre ellas, la Educación. Se alcanza así lo que hoy se denomina neuroeducación, término de reciente creación que encuentra sus raíces en el de “neurodidáctica”, propuesto en 1988 por Gerhard Preiss, catedrático de la Universidad de Friburgo, para diseñar una asignatura autónoma basada en la investigación cerebral y la pedagogía.

Desde entonces la fiebre educativa por lo cerebral ha ido in crescendo: “Es importante subrayar el gran interés con el que la comunidad educativa ha abrazado la neurociencia por las aportaciones que esta puede hacer para mejorar su labor en las aulas”, explica Ferrero, que también subraya “la gran oferta de cursos de formación y publicaciones sobre neurociencia y Educación a la que están expuestos los docentes y que, lógicamente, contribuyen a despertar su interés por esta materia”.

Furor con precaución

Este interés lo experimentan no solo los profesores, sino la comunidad educativa en general. Prueba de ello es, por ejemplo, que el 61% de los padres españoles considera, según una encuesta realizada por Kaspersk, que es “completamente” o “bastante” aceptable utilizar técnicas de human augmentation para mejorar la capacidad de aprendizaje de sus hijos en el colegio. Dichas técnicas hacen referencia a la mejora física del cuerpo humano mediante el uso de la tecnología, por ejemplo, insertando un chip en el cerebro para que funcione más rápidamente y acceda a una amplia gama de información de forma instantánea desde internet.

Esta es solo una de las muchas prospecciones que despiertan tanto furor como precaución, esta última quizá la palabra que más usan los neurocientíficos a la hora de pronunciarse sobre la aplicación en el aula de los hallazgos en el laboratorio: “Las altas expectativas de los docentes chocan con la prudencia de los neurocientíficos, que reconocen que a día de hoy la neurociencia no puede guiar al profesorado en su quehacer diario”, advierte Ferrero, coincidiendo así con la opinión de Cornella: “Tendremos que ir probando nuevas formas de educar y aprender, y leer científicamente qué funciona y qué no, basándonos, por tanto, en la evidencia”.

Entramos así en el terreno de lo demostrable, criterio de cribado que resulta clave en un momento en que  proliferan cursos, teorías y métodos que se amparan bajo el paraguas del cerebro: “Cuando una creencia, método o práctica educativa se presentan como científicas pero en realidad no cumplen con los requisitos propios del método científico, podemos hablar de pseudociencia en Educación”, explica Ferrero, que atribuye tal definición a ejemplos como el método de reeducación auditiva Berard, la programación neurolingüística o las gafas Irlen. “Este no es un asunto baladí, ya que el uso de métodos ineficaces supone un alto coste en términos de tiempo, dinero y motivación del profesorado, que dejan de invertirse en metodologías con eficacia probada”, añade.

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Los neurocientíficos reconocen que, a día de hoy, la neurociencia no puede guiar al profesorado en su quehacer diario

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Para David Bueno, doctor en Biología y profesor e investigador de la Sección de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo de la Universidad de Barcelona, “la neuroeducación ha venido para quedarse, como apoyo y soporte de la pedagogía, que continúa siendo tan imprescindible como siempre”. Reconoce, sin embargo, que, “como suele suceder con cualquier avance, al principio se generan modas que son aprovechadas para, en algunos casos, intentar vender gato por liebre“.

Señala, por ello, que el problema no está en que los hallazgos científicos se apliquen con demasiada velocidad, sino en que se ofrezcan productos educativos con una pátina de estar avalados por la neurociencia cuando en realidad no se han realizado estudios que los respalden: “A lo mejor funcionan, pero sin estudios que se hayan hecho utilizando el método científico no se pueden vender como neurocientíficos”, advierte.

En este sentido, Ferrero subraya que “conviene diferenciar entre aquellas personas e instituciones que hacen un trabajo riguroso en esta materia de aquellos que simplemente están aprovechando el tirón que lo ‘neuro’ tiene entre los profesionales de la Educación”. Cita como ejemplo los más de 300.000 resultados que arroja Google al teclear “curso de neuroeducación”.

Inteligencias múltiples

“De acuerdo con mi experiencia, con todos los sesgos que esto implica, buena parte de las charlas y cursos de formación que reciben los docentes sobre neurociencia y Educación no están diseñados ni impartidos por neurocientíficos o profesionales estrechamente ligados a esta rama del saber, sino por personas o instituciones que cada año se presentan como expertos en un tema o práctica educativa diferente”, denuncia Ferrero.

Una de las teorías que más ampollas levanta entre los sectores críticos de la comunidad educativa es la de las Inteligencias Múltiples (IM), formulada por Howard Gardner en 1983. Para este psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard, la inteligencia no es algo innato y fijo, sino que está localizada en diferentes áreas del cerebro, interconectadas entre sí y que tienen la capacidad de desarrollarse si encuentran un ambiente apto para ello. Bajo la premisa de Gardner, se ofertan numerosos cursos a centros y docentes. Uno de ellos ha vuelto a causar polémica recientemente en redes sociales, donde muchos censuraban que el Ministerio de Educación y CC OO auspicien este tipo de formaciones.

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Las instituciones deberían ser el garante de que las formaciones estén avaladas por la ciencia

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Ferrero es una de esas voces críticas: “Cuando Gardner formuló la teoría no pensó en términos de cómo podía trasladarse a las aulas. De hecho, él mismo reconoció sentirse sorprendido por la gran acogida que esta había recibido en la comunidad educativa”. Señala, además, que los estudios que han analizado su impacto han encontrado importantes fallos metodológicos, como la falta de grupo control o la combinación de actividades supuestamente afines a la teoría con otras más tradicionales. 

“En otras palabras, a día de hoy no es posible determinar su impacto en el aprendizaje de los estudiantes; sin embargo, los centros que la han incorporado a su oferta formativa son innumerables. En un contexto de pandemia, ¿alguien se imagina, por ejemplo, que se estuviera comercializando una vacuna de la que desconocemos su técnica de inyección o sus efectos sobre la salud?”, se pregunta.

¿Libertad o control?

Bueno también la incorpora en la lista de los llamados “neuromitos”: “Si las inteligencias múltiples implican trabajar los aspectos de la inteligencia por separado, también fragmentan una realidad que es única”. En este sentido, sostiene que “tenemos una sola inteligencia, pero que incluye muchas facetas”.

Sobre la necesidad de establecer algún tipo de límite o control sobre la oferta de este tipo de formaciones, admite que es un tema complejo, “porque atañe también a la libertad individual y colectiva”. Considera que lo importante es que las instituciones académicas, “llamémoslas oficiales”, ofrezcan cursos que sí se sustenten en la neurociencia: “Todas las formaciones en neuroeducación deberían sustentarse en la neurociencia, pero las instituciones académicas deberían ser el garante de que se respeta este principio”.

Ferrero incide en el “alto coste de oportunidad” que suponen estos neuromitos, “ya que los recursos que se destinan a ellos se dejan de invertir en aquellos que sí contribuyen a mejorar el rendimiento académico o bienestar de los alumnos”.

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