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Alexa

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Son días de regalos. Ya hace un par de meses que nos bombardean con anuncios de colonias, muñecas, juguetes y toda clase de electrodomésticos. Y estoy segura de que “Alexa” será uno de los regalos más solicitados en las cartas de los Reyes Magos. Sin pedirlo, la asistenta estrella ha llegado a mi casa, en contra de mi voluntad. Lo controla todo. Lo escucha todo. ¡Qué pesadilla! No se calla, es peor que un loro. Controla la calefacción, las luces, la aspiradora, el volumen…. ¿Oye? ¡En mi casa mando yo!  Por la noche, ya en la cama, todavía resuenan en mi cabeza sus palabras, sus canciones y sus chistes malísimos. Falta un día para volver a clase. Voy pensando en los trabajos pendientes y en el trimestre que nos espera. Me cuesta dormir.

Es lunes. De repente veo mi clase, mi pequeño seminario de Griego y Latín, con todos mis alumnos y en mi mesa, ella, Alexa, dirigiendo mi aula. Los alumnos ya no escriben en ningún papel. La clase es un diálogo de preguntas y respuestas entre ella y los chicos. Alejandro pregunta quién es Homero. Ella responde que es un personaje ficticio protagonista de la serie de televisión de dibujos animados Los Simpson. Yo voy diciendo con la cabeza que no, que no es así, lo digo en voz alta, grito que no, que Homero es el aedo griego, el autor de la Ilíada y la Odisea, pero nadie escucha mis palabras. Salgo del aula y por el pasillo no veo ningún profesor, tampoco hay nadie en la sala de profesores. Solo hay unos extraños e inquietantes vigilantes, quietos como columnas, sin habla, sin sentimientos. En cada clase que entro contemplo estupefacta la misma visión: el asistente de voz lidera las aulas, los alumnos le piden lo que desean escuchar. Algunos miran vídeos de YouTube, otros juegan a actividades interactivas, otros cantan canciones… En la clase de mitología, Venus es una pizzería; Apolo, una nave espacial; Hermes, una marca de moda… ¿Qué está pasando? Me despierto sudando, de golpe. Afortunadamente, todo fue un sueño. O una pesadilla. Alexa es una máquina, su inteligencia es artificial y no tiene espíritu crítico. Calma.

Es lunes. De repente veo mi clase, mi pequeño seminario de Griego y Latín, con todos mis alumnos y en mi mesa, ella, Alexa, dirigiendo mi aula. Los alumnos ya no escriben en ningún papel. La clase es un diálogo de preguntas y respuestas entre ella y los chicos

Es lunes. Llego a mi clase, a mi pequeño seminario de Griego y Latín. Están todos sus alumnos en su mesa y yo en la mía. Me siento sobre la mesa y me acerco a ellos. Hoy toca hablar de Homero y de la épica griega.  He escogido un texto que trata sobre la Biblioteca de Alejandría. Hago y nos hacemos preguntas. Alejandro sugiere que el personaje de dibujos de los Simpson tiene el mismo nombre que el aedo griego. Reímos. Les explico que Alejandro, no mi alumno, sino el gran Alejandro Magno, dormía siempre con un ejemplar de la Ilíada bajo el cojín, que le regaló su maestro Aristóteles. Sé que entre mis alumnos no hay ningún conquistador de Oriente, ni ningún rey, pero todos serán grandes personas. ¡Me conformaré si Alejandro consigue terminar el trabajo que se ha propuesto: rapear fragmentos de la Ilíada!

No sé si Alexa sabe que su nombre, que es una apócope de Alejandría, se debe precisamente a esa Biblioteca. Bueno, sé que lo sabe, porque repite que su nombre es en honor de la biblioteca, pero no creo que sea capaz de hacer la relación ni por supuesto de captar la ironía de creerse capaz de poseer todo el conocimiento humano. Alejandro sí lo sabía, por eso tuvo el mayor sueño de toda la humanidad: una biblioteca que custodiara la suma del conocimiento obtenido en el mundo hasta el momento presente. La biblioteca de Alejandría no fué solo esto, fue también  la primera universidad, un centro de investigación y diálogo, entre cuyos eruditos se encontraban el matemático Arquímedes, la primera científica Hipatia o el poeta Apolonio. Allí se inventó el Google Maps y en aquel Silicon Valley se debatían los principios médicos y científicos, así como cuestiones de filosofía, literatura y administración política.

Ávidos de saber, continuaremos buscando respuestas a nuestras preguntas más profundas, aquellas que nadie sabe o que sólo encuentran respuesta en nuestro interior, ni en oráculos, ni en sibilas robóticas y enlatadas. –Hazme un favor, Alexa, ¡cállate!

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